La democracia en el filo: cuando el poder se disfraza de normalidad
Las democracias contemporáneas atraviesan un momento de vulnerabilidad que no se explica ya por los viejos fantasmas del siglo XX —golpes, dictaduras, restauraciones—, sino por un proceso más sutil: la erosión interna del orden liberal bajo sus propias reglas. En distintos registros, Steven Levitsky y Lucan Way, Adam Przeworski y Quinn Slobodian coinciden en que la amenaza actual no proviene de un enemigo externo, sino de una transformación silenciosa del vínculo entre Estado, mercado y ciudadanía. La democracia, advierten, puede persistir como forma mientras pierde su sustancia.

Algo se está resquebrajando en el corazón mismo de las democracias liberales. No hay tanques en las calles ni líderes declarando el fin de las instituciones. El deterioro es más lento, casi imperceptible. Las reglas siguen en pie, las elecciones se celebran, los tribunales funcionan; pero la competencia se vuelve desigual, la disidencia se encoge y la confianza colectiva se evapora. El autoritarismo ya no llega de golpe: se instala como rutina.
En tres registros distintos —la advertencia institucional, la reflexión teórica y la arqueología ideológica—, Steven Levitsky y Lucan A. Way, Adam Przeworski y Quinn Slobodian trazan un mismo mapa del tiempo presente. Cada uno, a su manera, describe el vaciamiento del ideal democrático en un mundo donde el Estado se convierte en arma, el mercado en dogma y la ciudadanía en espectadora.
El eje común es la normalización del autoritarismo. Para Levitsky y Way, el peligro radica en la conversión del aparato estatal en un arma partidaria; para Przeworski, en la pasividad de las instituciones y la desmovilización de la sociedad ante esa deriva; para Slobodian, en la mutación ideológica de las derechas que, bajo un ropaje neoliberal, naturalizan la desigualdad como principio de orden. Diagnósticos que convergen en una misma inquietud: el vaciamiento del ideal democrático como horizonte compartido.
El diagnóstico, aunque fragmentado, converge en una idea perturbadora: el autoritarismo del siglo XXI no necesita destruir las instituciones para vencerlas; le basta con habitarlas.
En Foreign Affairs, Levitsky y Way alertan sobre el modelo que inspira a Donald Trump, que denominan autoritarismo competitivo. No hay dictadura ni golpe de Estado, sino un «Estado armado» que castiga adversarios, recompensa lealtades y protege a los suyos bajo la cobertura de la ley. Es el camino de Viktor Orbán en Hungría o Recep Tayyip Erdogan en Turquía, donde las urnas siguen existiendo, pero el resultado está torcido de antemano. En este juego asimétrico, la democracia sobrevive como escenario, no como práctica. Lo más inquietante, sostienen, no es la violencia abierta, sino la autocensura: el miedo silencioso que hace que los actores políticos, empresariales y mediáticos aprendan a no desafiar al poder.
Przeworski recoge esa inquietud y la expande hacia una dimensión más filosófica. Lo que antes eran rupturas dramáticas —un golpe, una dictadura, una restauración— hoy son procesos lentos que se camuflan en la legalidad. La erosión democrática, explica, ya no depende de un acto de fuerza, sino de la «parálisis colectiva»: del momento en que los ciudadanos dejan de creer que vale la pena resistir. Trump, dice, es el síntoma de una enfermedad más profunda: la crisis de representación de las mayorías. Por eso insiste en que restaurar la democracia no basta; hay que «reformarla», reconstruir la conexión entre política, bienestar y futuro común. Sin un horizonte que convoque a todos, el campo queda libre para el cinismo y la resignación.
Desde otro ángulo, Quinn Slobodian rastrea el combustible ideológico que alimenta a esta nueva derecha global. En Hayek’s bastards (Los hijos bastardos de Hayek) muestra que la alt-right [1]Del inglés alternative right, es un movimiento de extrema derecha y nacionalista blanco. no es una aberración del neoliberalismo, sino su mutación más extrema. Lejos de oponerse al mercado, sus teóricos lo reinventan como una ley natural: una jerarquía de los «más aptos», ahora legitimada por la biología, la genética y la psicología evolutiva. El resultado es un darwinismo social de nuevo cuño, donde la desigualdad no es un problema político sino una virtud moral. Así, el mercado deja de ser una herramienta y se convierte en destino.
