La era de la «slopaganda» o cuando la inteligencia artificial ya no busca convencer sino disolver la realidad
La propaganda política está entrando en una nueva etapa. Ya no alcanza con fabricar relatos: ahora también es posible producir imágenes infinitas con inteligencia artificial y distribuirlas selectivamente gracias al big data y los algoritmos de las plataformas digitales. El resultado es un ecosistema comunicacional donde la manipulación deja de dirigirse a las masas para instalarse, casi de manera invisible, en la pantalla de cada ciudadano. Las dos notas de esta entrega de «Leímos en la Red» examinan esa transformación desde perspectivas complementarias: la primera desarrolla el concepto de slopaganda, la saturación informativa que erosiona la confianza en la realidad compartida; la segunda analiza cómo el microtargeting permite que esos contenidos lleguen con precisión a segmentos específicos del electorado. Juntas muestran cómo la inteligencia artificial ya no solo produce nuevos mensajes: también está reescribiendo las reglas de la comunicación política y de la competencia democrática.
Según un ensayo del historiador Ian Garner, publicado en Le Grand Continent, la irrupción masiva de imágenes y videos generados por inteligencia artificial está inaugurando una nueva etapa de la propaganda política. Ya no se trata únicamente de difundir mentiras o imponer un relato, sino de inundar el espacio público con una cantidad tal de contenidos artificiales que la propia noción de verdad comienza a perder sentido. Desde Esfera Comunicacional sintetizamos y contextualizamos una reflexión que ayuda a comprender uno de los fenómenos políticos más inquietantes de nuestro tiempo.
La propaganda siempre buscó modelar la percepción de la realidad. En el siglo XX lo hizo mediante afiches, cine, radio, monumentos y discursos cuidadosamente diseñados para consolidar un proyecto político. En el siglo XXI, sin embargo, la inteligencia artificial está modificando radicalmente ese escenario. Ya no hace falta construir un relato coherente ni convencer a millones de personas de una misma verdad. Basta con inundar las plataformas digitales de imágenes falsas, videos absurdos, montajes espectaculares y memes imposibles hasta convertir la duda permanente en el estado natural de la conversación pública.
Garner propone llamar a este fenómeno slopaganda, un neologismo formado por slop —basura, desperdicio, contenido de baja calidad producido en masa en inglés— y propaganda. El concepto describe la utilización sistemática de contenidos generados por inteligencia artificial para intervenir en el debate político mediante la saturación, la confusión y el agotamiento cognitivo.
La idea resulta especialmente sugerente porque desplaza el foco desde el contenido hacia el funcionamiento del ecosistema informativo. Lo verdaderamente novedoso no es que existan imágenes falsas. La historia política está llena de montajes, manipulaciones y operaciones de propaganda. Lo novedoso es la velocidad con la que hoy pueden producirse millones de piezas visuales, distribuirse automáticamente y amplificarse mediante algoritmos que privilegian aquello que genera mayor reacción emocional.
Donald Trump se ha convertido en uno de los principales exponentes de esta lógica. Sus redes sociales exhiben un flujo permanente de imágenes donde aparece convertido en Jesucristo, en un rey medieval, en un héroe de guerra, en un Jedi de Star Wars o en cualquier otra representación destinada menos a informar que a provocar impacto emocional. Del otro lado del espectro político ocurre algo semejante: la oposición también responde con imágenes igualmente artificiales. El resultado no es una discusión sino una competencia de fantasías digitales.
Garner sostiene que este proceso representa una ruptura respecto de las formas clásicas de propaganda. Durante el siglo pasado los regímenes totalitarios producían imágenes cuidadosamente controladas para construir una visión compartida del futuro. El realismo socialista soviético o la estética fascista buscaban transmitir una idea de orden, grandeza y destino colectivo. La propaganda era falsa, pero perseguía un objetivo perfectamente identificable: crear consenso alrededor de un proyecto político.
La slopaganda funciona exactamente al revés.
No pretende construir un futuro común sino destruir la posibilidad misma de imaginarlo. Su éxito no consiste en que las personas crean una mentira determinada, sino en que terminen dudando de todas las versiones disponibles de la realidad. Cuando cualquier fotografía puede ser fabricada en segundos y cualquier video puede parecer auténtico, la consecuencia no es solamente el engaño: es la erosión sistemática de la confianza.
