Treinta años de Rebelión, vanguardia y resistencia
Entre la utopía digital de los años noventa y las formas contemporáneas de concentración del poder informativo, este texto recorre el nacimiento, la expansión y la persistencia de Rebelión como medio alternativo, sin fines de lucro y abiertamente ideológico, inscripto en una larga tradición de periodismo crítico que eligió no ser neutral para «encender» conciencias.
A mediados de los años noventa, muchos jóvenes vivimos el boom de Internet con la ambigüedad y las dudas propias de todo inicio. Por provenir del mundo de los libros y de la celebración de la cultura ilustrada, muchos balanceamos este entusiasmo con una dosis de pesimismo o, por lo menos, de precaución. Como joven del siglo XX, en Mozambique viví este contraste entre el siglo anterior y el próximo por llegar. A mi regreso a Uruguay no alcanzaba a romantizar ni a despreciar ninguno de los dos mundos. En 1997, como resumen de estos contrastes radicales y perplejidades de joven soñador, escribí los últimos capítulos de Crítica de la pasión pura, imaginando que ya no teníamos excusas para una «democracia directa», ya que las herramientas de la superred estaban allí, casi maduras. Al mismo tiempo, anotaba que toda esa aparente libertad de otorgarle voz y voto a los ciudadanos del mundo se iba a encontrar con la reacción de poder económico y financiero: la «desilustración» (por entonces llamábamos así al «suicidio» de cambiar la reflexión de los libros por la superficialidad de la urgencia) y, finalmente, la dictadura de un sistema que sería dueño hasta de la privacidad de los individuos.
No obstante, todos necesitamos (y necesitamos) creer en proyectos, subscribir utopías, más si se es joven. Una buena parte de aquella utopía estaba en la primera parte de la ecuación: el acceso democrático y a bajo costo a la información y la «denuncia sin censura», eran una forma de extender la cultura ilustrada en ese universo frágil, fragmentado y lleno de ruido y contaminación digital.
Fue ahí donde Rebelión actuó como un medio que también tenía un rol doble y en apariencia (sólo en apariencia) contradictorio: el de vanguardia y resistencia.
En 1996, en España, un grupo de jóvenes periodistas fundó Rebelion.org como respuesta al dominio mediático y narrativo de los medios tradicionales, con la particularidad de no poseer una sala de redacción, costos de impresión y de distribución y sin vender publicidad. Esta es, desde el comienzo, una política descomercializada, anticorporativa y, como consecuencia, anticapitalista. Naturalmente, la mayoría de sus autores y publicaciones reflejan lo que el lenguaje tradicional y dicotómico define como «de izquierda», con toda la pluralidad histórica y presente de ese ideoléxico.
Rebelión llegó a estar entre los diez periódicos digitales más leídos en español y ser el primero en número de lectores de los medios alternativos. Actualmente, según diferentes medidores de rankings (web traffic estimators) sus visitantes alcanzan un promedio de casi diez minutos de lectura, lo que equivale a la lectura promedio de dos artículos en su totalidad.
Rebelión no solo es leído en varias decenas de países de todo el mundo. Más importante que eso, es reconocido por casi cualquier lector atento. Una particularidad remarcable de Rebelión, entiendo, radica en que sus publicaciones son reproducidas en otros sitios alternativos de diferentes continentes en un número muy superior al de muchos medios comerciales. Me atrevería a decir, sin un estudio estadístico pero sin miedo a equivocarme, que un artículo en Rebelión es republicado en sitios alternativos y en diarios tradicionales en una relación de diez a uno que es republicado de un diario comercial.
Este éxito descapitalizado ha hecho de Rebelión el objetivo de ataques, sabotajes y críticas por su «inclinación política», como si ésta fuese un secreto de los medios alternativos o como si el resto de los conglomerados privados (Grupo Clarín en Argentina, Televisa en México, Prisa en España, Walt Disney, Paramount, Sinclair, Warner Bros y Fox Corporation en Estados Unidos) estuviesen libres de ideología y sus productos mediáticos fuesen la expresión de la objetividad y la neutralidad cultural y periodística.
Rebelión no solo es leído en varias decenas de países de todo el mundo. Más importante que eso, es reconocido por casi cualquier lector atento. Su ícono de «la carita» (la fotografía sin diseño y sin Photoshop de un niño que mira asombrado la realidad del mundo que le tocó vivir) es uno de las más reconocidos entre los lectores de muchos países.