Los tres diagnósticos dialogan como piezas de un mismo rompecabezas. En el vértice político, el Estado se politiza; en el vértice social, la ciudadanía se desmoviliza; en el vértice cultural, la desigualdad se naturaliza. Entre los tres, dibujan la silueta de una democracia todavía viva, pero cercada por sus propios rituales.
En conjunto, los tres textos dibujan un mapa de época: la democracia se erosiona por dentro, el mercado deviene criterio moral y el Estado se convierte en instrumento de facción. Frente a esa conjunción, los autores no ofrecen consuelos fáciles. Solo una advertencia: el autoritarismo del siglo XXI no necesita destruir las instituciones para vencerlas; le basta con vaciarlas, mientras la ciudadanía, entre el miedo y la apatía, sigue creyendo que todo sigue igual.
Levitsky y Way: El camino hacia el autoritarismo estadounidense
El ensayo de Levitsky y Way señala que Donald Trump podría consolidar un modelo de autoritarismo competitivo, en el que las instituciones formales persisten, pero la competencia política se torna profundamente desigual. El riesgo no es un golpe ni una dictadura clásica, sino la conversión del aparato estatal en un arma para castigar opositores, recompensar aliados y blindar a quienes actúan en nombre del líder.
Levitsky y Way advierten que el presidente estadounidense sigue el camino de líderes como Viktor Orbán o Recep Tayyip Erdogan, quienes transformaron instituciones legales y fiscales en herramientas de persecución y recompensa política. El peligro, sostienen, no es un golpe clásico sino un «autoritarismo competitivo» que reduce la democracia a una fachada.
En su análisis reparan en que la democracia estadounidense atraviesa su mayor vulnerabilidad histórica. Más que una dictadura abierta, anticipan la consolidación de un autoritarismo competitivo: un sistema con elecciones reales pero desiguales, donde el aparato estatal se convierte en arma para perseguir a opositores, blindar aliados y condicionar a empresas, medios y sociedad civil.
El ensayo de Levitsky y Way constituye una advertencia severa sobre la transformación institucional que puede desencadenar Trump. Lejos de imaginar un colapso repentino de la democracia estadounidense, los autores plantean un escenario más sutil y, por ello, más peligroso: la instauración de un «autoritarismo competitivo» sustentado en el «Estado armado»; es decir, el uso selectivo y estratégico de los recursos estatales para castigar a adversarios, recompensar a aliados y blindar jurídicamente a quienes operan en favor del líder.
Este diagnóstico parte de un dato estructural: los controles constitucionales de Estados Unidos han mostrado vulnerabilidades que Trump explotó en su primer mandato y que, previsiblemente, llevará más lejos en el segundo. Intentos de manipular al Departamento de Justicia, presiones sobre el IRS y amenazas a universidades y medios opositores ya revelaron una estrategia de instrumentalización institucional. La diferencia ahora es que el presidente se rodea de un entorno homogéneo, radicalizado y dispuesto a ejecutar esta agenda sin las restricciones que en su primera gestión impusieron tecnócratas o figuras del establishment republicano.
El «Estado armado» no implica la supresión del pluralismo formal. Habrá elecciones, Congreso y tribunales; incluso persistirá un grado de autonomía de los gobiernos estatales y locales. La amenaza radica en la asimetría creciente en la competencia política, donde el oficialismo utiliza el aparato estatal para inclinar la balanza. Así, la democracia se convierte en un campo de juego desigual, con oposiciones legalmente reconocidas pero debilitadas por la presión fiscal, judicial, mediática o económica.
Este modelo, presente en países como Hungría, Turquía y El Salvador, mantiene elecciones formales pero desiguales: el poder estatal se usa sistemáticamente para hostigar a opositores y favorecer a aliados. Durante su primer mandato, Trump estuvo limitado por la falta de preparación y el peso de republicanos moderados; hoy, en cambio, controla al Partido Republicano, cuenta con la cobertura de la Corte Suprema —que le otorgó inmunidad ampliada— y tiene un plan para politizar el Estado.
Los autores subrayan que esto ya es observable en regímenes como los de Viktor Orbán en Hungría, o Recep Tayyip Erdogan en Turquía: sistemas donde la oposición existe, pero con costos tan altos que su capacidad de disputar poder se reduce drásticamente.
Los mecanismos de funcionamiento del «Estado armado» son tres. Castigar: mediante auditorías selectivas, procesos judiciales o sanciones regulatorias contra individuos, medios o universidades opositoras. Recompensar: otorgando contratos, subsidios o beneficios fiscales a actores alineados. Proteger: garantizando la impunidad de aliados políticos, incluso frente a actos de violencia o corrupción. Esta tríada transforma la política en un juego estructuralmente sesgado, donde la supervivencia de opositores y críticos se vuelve incierta.