En ese sentido, Garner considera que la slopaganda constituye una etapa posterior a la llamada posverdad. Durante la década pasada, el problema consistía en que los hechos perdían importancia frente a las emociones o las identidades políticas. Ahora el fenómeno es todavía más profundo. Si en la posverdad predominaba la idea de que «mucha gente dice…», la inteligencia artificial inaugura una nueva lógica basada en que «mucha gente ve». Las imágenes adquieren un poder emocional inmediato incluso cuando todos sospechan que pueden ser falsas.
Uno de los aportes más originales del ensayo consiste en recuperar la historia de la propaganda totalitaria para mostrar tanto las semejanzas como las diferencias con el presente.
Garner recorre el futurismo italiano, el estalinismo, la estética fascista y las reflexiones de Milan Kundera sobre el kitsch político. Aquellas imágenes idealizadas —obreros sonrientes, líderes heroicos, ciudades luminosas— pretendían fabricar una experiencia colectiva. El espectador debía emocionarse junto con millones de personas contemplando exactamente el mismo futuro. Las plataformas digitales producen el efecto contrario.
Cada usuario recibe un flujo personalizado, infinito y permanentemente cambiante. Las imágenes aparecen durante unos segundos antes de desaparecer bajo una nueva avalancha de contenidos. La inteligencia artificial convierte esa dinámica en un proceso industrial. Ya no existe una narrativa central sino millones de pequeñas narrativas fragmentadas que se superponen sin llegar nunca a consolidarse.
Por eso Garner afirma que la verdadera materia prima de la slopaganda no es la mentira sino la saturación. El usuario ya no dispone del tiempo necesario para verificar, comparar o contextualizar la información. El algoritmo exige una reacción inmediata. Reír, indignarse, compartir o comentar antes de que aparezca la siguiente publicación. En semejante velocidad desaparecen las condiciones mínimas para una deliberación democrática.
El ensayo dedica varias páginas a analizar Truth Social, la plataforma utilizada por Trump. Allí observa cómo los mensajes oficiales del presidente terminan mezclándose con memes, comentarios anónimos, imágenes creadas por inteligencia artificial, teorías conspirativas y respuestas delirantes de miles de usuarios. La autoridad del discurso presidencial se diluye dentro de un flujo continuo donde resulta prácticamente imposible distinguir qué pertenece al poder político y qué proviene de sus seguidores.
Según Garner, este fenómeno no constituye una anomalía exclusiva del trumpismo. Representa el funcionamiento habitual de prácticamente todas las grandes plataformas digitales.
La consecuencia política es especialmente preocupante. Si nadie puede estar completamente seguro de la autenticidad de una fotografía, de un audio o de un video, la desconfianza deja de dirigirse contra un actor específico para convertirse en un estado permanente de la vida pública. La duda ya no afecta solamente al adversario político. También alcanza a las propias certezas.
Es precisamente allí donde aparece la tesis central del ensayo: la slopaganda no destruye únicamente la verdad. Destruye también la posibilidad.
Cuando toda representación puede ser artificial, resulta extremadamente difícil construir un horizonte compartido sobre el cual discutir proyectos colectivos. La política queda atrapada en un presente permanente, alimentado por plataformas que privilegian la reacción instantánea antes que la reflexión.
Lejos de proponer soluciones tecnológicas, Garner plantea una respuesta profundamente política. Regular la inteligencia artificial puede ser necesario, pero resulta insuficiente. El verdadero problema reside en el ecosistema comunicacional que convierte cualquier contenido en un objeto descontextualizado, acelerado y sometido a la lógica algorítmica.
Por eso concluye que la recuperación del espacio público pasa por fortalecer instituciones capaces de reconstruir vínculos de confianza: el periodismo local, las bibliotecas, las organizaciones comunitarias, los sindicatos, los clubes, las asociaciones civiles y todos aquellos ámbitos donde las personas puedan volver a debatir cara a cara sobre problemas compartidos.
Su propuesta no idealiza un regreso al pasado ni supone renunciar a la innovación tecnológica. Más bien invita a recuperar algo que la velocidad de las plataformas está erosionando: la posibilidad de compartir una realidad común antes de discutir cómo transformarla.