Una de las primeras capturas de Rebelión que sobreviven en archive.org es del 17 de agosto de 2000. Allí se pueden leer reflexiones de Juan Gelman, Ariel Dorfman, Naomi Klein y dos piezas breves de Eduardo Galeano. En una de ellas, titulada Disparen contra Rigoberta, Eduardo nos recuerda (la conjugación de este verbo en tiempo presente es deliberada): «El Nobel de la Paz, que Rigoberta ganó en el 92, no sólo fue la única conmemoración decente y justa de los quinientos años de eso que llaman Descubrimiento de América, sino que, además, resultó un buen plumerazo para un premio que necesitaba una limpieza. El Premio Nobel de la Paz venía cargando mucha mugre desde 1906, cuando se lo dieron a Teddy Roosevelt, quien a los cuatro vientos proclamaba que la guerra purifica a los hombres, y más sucio fue quedando, con el paso del tiempo, cuando fue recibido por otros jefes guerreros, como, por ejemplo, Henry Kissinger, quien debe al mundo muchas muertes y ha sido el papá de Pinochet y otros monstruitos. Patas arriba: el mundo al revés discute ahora si Rigoberta merecía ese premio, en lugar de discutir si ese premio la merecía».
En el otro artículo, publicado el día anterior con título El periodismo independiente, Galeano nos dice, como si se tratase de un texto escrito a propósito de los treinta años de Rebelión: «Las ideas revelaban cierta inclinación al rojo, pero más rojos estaban los números. El administrador del semanario Marcha (Uruguay), que cumplía la insalubre tarea de pagar las cuentas, saltaba de alegría en raras ocasiones:
―¡Llegaron avisos! ¡Tenemos la edición financiada!
En la historia universal del periodismo independiente, siempre se ha celebrado semejante milagro como una prueba de la existencia de Dios. Pero al director, Carlos Quijano, se le torcía la cara. Y mascullaba maldiciones: aquella buena noticia era la peor de las noticias. Si había publicidad, se iba a sacrificar algún espacio imprescindible para difundir información mentida o escondida, y ya no se iba a cumplir como era debido con la misión que había dado nacimiento al semanario.
Marcha había nacido a contraviento, y a contraviento vivía: no había sido fundada para cazar consumidores, sino para encender conciencias, joder paciencias y alborotar avisperos.
Siempre resultaban pocas las páginas para decir todo lo que había que decir, viernes tras viernes, hasta que el terror militar puso fin a los treinta y cuatro años de esa locura.
Naturalmente, ni Marcha, ni Galeano ni Rebelión fueron nunca neutrales ni quisieron serlo. La diferencia con los medios dominantes radicaba en que tenían la suficiente honestidad para no escondérselo a sus lectores.
Ahora, en el siglo XXI, Rebelión continúa la brillante y heroica tradición de columnas y ensayos políticos sobre problemáticas reales, sociales y culturales de actualidad que procede del siglo XIX y ha tenido destacados ejemplos en publicaciones como The Nation (1865), Monthly Review (1949), Le Monde Diplomatique (1954), New Left Review (1960), Partisan Review (1934), Marcha (1939), Crisis (1973), entre otros.
Como estos medios históricos, también Rebelión le dio espacio y permanencia a los textos de destacados intelectuales como Pascual Serrano (uno de sus fundadores), Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Heinz Dieterich, Boaventura de Sousa Santos, Juan Gelman, Atilio Boron, Antonio Maira, Raúl Zibechi, Marcelo Colussi, James Petras, Vijay Prashad, Giorgio Trucchi, Lilliam Oviedo, Cynthia Cisneros Fajardo, entre muchas otros que por razones de espacio y de tiempo omito ahora.
Mi vinculación con este valiente, resistente y entrañable medio se remonta a principios del siglo XXI y desde entonces ha continuado hasta hoy gracias a la amistad y al trabajo serio y meticuloso de Silvia Arana quien, desde Ecuador, suele señalarme mis habituales desprolijidades.
Jorge Majfud
Escritor, arquitecto, doctor en Filosofía por la Universidad de Georgia y profesor de Literatura Latinoamericana y Pensamiento Hispánico en Jacksonville University, Florida, Estados Unidos. Autor de libros de ensayos y ficción.
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