El caso turco es ilustrativo: el gobierno de Erdogan forzó al grupo mediático Dogan a vender tras una ofensiva fiscal y judicial devastadora. En Hungría, Orbán desplegó una estrategia sistémica de cooptación y persecución que convirtió al Estado en un dispositivo de control electoral. Trump, advierten Levitsky y Way, no oculta su admiración por este modelo, especialmente por el illiberal state húngaro.
No obstante, la implantación plena de este esquema en Estados Unidos puede encontrar límites. El federalismo, la independencia relativa del poder judicial, la densidad institucional de organismos reguladores y el rol de una sociedad civil con vastos recursos constituyen frenos importantes. Además, Trump carece del consenso mayoritario que sostiene a otros líderes autoritarios: su base electoral rara vez supera el 45 %. Estos factores no anulan el riesgo, pero condicionan la velocidad y el alcance de la deriva autoritaria.
La consecuencia más probable no es una dictadura al estilo clásico, sino una «erosión paulatina de la democracia liberal». La autocensura mediática por temor a represalias, el retraimiento de donantes opositores ante eventuales sanciones fiscales y la inhibición de nuevas generaciones políticas conforman un círculo vicioso: la oposición se paraliza, se fragmenta o se repliega. En ese vacío, la autoridad presidencial se consolida. El peligro, entonces, no reside en la clausura inmediata de instituciones, sino en su vaciamiento progresivo hasta convertirlas en estructuras formales sin sustancia democrática.
El texto concluye con un llamado de atención: la resistencia activa de la oposición —partidos, jueces, sociedad civil, medios y ciudadanía— es la única barrera real frente al «Estado armado». La experiencia comparada demuestra que el autoritarismo competitivo se fortalece cuando la oposición se retrae por miedo o resignación. Para Estados Unidos, el desafío será sostener una defensa de las instituciones aun en un terreno crecientemente desigual. El futuro de su democracia dependerá menos de las intenciones de Trump que de la capacidad de resistencia organizada frente a la tentación de convertir al Estado en arma partidaria.
Sin embargo, el riesgo principal es la automarginación: que políticos, periodistas, empresarios y académicos cedan al miedo, la resignación o la conveniencia, reduciendo la oposición efectiva. En conclusión, Levitsky y Way advierten que la Constitución no basta por sí sola: preservar la democracia estadounidense dependerá de mantener activa y organizada a la oposición frente a la tentación autoritaria.
Adam Przeworski: Para restaurar la democracia hay que reformarla
A lo largo de su carrera, Adam Przeworski ha dedicado su trabajo a entender cómo las democracias se erosionan, se recomponen y, a veces, se extinguen. En conversación con el historiador Patrick Iber —académico y miembro del consejo editorial de Dissent— el politólogo polaco reconoce que los marcos con los que solíamos analizar el colapso democrático ya no alcanzan para comprender el presente. Lo que antes ocurría de forma abrupta —un golpe, una dictadura, una restauración— hoy se desarrolla lentamente, disfrazado de normalidad institucional.
Hasta hace apenas un cuarto de siglo, explica, las rupturas democráticas eran eventos con fecha cierta: el ascenso de Hitler en 1933 o la caída de Allende en 1973. En el siglo XXI, en cambio, los líderes autoritarios han aprendido a conservar las apariencias del juego democrático mientras desmantelan sus garantías desde dentro. Turquía, Hungría, India, Venezuela: los nombres cambian, pero el patrón se repite. “Los gobiernos logran sostener apoyo popular, manipular instituciones y hostigar a la oposición sin recurrir a fraudes flagrantes”, resume.
El fenómeno tomó por sorpresa a la ciencia política. Durante décadas, se creyó que las democracias estaban protegidas por un doble escudo: la división de poderes y la reacción popular ante cualquier abuso. “Pensábamos que, si un gobierno cruzaba la línea roja, los ciudadanos se coordinarían contra él”, recuerda. Pero las últimas décadas demostraron que la erosión puede avanzar sin detonantes visibles. Los equilibrios institucionales, advierte, no son automáticos: dependen de la voluntad colectiva de defenderlos.
