Medios, guerra y relato: la vieja épica imperial frente a Irán

Desde Estados Unidos hasta México, dos miradas críticas —The Nation y La Jornada— coinciden en un diagnóstico: el ataque contra Irán no sólo se libra con misiles, sino con narrativas que rehabilitan la retórica del cambio de régimen, la defensa preventiva y la amnesia histórica.
En la estela del ataque ordenado por Donald Trump contra Irán dos intervenciones periodísticas de distinto origen convergen en una misma advertencia: la guerra vuelve a ser presentada como destino inevitable y acto moral, mientras la prensa corporativa se alinea —con matices— detrás de un relato de restauración del poder estadounidense.
En The Nation, el periodista Chris Lehmann traza un paralelismo inquietante entre la cobertura actual y la tradición de la prensa sensacionalista que acompañó las primeras aventuras imperiales de Washington a fines del siglo XIX. Como entonces, sostiene, la intervención se reviste de misión civilizatoria: Estados Unidos se presenta como garante desinteresado de la soberanía ajena, aun cuando es quien la vulnera. La promesa de restaurar la autodeterminación del pueblo iraní convive con la eliminación selectiva de su liderazgo y con la ilusión de un cambio de régimen quirúrgico, remoto e incruento.
Lehmann observa que incluso voces habitualmente críticas del trumpismo se reacomodan ante la pulsión bélica. El columnista conservador George F. Will, desde The Washington Post, celebró la ofensiva como una restauración de la credibilidad disuasiva estadounidense, equiparando la decisión presidencial con gestos fundacionales de defensa nacional. El giro retórico es significativo: la operación deja de ser una «guerra de elección» para convertirse en acto de autoconservación histórica.
El clima mediático no se agota en las columnas de opinión. Según Lehmann, la cobertura informativa reproduce sin mayor distancia crítica la versión oficial sobre la eficacia estratégica del ataque, mientras se multiplican las especulaciones sobre un liderazgo alternativo listo para ocupar el vacío.
En CBS News, el programa 60 Minutos dedicó un segmento destacado a Reza Pahleví, hijo del último sha, presentado como figura de transición para un Irán post-ayatolá. La entrevista, conducida por Scott Pelley, fue leída por Lehmann como síntoma de una peligrosa nostalgia monárquica promovida desde el exilio y amplificada por granjas digitales y estudios televisivos.
Pero el foco no se limita al contenido del reportaje sino a la orientación editorial de la cadena. Bajo la órbita de su nuevo propietario, David Ellison, y con la influencia creciente de su editora jefe, Bari Weiss, CBS ha profundizado —según la crítica— una línea que combina retórica liberal en política doméstica con un alineamiento casi reflejo con la agenda exterior más dura de Washington y Tel Aviv. Weiss, con fuerte presencia en redes sociales, celebró abiertamente la ofensiva y trasladó ese clima de validación al prime time informativo. La frontera entre comentario y cobertura se volvió porosa: la apuesta por Pahleví no apareció como hipótesis a contrastar, sino como posibilidad histórica inminente.
En ese marco, la entrevista en París adquirió un tono que desdibujó la tradición inquisitiva de 60 Minutos. Las preguntas sobre el pasado represivo del sha Mohammad Reza Pahleví quedaron encapsuladas en fórmulas breves, mientras se otorgaba amplio espacio a la narrativa del exilio virtuoso y la transición ordenada. El efecto, advierte Lehmann, fue el de un casting geopolítico televisado: la escenificación anticipada de un relevo político cuya viabilidad real en el terreno iraní dista de estar demostrada.
La crítica apunta también a la simplificación estratégica: la muerte del líder supremo Ali Jamenei es tratada como jaque mate geopolítico, sin ponderar la complejidad interna iraní ni el potencial efecto aglutinador de una agresión externa. Para Lehmann, la historia reciente —de Irak a Afganistán— debería vacunar contra las fantasías de golpes limpios y transiciones ordenadas bajo tutela extranjera.
Desde México, el editorial de La Jornada amplía el foco temporal y coloca el conflicto en una genealogía más extensa. La demonización contemporánea de Irán, sostiene, hunde sus raíces en la reacción occidental contra el gobierno nacionalista de Mohammad Mosaddegh, derrocado en 1953 tras intentar nacionalizar la Anglo-Persian Oil Company. El golpe, apoyado por Washington y Londres, reinstaló al sha Mohammad Reza Pahlavi y dio paso a un régimen sostenido por la represión de la Savak.
La revolución de 1979, encabezada por el clero chiíta, aparece así como resultado de la clausura violenta de alternativas laicas y modernizadoras. El posterior respaldo occidental a la invasión de Irán por parte de Saddam Hussein durante la guerra de ocho años es citado como eslabón adicional de una cadena de intervenciones que alimentaron la radicalización regional.
El editorial mexicano también cuestiona la narrativa de la «amenaza inminente» invocada por la Casa Blanca. Declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio sugieren, según el texto, que Washington actuó anticipándose a una represalia iraní frente a una decisión ya tomada por Israel. La distinción no es menor: transforma el argumento preventivo en admisión de coordinación ofensiva.
Ambos textos, desde tradiciones periodísticas y geografías distintas, terminan confluyendo en una advertencia común. Para The Nation, la maquinaria mediática estadounidense reactiva viejos reflejos imperiales: romantiza la disuasión, simplifica la complejidad iraní y ensaya, en estudios televisivos, la ficción de un relevo político ya consumado. Para La Jornada, la ofensiva actual es inseparable de una larga cadena de injerencias, golpes y guerras alentadas o toleradas por Occidente, cuya memoria suele evaporarse cuando se invoca la «defensa propia».

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