Mundial 2026: cuando el fútbol pone en juego la memoria, la identidad y la soberanía
Leímos dos artículos que, desde perspectivas distintas pero complementarias, ayudan a comprender uno de los fenómenos más llamativos que dejó el Mundial 2026. Mientras Iván Ambroggio reconstruye el vínculo entre el fútbol y la causa Malvinas, José D. T. Paganelli explora las raíces del creciente sentimiento antiargentino que se expresó con fuerza en México y en las redes sociales. Juntos ofrecen una mirada que trasciende el deporte y se adentra en las disputas por la memoria, la identidad y el poder.
Durante varias semanas, el Mundial 2026 dejó la sensación de que la selección argentina disputaba mucho más que una copa. Cada triunfo era acompañado por una catarata de publicaciones en redes sociales donde se mezclaban acusaciones de racismo, teorías conspirativas sobre supuestos favoritismos arbitrales, ataques dirigidos a Lionel Messi y cuestionamientos que trascendían ampliamente el terreno deportivo. La conversación futbolística derivó, casi sin escalas, hacia una discusión sobre la identidad nacional, la geopolítica y el lugar que ocupa la Argentina dentro del imaginario latinoamericano.
Ese clima digital encontró eco incluso en algunas figuras públicas de la cultura y el periodismo que hicieron suyo un discurso marcadamente hostil hacia la selección argentina. El fenómeno, lejos de agotarse en el folclore futbolero, terminó revelando una pregunta mucho más profunda: ¿por qué un equipo de fútbol puede despertar adhesiones apasionadas, pero también niveles inéditos de rechazo?
Dos artículos publicados en esos días ayudan a responder esa pregunta desde lugares diferentes. Uno mira hacia el pasado para explicar por qué determinados partidos siguen cargados de historia. El otro observa el presente para entender cómo las plataformas digitales amplifican emociones, prejuicios y relatos políticos.

Iván Ambroggio, en La Tecl@ Eñe, propone volver sobre un dato que con frecuencia el espectáculo deportivo intenta diluir: para la Argentina, un encuentro frente a Inglaterra nunca constituye un simple acontecimiento futbolístico. Detrás de los noventa minutos permanece abierta una herida histórica que remite a la guerra de Malvinas y a una disputa de soberanía que continúa pendiente en el plano diplomático.
El autor reconstruye una genealogía simbólica que comienza con la expulsión de Antonio Rattín en el Mundial de 1966 y alcanza uno de sus momentos culminantes veinte años después, cuando Diego Maradona convirtió el partido disputado en el estadio Azteca en una forma de reparación emocional para una sociedad que todavía procesaba las consecuencias de la derrota militar de 1982. Aquellos dos goles —la Mano de Dios y el Gol del Siglo— aparecen así menos como una hazaña deportiva que como un episodio incorporado a la memoria colectiva argentina.
Ambroggio recuerda además que el reclamo argentino sobre las islas mantiene sustento en el derecho internacional y destaca que, lejos de promover discursos de confrontación, los propios veteranos de guerra impulsan hoy una estrategia de memoria y pedagogía: aprovechar la enorme visibilidad del fútbol para mantener vigente una causa que consideran todavía inconclusa. El deporte, sostienen, puede convertirse en una plataforma para recordar antes que para odiar.

Ese telón de fondo histórico resulta indispensable para comprender el segundo artículo, firmado por José D. T. Paganelli en La Política Online. Su punto de partida no es un partido frente a Inglaterra sino una experiencia cotidiana: después de más de veinte años viviendo en México, observa que nunca había percibido un nivel tan intenso de rechazo hacia la selección argentina como el registrado durante este Mundial. La pregunta de su hija adolescente —mexicana, admiradora de Messi y desconcertada por el clima que la rodea— funciona como disparador de una reflexión mucho más amplia sobre las razones de ese fenómeno.
Lo interesante del análisis de Paganelli es que evita las respuestas fáciles. No atribuye el problema únicamente a las rivalidades deportivas ni a los inevitables excesos de las redes sociales. Intenta comprender cómo se cruzan diferencias culturales, identidades nacionales, memorias políticas y representaciones construidas durante décadas.
Una de sus hipótesis más sugestivas es que buena parte de la incomodidad que despiertan los argentinos proviene de una tradición igualitaria y plebeya que suele manifestarse como irreverencia frente a las jerarquías. Mientras en otras sociedades latinoamericanas predominan códigos más ceremoniosos respecto de la autoridad, sostiene Paganelli, la cultura política argentina tiende a naturalizar el cuestionamiento, la horizontalidad y cierta desconfianza hacia cualquier forma de poder.
En esa interpretación aparece inevitablemente Diego Maradona. Paganelli recupera su figura no solamente como el mejor futbolista de una época, sino como el símbolo mundial de una rebeldía nacida desde el sur global. Su enfrentamiento permanente con la FIFA, con las grandes potencias y con distintos poderes establecidos convirtió a Maradona en un referente para pueblos históricamente subordinados mucho más allá de las fronteras argentinas. Su victoria frente a Inglaterra en 1986 condensó, para millones de personas, la fantasía de que los débiles también podían derrotar a los poderosos.
Pero el autor sostiene que el escenario cambió. Mientras Maradona encarnaba la irreverencia, alrededor de Messi comenzó a consolidarse una narrativa completamente distinta. Según esa construcción, alimentada principalmente en las redes sociales, la selección argentina habría dejado de representar al rebelde para convertirse en el supuesto «equipo del poder»: protegido por la FIFA, favorecido por los árbitros e incluso asociado a intereses geopolíticos vinculados a Estados Unidos, Israel y el gobierno argentino. Paganelli no valida esa interpretación; por el contrario, la analiza como una teoría conspirativa cuya fuerza reside menos en sus evidencias que en su extraordinaria capacidad de circulación digital.
Es precisamente allí donde ambos artículos terminan encontrándose. Si Ambroggio recuerda que el fútbol sigue siendo un territorio donde sobreviven disputas históricas como la de Malvinas, Paganelli muestra que ese mismo escenario hoy también está atravesado por algoritmos capaces de transformar sospechas, prejuicios y consignas políticas en fenómenos virales. El partido continúa jugándose sobre el césped, pero una parte decisiva de la competencia ocurre ahora en las pantallas.
Quizá esa sea una de las principales enseñanzas que dejó el Mundial 2026. El fútbol sigue siendo un lenguaje privilegiado para narrar las pasiones colectivas, pero esas pasiones ya no circulan únicamente entre hinchas o selecciones nacionales. Hoy viajan amplificadas por plataformas digitales donde la identidad, la memoria, la política y la geopolítica se entremezclan hasta volver casi imposible distinguir dónde termina el deporte y dónde comienza la batalla cultural.
En ese sentido, tanto Ambroggio como Paganelli coinciden, desde registros diferentes, en una misma intuición: comprender lo que ocurrió alrededor de la selección argentina exige mirar mucho más allá del marcador. Porque detrás de cada gol, de cada bandera y de cada discusión en redes sociales siguen disputándose relatos sobre quiénes somos, cómo nos ven los otros y qué lugar ocupa la Argentina en el imaginario contemporáneo.
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