El caso estadounidense es, para Przeworski, un punto de inflexión. Donald Trump perdió las elecciones de 2020, pero se negó a reconocer la derrota, algo sin precedentes en la historia del país. Esa negativa, dice, “no debería haber ocurrido en una nación tan rica y con una tradición tan larga de transferencia pacífica del poder”. Las predicciones estadísticas que durante años sostenían la estabilidad democrática de Estados Unidos hoy parecen ingenuas. Tal vez —admite— las condiciones sociales y políticas del presente son tan inéditas que la historia dejó de ser una guía fiable.
Trump, sostiene, gobierna convencido de que el apoyo de su base es suficiente para sortear cualquier límite institucional. Las protestas masivas contra sus políticas no han logrado articular una alternativa convincente, mientras el Partido Demócrata aparece paralizado, esperando que el desgaste económico haga el trabajo por él. “Puede que alguien esté equivocado”, ironiza Przeworski, temiendo que el error sea colectivo.
En su clásico artículo ¿What makes democracies endure? (¿Qué hace que las democracias perduren?, Przeworski demostró que los regímenes democráticos son extraordinariamente resistentes en países con altos niveles de desarrollo. Sin embargo, esa regularidad estadística hoy se ve cuestionada. “Las anomalías desbaratan las creencias establecidas”, dice, y lo que ocurre en Estados Unidos puede ser precisamente eso: una anomalía que obliga a repensar todo el edificio teórico de la democracia liberal.
El politólogo conecta este presente incierto con los dilemas históricos de la izquierda. Tras el fracaso de los proyectos revolucionarios del siglo XX, los socialdemócratas optaron por el reformismo: transformar gradualmente el capitalismo desde dentro, sin romper con sus reglas. Esa estrategia —basada en el bienestar, la redistribución y los derechos laborales— tuvo un éxito notable durante décadas, pero perdió impulso a partir de los años setenta. “Los socialdemócratas adoptaron el lenguaje del neoliberalismo”, lamenta. “Abandonaron la idea de una transformación estructural y se limitaron a gestionar los problemas a medida que aparecían”.
El resultado es un paisaje político donde las diferencias programáticas se reducen a cuestiones tácticas y las bases sociales de los partidos se vuelven volátiles. Los votantes obreros migran hacia la derecha populista, mientras la izquierda se identifica crecientemente con sectores educados y urbanos. “Ningún partido ha ganado una mayoría electoral prometiendo transformar la sociedad de raíz”, repite Przeworski, retomando la primera línea de su libro Paper stones (Piedras de papel).
Su recorrido intelectual —de la Europa comunista a la academia estadounidense— le enseñó que la historia está hecha de contingencias. Ni el colapso del comunismo ni las dictaduras del siglo pasado fueron anticipadas por las teorías existentes. «No teníamos una ciencia que pudiera predecir el rumbo de los acontecimientos», admite. Lo mismo ocurre hoy: no hay modelo capaz de anticipar cómo terminará la deriva estadounidense.
Para Przeworski, los escenarios posibles son varios: desde una restauración democrática si los demócratas logran recomponerse, hasta un régimen autoritario duradero si los republicanos consolidan su poder. Pero también hay caminos más caóticos, con rupturas imprevisibles o incluso violencia política. La incertidumbre, afirma, es el signo de nuestro tiempo.
Al final de la charla, Iber le pide una respuesta directa: ¿qué hacer? Przeworski sonríe con amargura. «Responder eso requiere un grado de optimismo que no poseo», dice. Przeworski, que se define como gramsciano, cree que toda hegemonía necesita una visión del futuro en la que los intereses de quienes gobiernan coincidan con los de la sociedad en su conjunto. MAGA, la consigna trumpista, no ofrece tal horizonte. Pero —añade— la oposición tampoco. «El Partido Demócrata confía en que los republicanos se autodestruyan. No tienen proyecto. Su única estrategia es esperar».
Esa espera, advierte, puede ser fatal. La democracia, si quiere sobrevivir, debe reformarse. No basta con restaurar las viejas instituciones: hay que reconstruir el vínculo entre política, bienestar y futuro común. «Para restaurar la democracia —concluye— hay que reformarla. Y eso exige volver a imaginar un horizonte que incluya a todos».
Quinn Slobodian: los hijos bastardos de Hayek
En una entrevista con Nick Serve, editor senior de Dissent, Slobodian rastrea las raíces neoliberales de la nueva extrema derecha y sostiene que, lejos de oponerse al mercado, sus referentes intentan reconfigurarlo sobre una jerarquía «natural» de seres humanos.
