La inteligencia artificial desembarca en redacciones atravesadas por la precariedad laboral y ausencia de políticas editoriales
La inteligencia artificial ya dejó de ser una hipótesis de futuro para el periodismo argentino. Un estudio de la cátedra Políticas de la Convergencia de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA revela que más de ocho de cada diez periodistas utilizan ChatGPT en su trabajo cotidiano. Pero detrás de la adopción de estas herramientas aparece una realidad preocupante: la IA no llega a redacciones robustas y preparadas, sino a un sector atravesado por el pluriempleo, la precarización laboral y la ausencia de políticas editoriales claras.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa suele presentarse como una nueva revolución tecnológica capaz de transformar la producción de contenidos. Sin embargo, cuando se observa cómo estas herramientas son utilizadas en las redacciones argentinas, la discusión deja de ser exclusivamente tecnológica para convertirse en una cuestión laboral, profesional y cultural.
Esa es una de las principales conclusiones de la investigación realizada por Sebastián De Toma, Xavier Ibarreche, Carolina Martínez Elebi, Ana Vinuf, Paloma Ayala y Martín Becerra, en el marco de la cátedra Políticas de la Convergencia de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El trabajo reunió una etapa cuantitativa, basada en una encuesta a 107 periodistas realizada entre septiembre y octubre de 2024, y una etapa cualitativa sustentada en entrevistas en profundidad efectuadas entre junio y noviembre de 2025 a periodistas de Ciudad de Buenos Aires, Corrientes, Rosario y Ushuaia.
Los datos muestran que la adopción de ChatGPT es ya un fenómeno consolidado. El 82,2 % de los encuestados afirmó haber utilizado la herramienta en su labor profesional y la mayoría lo hace con frecuencia semanal o diaria. Lejos de limitarse a tareas mecánicas, el uso se concentra en actividades consideradas históricamente centrales para el oficio: generación de ideas, redacción de textos, edición, titulación y búsqueda de enfoques para las notas.
La inteligencia artificial ya no ocupa un lugar marginal: interviene en tareas que durante décadas definieron la identidad profesional del periodismo.
La investigación pone en cuestión una idea extendida según la cual la inteligencia artificial se ocuparía únicamente de trabajos rutinarios mientras los periodistas conservarían intacto el terreno de la creatividad. En la práctica, las herramientas generativas están ingresando precisamente en aquellas etapas que definen la construcción narrativa y editorial de una noticia.
Sin embargo, el estudio advierte que la masiva incorporación de estas tecnologías no responde solamente al entusiasmo por la innovación. Según el análisis cualitativo, la IA aparece muchas veces como una respuesta adaptativa a condiciones laborales cada vez más exigentes. El periodismo argentino atraviesa desde hace años un proceso de deterioro marcado por salarios insuficientes, pluriempleo y sobrecarga de tareas. En ese contexto, ChatGPT funciona como un acelerador de productividad.
La herramienta permite resumir documentos, producir borradores, reformular textos o generar títulos en segundos. El beneficio es evidente: ahorrar tiempo. Pero ese ahorro no necesariamente se traduce en mejores condiciones de trabajo ni en mayores ingresos. Por el contrario, los investigadores sostienen que la IA corre el riesgo de convertirse en un mecanismo que permita producir más contenido con los mismos recursos, profundizando una lógica de optimización permanente que ya caracteriza a gran parte de las redacciones.
Las entrevistas revelan además una transformación más profunda. Muchos periodistas utilizan la inteligencia artificial como primer punto de contacto con la información, ya sea para comprender un tema complejo, organizar ideas o elaborar borradores iniciales. Esto implica que parte del proceso de interpretación y encuadre periodístico comienza a quedar mediado por algoritmos cuyos criterios de funcionamiento son opacos para los usuarios.
Más que una revolución creativa, la IA aparece como una respuesta práctica a redacciones sometidas a la urgencia, la sobrecarga y la búsqueda permanente de eficiencia.
Allí aparece uno de los principales interrogantes planteados por la investigación: ¿qué sucede cuando decisiones que antes dependían de la experiencia profesional empiezan a desplazarse hacia sistemas automatizados? Los autores alertan acerca el riesgo de una pérdida gradual de habilidades que tradicionalmente se adquirían mediante la experiencia diaria del oficio, desde la capacidad de síntesis hasta la construcción de criterios editoriales propios.
La paradoja es que esta transformación ocurre en un escenario donde los medios prácticamente no han definido reglas de juego. El 77,5 % de los periodistas consultados señaló que su organización no posee políticas de uso de inteligencia artificial y el 70 % indicó que su empresa no adoptó ninguna medida específica frente a la expansión de estas herramientas. Mientras tanto, siete de cada diez consideran necesaria la capacitación formal en estas tecnologías.
La ausencia de lineamientos institucionales provoca que las decisiones éticas recaigan casi exclusivamente sobre los trabajadores. Cada periodista debe resolver por sí mismo cuánto delegar en la IA, cómo verificar la información obtenida y cuáles son los límites aceptables de su utilización. Lo que debería formar parte de una política editorial termina convirtiéndose en una responsabilidad individual.
La investigación identifica cuatro desafíos centrales para los próximos años. El primero es preservar la autonomía editorial frente a la creciente mediación algorítmica. El segundo consiste en garantizar la calidad informativa en un entorno donde las «alucinaciones» y los sesgos de los modelos pueden amplificar errores y desinformación. El tercero remite a la necesidad de enfrentar la precarización laboral para evitar que la IA se convierta en una herramienta de intensificación del trabajo. Finalmente, aparece la urgencia de construir marcos institucionales y políticas editoriales capaces de orientar el uso responsable de estas tecnologías.
La pregunta ya no es si los periodistas usarán inteligencia artificial, sino quién definirá las reglas bajo las cuales esa tecnología participará de la producción informativa.
El debate, en definitiva, ya no pasa por decidir si la inteligencia artificial ingresará o no a las redacciones. Esa discusión parece saldada. La pregunta relevante es bajo qué condiciones lo hará. Si la IA se incorpora únicamente como una herramienta para acelerar procesos productivos, podría profundizar problemas que el periodismo arrastra desde hace años. Si, en cambio, se integra mediante políticas transparentes, formación adecuada y criterios éticos compartidos, podría convertirse en un recurso valioso para fortalecer la profesión.
La investigación de la UBA invita precisamente a mirar más allá del entusiasmo tecnológico. Porque detrás de cada algoritmo hay relaciones de trabajo, decisiones editoriales y disputas de poder. Y porque el futuro del periodismo probablemente dependa menos de lo que pueda hacer una máquina que de la capacidad de las redacciones para definir qué aspectos del oficio siguen siendo irrenunciablemente humanos.
En tal sentido, más que una discusión sobre software, el estudio propone una reflexión sobre el estado actual del periodismo argentino. La inteligencia artificial aparece como síntoma y no solo como causa de los cambios en curso. Su expansión obliga a revisar cómo se produce información, quién toma las decisiones editoriales y cuáles son las condiciones materiales que sostienen el trabajo periodístico. La tecnología avanza rápido; el desafío es evitar que la velocidad termine reemplazando al criterio.
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