La pregunta que deja abierta el ensayo excede ampliamente el caso de Trump o el uso político de la inteligencia artificial. Interpela a todas las democracias contemporáneas. Si la propaganda tradicional pretendía imponer una verdad, la slopaganda parece perseguir un objetivo todavía más ambicioso: convertir la incertidumbre permanente en la condición normal de la vida pública. Y una sociedad incapaz de distinguir entre realidad, ficción y simulación difícilmente pueda deliberar sobre su propio futuro.
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Trump, Big Data y microtargeting: la nueva batalla electoral en América Latina
Según ¿Cómo hacer Trump para ganar elecciones en América Latina?, un artículo dedicado a las nuevas estrategias de comunicación política digital, la expansión de herramientas de microsegmentación basadas en big data, inteligencia artificial y plataformas sociales está modificando la forma en que se disputan las elecciones en América Latina. Leonardo Toledo Garibaldi, el autor de la nota publicado por Diario Red, sostiene que el respaldo de Donald Trump a determinados candidatos forma parte de una estrategia más amplia y que buena parte de los mecanismos concretos permanecen fuera del escrutinio público.
Durante décadas las campañas electorales se apoyaron en grandes mensajes dirigidos a públicos masivos. La televisión, la radio y los actos políticos buscaban persuadir a millones de personas mediante un mismo discurso. Hoy esa lógica está siendo reemplazada por otra mucho más silenciosa y sofisticada: el microtargeting, una técnica que utiliza enormes volúmenes de datos para construir perfiles psicológicos de los votantes y enviar mensajes distintos a cada uno de ellos.
El artículo sostiene que esta transformación ayuda a comprender algunos movimientos recientes de la política latinoamericana y propone observar con atención el respaldo que Trump ha otorgado a diversos candidatos de la región. Más que atribuirle un poder predictivo, el autor plantea que ese apoyo se inscribe en una estrategia de influencia digital basada en la capacidad de identificar nichos electorales extremadamente específicos.
El funcionamiento del sistema comienza con la recopilación de datos. Cada búsqueda, cada «me gusta», cada comentario o interacción en redes sociales alimenta bases de datos capaces de reconstruir hábitos, preferencias, miedos e intereses. Sobre esa información se elaboran perfiles psicográficos que ya no clasifican a los ciudadanos únicamente por edad, sexo o nivel socioeconómico, sino por rasgos de personalidad y comportamiento.
La siguiente etapa consiste en adaptar el mensaje a cada perfil. Una misma campaña puede presentar argumentos completamente distintos según el receptor. A unos se les hablará de seguridad; a otros, de inflación; a otros, de inmigración o corrupción. Incluso pueden difundirse mensajes contradictorios entre sí sin que los diferentes públicos lleguen a conocerlos.
El objetivo no siempre consiste en conquistar nuevos votos. En muchos casos basta con desalentar la participación del electorado adversario, sembrar dudas sobre determinados candidatos o reforzar emociones preexistentes mediante contenidos que aparentan ser espontáneos y no propaganda política.
El antecedente más conocido de este modelo fue el caso Cambridge Analytica durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, cuando millones de perfiles de Facebook fueron utilizados para construir modelos psicográficos destinados a orientar publicidad política altamente personalizada.
El artículo también llama la atención sobre el creciente protagonismo de grandes empresas tecnológicas especializadas en análisis de datos, como Palantir, y sobre la estrecha relación política que varios de sus principales ejecutivos mantienen con el entorno de Trump. Sin afirmar que esas compañías hayan intervenido directamente en procesos electorales latinoamericanos, advierte que la concentración global de datos personales abre interrogantes inéditos sobre la transparencia democrática y la soberanía digital de los Estados.
Leída junto con el ensayo de Ian Garner sobre la slopaganda, esta discusión adquiere una dimensión más amplia. Si la inteligencia artificial multiplica la circulación de contenidos diseñados para erosionar la confianza pública, el microtargeting ofrece la infraestructura necesaria para que esos mensajes lleguen exactamente al tipo de ciudadano sobre el que pueden producir mayor impacto. La propaganda deja entonces de dirigirse a las masas para instalarse, casi de manera invisible, en la pantalla personal de cada elector.