En sus últimos tres libros del historiador canadiense —profesor de Historia Internacional en la Universidad de Boston— ha desmontado, pieza a pieza, los mitos fundacionales del neoliberalismo. Si en Globalistas (2018) narraba cómo los arquitectos del capitalismo de posguerra buscaron blindar el libre mercado mediante un orden jurídico global, y en El capitalismo de la fragmentación (2023) analizaba la proliferación de microterritorios soberanos diseñados para el capital, su nuevo libro, Los hijos bastardos de Hayek ilumina un territorio más oscuro: el vínculo entre la racionalidad neoliberal y la extrema derecha contemporánea.
Slobodian sostiene que la alt-right no es una anomalía reaccionaria, sino una rama coherente del proyecto neoliberal, empeñada en reemplazar el ideal igualitario del humanismo liberal por un orden jerárquico fundado en supuestas diferencias naturales entre los seres humanos. Lejos de combatir el mercado, esta derecha busca «acelerar su lógica competitiva», transformando la biología, la psicología y la genética en nuevas armas ideológicas. Lo llama «nuevo fusionismo»: una amalgama entre darwinismo social y liberalismo económico que traduce la moral del mercado en una moral de la naturaleza.
Slobodian ubica el punto de inflexión en la década de 1990, cuando el derrumbe del bloque soviético dejó un vacío que llenaron nuevos enemigos: el feminismo, el ambientalismo, el antirracismo, los movimientos queer. Para quienes temían la disolución del orden, el enemigo había cambiado de color: del rojo comunista al verde ecologista y al fucsia de la diversidad. En ese caldo de cultivo, figuras como Murray Rothbard, Lew Rockwell o los neoconfederados estadounidenses convergieron en una agenda común: liberar a las comunidades del control estatal y del igualitarismo liberal. Era la semilla de un nuevo nacionalismo libertario, decidido a fraccionar el poder antes que abolirlo.
A diferencia del viejo fusionismo entre cristianos tradicionales y defensores del libre mercado, el nuevo se fundó en la autoridad de la ciencia. Slobodian muestra cómo la biología evolutiva, la psicología cognitiva y las pseudociencias raciales ofrecieron una base «natural» para justificar jerarquías económicas y sociales. Libros como The Bell Curve (La vuelta de campana) popularizaron la idea de que la inteligencia podía medirse objetivamente y que su distribución seguía una curva racial. El mercado, en esa lógica, se volvía un espejo de la naturaleza: solo los más aptos merecían prosperar.
Así, el fetichismo del talento individual, tan caro a la cultura empresarial y a la izquierda liberal de los años de Obama, terminó validando la base cognitiva del racismo científico. El neoliberalismo no había muerto: había mutado. Su racionalidad, que antes buscaba proteger al sistema de los excesos del Estado, se desplazó hacia la clasificación de la naturaleza humana. Quién merece formar parte de la comunidad —y quién debe quedar fuera— se volvió la nueva frontera ideológica.
En Hayek’s bastards, Slobodian rastrea esa mutación desde los foros de internet hasta los think tanks, desde los paleoconservadores de los noventa hasta los tecnolibertarios del Silicon Valley actual. Allí, dice, conviven tres almas del trumpismo: los fondos de capital privado, los herederos de la vieja derecha antikeynesiana y los aceleracionistas digitales que ven en la desigualdad una fuerza evolutiva. Juntas, componen la hegemonía cultural de una derecha que ya no teme decir que las jerarquías son «naturales».
Sin embargo, el historiador advierte que «no todo el neoliberalismo desemboca en esa deriva». Algunos herederos «de buena fe» —como los jóvenes neoliberales que promueven una agenda de abundancia e innovación— intentan rescatar la idea de un mercado abierto, creativo y no excluyente. Pero, al mismo tiempo, adaptan su discurso a un clima cada vez más nacionalista. La tensión persiste: entre quienes aún confían en el mercado como mecanismo de descubrimiento y quienes lo conciben como instrumento de selección.
Para Slobodian, el giro contemporáneo de la derecha neoliberal —del «protejan el sistema» al «clasifiquen la naturaleza humana»— marca una ruptura profunda con la tradición de Hayek y Friedman. Pero también revela la plasticidad del neoliberalismo, su capacidad para colonizar nuevos lenguajes, desde la genética hasta la ingeniería social.
«Las ideas —dice— nunca son objetos estáticos. Viven, mutan, se mezclan con otras. Y lo que hoy parece una herejía puede ser, mañana, la nueva ortodoxia».
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional.
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Notas
| ↑1 | Del inglés alternative right, es un movimiento de extrema derecha y nacionalista blanco. |
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