Las narrativas del poder
En nombre de la ley, la seguridad nacional y el mercado, la administración de Donald Trump desplegó un entramado de narrativas para intervenir en Venezuela y enviar una señal al resto del continente (y el mundo). No se trata de un caso aislado, sino de un libreto más amplio donde el poder se ejerce contando historias que habilitan la fuerza, el negocio y la intimidación como política.
Las grandes operaciones de poder rara vez se presentan desnudas. Necesitan palabras que las sostengan, argumentos que las vuelvan digeribles. En el caso de Venezuela, la administración Trump apeló a dos narrativas distintas para justificar la invasión del país y el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
La primera es de corte judicial. Maduro aparece retratado como un capo del narcoterrorismo: conspiración, tráfico de cocaína, posesión de armas de guerra. Ese relato sostiene la acusación formal presentada por el Departamento de Justicia de Nueva York y explica, al menos en los papeles, por qué el mandatario venezolano fue capturado en Caracas por fuerzas militares y agentes de la DEA y trasladado a Estados Unidos. No se trata de una guerra, se insiste, sino de la aplicación extraterritorial de la ley.
La segunda narrativa remite al petróleo. En 2006, Hugo Chávez reformó la Ley Orgánica de Hidrocarburos para asegurar que Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa) tuviera mayoría en la explotación de la Faja del Orinoco, el mayor yacimiento petrolero del planeta. Empresas estadounidenses como ConocoPhillips y ExxonMobil rechazaron el nuevo esquema, demandaron al Estado venezolano y obtuvieron fallos favorables en tribunales de arbitraje del Banco Mundial. Las compensaciones, superiores a los mil millones de dólares, nunca se saldaron completamente. En esta versión, la intervención no castiga delitos: recupera recursos.
Dos historias distintas, un mismo final: la legitimación del uso de la fuerza.
Legalidad hacia adentro, poder hacia afuera
La insistencia del gobierno estadounidense en reforzar ambos relatos apunta, sobre todo, a su propio público. Se trata de convencer a la opinión pública de que las acciones no solo son legítimas, sino necesarias. Sin embargo, la explicación más honesta —y también la más brutal— aparece formulada sin eufemismos en la nueva estrategia de seguridad nacional.
Allí se explicita la aplicación de la llamada doctrina Donroe, una versión recargada de la doctrina Monroe de 1823. Si Monroe proclamaba «América para los americanos», la actualización trumpista va más lejos: el dominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental no volverá a ser cuestionado.
Durante décadas, afirma este enfoque, otras administraciones descuidaron la región o permitieron el surgimiento de amenazas. Con Trump, eso se terminó. «Ahora estamos reafirmando el poder estadounidense en nuestra región de la manera más poderosa posible», proclamó el presidente. El futuro, agregó, dependerá de la capacidad de proteger el comercio, el territorio y los recursos estratégicos. Son, dijo, «las leyes de hierro que siempre han dictado el poder global».
No hay promesas de democracia. Hay advertencias.
Cuando la ideología se llama negocio
La política exterior estadounidense siempre tuvo motivaciones económicas, pero la nueva doctrina prescinde del maquillaje ideológico. El tono es el de Trump: directo, empresarial, transaccional (tratar de obtener la mayor ventaja geopolítica posible al menor costo posible). La conferencia de prensa del sábado fue reveladora. Se habló de petróleo, inversiones, reconstrucción de infraestructura. La palabra democracia apenas apareció.
Trump desestimó a los referentes opositores tradicionales. Afirmó no haber hablado con María Corina Machado y puso en duda su liderazgo, señalando que «no tiene apoyo en su país». Eduardo González, ganador de las últimas elecciones según informes periodísticos rigurosos, simplemente quedó fuera del cuadro. En cambio, el secretario de Estado, Marco Rubio, conversó «extensamente» con Delcy Rodríguez, vicepresidenta electa y una de las figuras centrales del chavismo, quien —según Trump— estaría dispuesta a «hacer lo que sea necesario para que Venezuela vuelva a ser grande». La traducción es sencilla: Delcy puede quedarse, siempre que entregue el petróleo.
Trump anunció que gobernará con «un grupo» aún indefinido y que habrá soldados sobre el terreno para asegurar los recursos. Prometió que las grandes petroleras estadounidenses invertirán miles de millones, repararán la infraestructura devastada y extraerán mucho más crudo del que hoy se produce, para luego venderlo al mundo. Venezuela será reconstruida, sí, pero bajo nuevas reglas y nuevos dueños de facto.
Narcotráfico: el relato comodín
La doctrina Donroe, aplicada sin rodeos, deja claro que ningún gobernante está a salvo. Y el atajo discursivo más eficaz vuelve a ser la guerra contra las drogas.
El procedimiento es casi mecánico. Primero, se instala la narrativa de que un presidente tiene vínculos con el narcotráfico. Luego, se construye una causa judicial en tribunales estadounidenses. Finalmente, cualquier intervención se presenta como un acto de justicia, no como un acto de guerra. Guerra jurídica, con ropaje legal.
Esta narrativa también cumple una función doméstica. Al tratarse de operaciones contra el narcoterrorismo ejecutadas por agencias como la DEA, no se requiere autorización del Congreso. El relato ordena hacia afuera y hacia adentro.
El efecto dominó: México y Colombia
Brasil reaccionó con cautela. Recién a media mañana se sumó al pequeño grupo de países que condenaron el secuestro de Maduro. Lula advirtió que la acción recuerda «los peores momentos de injerencia» y amenaza la paz regional. El diagnóstico es contundente, aunque la respuesta parezca débil frente a una doctrina que ya se muestra en movimiento.
Porque Venezuela no parece un caso aislado. Antes incluso de la conferencia de prensa, Trump había lanzado amenazas contra México. En una entrevista con Fox News, afirmó que Claudia Sheinbaum es «una buena mujer», pero que los cárteles gobiernan el país. Entre risas y un tono condescendiente, sugirió que Estados Unidos «tendrá que hacer algo» si México no actúa.
La misma lógica se aplicó a Colombia. Trump acusó a Gustavo Petro de tener «fábricas de cocaína» y le advirtió que «tenga cuidado». Petro ya enfrenta sanciones por, supuestamente, permitir que prosperen los cárteles y no frenar esa actividad.
El patrón se repite: narcotráfico como narrativa, presión diplomática como método, intervención como amenaza latente. Las narrativas de Trump no buscan convencer: buscan habilitar, preparan el terreno para intervenir, disciplinar y extraer recursos. En ese juego, la verdad importa menos que su eficacia. Y América Latina vuelve a ser, una vez más, el escenario donde EE. UU ensaya sus relatos antes de imponer los hechos.
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional.
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