Democracias controladas, dictaduras participativas

Los partidarios del candidato demócrata al Senado de los EE. UU., el representante estatal de Texas James Talarico, festejan mientras ven los resultados de las elecciones de mitad de mandato en el Long Center for the Performing Arts el 3 de noviembre de 2026 en Austin, Texas

Las elecciones estadounidenses de medio término —en la que los demócratas le arrebataron el control del Congreso a los republicanos— vuelven a poner en evidencia los límites de una democracia condicionada por el poder económico y las élites corporativas. Sin embargo, el ascenso de una nueva generación de dirigentes, impulsada por el rechazo a la guerra en Gaza y a las desigualdades del sistema, comienza a cuestionar los consensos políticos tradicionales. La disputa que viene no será solamente electoral: será también por el poder.

IDEAS CLAVE
  • La democracia bajo control de las élites: las elecciones permiten elegir gobiernos, pero no alteran necesariamente las estructuras económicas y financieras que condicionan las decisiones políticas.
  • El poder económico como ordenador de la política: las corporaciones, los grandes donantes y el complejo militar-industrial financian campañas, condicionan candidaturas y limitan el margen de acción de los gobiernos.
  • Las elecciones como mecanismo de presión: aunque no transfieren el poder real a la ciudadanía, pueden convertirse en instrumentos para disciplinar o desplazar a quienes gobiernan.
  • La emergencia de la Generación Gaza: el rechazo al genocidio en Palestina, las desigualdades económicas y la crisis de expectativas están impulsando una nueva camada de dirigentes que cuestiona los consensos bipartidistas.
  • Una nueva izquierda con posibilidades electorales: figuras como Zohran Mamdani y otros dirigentes jóvenes muestran que las posiciones críticas del establishment comienzan a traducirse en triunfos políticos.
  • La disputa por el futuro demócrata: el conflicto decisivo de 2028 podría desarrollarse dentro del propio Partido Demócrata, entre su aparato tradicional y las nuevas expresiones políticas que buscan transformarlo.
  • La guerra como recurso de distracción: ante las dificultades internas, la posibilidad de una escalada militar contra Irán aparece como una estrategia para desplazar el foco de la crisis política y económica.
  • El problema de fondo: la concentración de la riqueza: más allá de los resultados electorales, la estructura que convierte el poder económico en poder político permanece prácticamente fuera de discusión.

A mediados de octubre, apenas el 30 % de los estadounidenses aprobaba la gestión de Donald Trump. Desde que Gallup comenzó estas encuestas en los años treinta, solo cinco presidentes cayeron más bajo: Truman empantanado en Corea; Nixon días antes de renunciar; o George W. Bush entre las ruinas de Irak y de Wall Street.

En estas elecciones, el voto anticipado fue de 54 millones de ciudadanos (22 %). La ansiedad suele indicar un deseo de cambio y predecir un tsunami. Pero no debemos confundir frustración con cambio. Los votantes no eligen otro sistema; eligen otra administración del mismo sistema. El poder, el verdadero, no se somete a referéndum ni nunca lo hará. Nunca un sistema cambió en alguna elección. La esclavitud no fue abolida en las urnas, sino en una guerra civil. Las reformas socialistas de los años treinta no nacieron de algún debate de ideas, sino de la Gran Depresión.

Bueno, ya sabemos, es folclor: demócratas y republicanos siempre fueron dos facciones de un mismo partido: el del capital financiero, del complejo militar-industrial y de las corporaciones que financian a ambos. Discuten con pasión sobre el aborto o los baños públicos, rara vez sobre el presupuesto del Pentágono o la concentración de la riqueza que escribe las leyes y decide las guerras. En una democracia de mercado, el votante elige el envoltorio, no el contenido. Es terapia de grupo.

Aun así, las elecciones importan. No es lo mismo para un inmigrante manejar mirando por el retrovisor por si aparece un agente de ICE que volver a su casa a disfrutar de una cerveza, aunque no sea más que el alivio del esclavo.

Por otro lado, la Generación Gaza mueve el tablero y un puño intenta detenerla. Thomas Massie, senador libertario de Kentucky, ganó siete veces su banca oponiéndose a la ayuda a Israel, pero en mayo de 2026 perdió la elección primaria más cara en la historia: más de 32 millones de dólares, unos nueve millones aportados por grupos proisraelíes lo dejaron afuera.

Elon Musk donó a los republicanos unos 446 millones de dólares (una propina para su fortuna), más de lo que recibieron los diez principales candidatos demócratas. Comprar políticos que luego firmarán billonarios contratos con las empresas de los donantes es una corrupción legalizada, tan obscena como la cloaca Epstein.

Así, el sistema electoral de las democracias liberales se ha convertido, si alguna vez no lo fue, en el principal instrumento de extorsión de las élites, el verdadero poder. Un presidente puede jugar a ser el hombre más poderoso del mundo, pero siempre hasta cierto límite. Si lo cruza, el sistema lo sustituye. Por eso las elecciones son tan importantes. No porque le den el poder al pueblo, sino porque funcionan como una extorsión permanente sobre quien gobierna.

¿Hay algo nuevo? Algo. Entre los menores de treinta años el rechazo a Trump y a la política tradicional es abrumador. La Generación Gaza heredó deudas universitarias, alquileres imposibles y un planeta en llamas, mientras veía, en tiempo real, lo que los grandes medios llamaban «conflicto de Palestina». Su opinión sobre el apartheid israelí ya era desfavorable años antes del ataque de Hamás de 2023; el genocidio la radicalizó. Como los estudiantes que presionaron contra el apartheid sudafricano en los ochenta, el último movimiento universitario fue un golpe moral que hoy se traduce en un nuevo grupo de políticos exitosos. El apoyo incondicional a Israel dejó de ser un consenso bipartidista y se convirtió en un cuestionamiento que alcanzó al mismo capitalismo como dogma.

Esa generación ya tiene rostros. Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York con el aparato demócrata en contra. Jon Ossoff ganará una banca en el senado en la conservadora Georgia. En Michigan, Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, el doctor que defendió «Salud para todos», resistió una guerra cultural contra su nombre y su religión, y no le tembló la voz para condenar las guerras en Irán y Palestina, se convertirá en el primer senador musulmán. En Texas, donde los demócratas no ganan el Senado desde 1988, James Talarico, exmaestro de 36 años, quien hizo campaña contra los donantes millonarios, con su cristianismo que recuerda más a la teología de la liberación que a los predicadores de la prosperidad, será senador.

Lo nuevo no es que estos políticos de izquierda existan, sino que ahora pueden ganar. Hasta Trump ha sugerido terminar con los 3.800 millones de dólares anuales de ayuda militar a Israel (dinero que vuelve a los fabricantes de armas estadounidenses) es una vieja maniobra, pero indica que hasta el poder más reaccionario empieza a hablar el idioma de la Generación Gaza.

Luego de la derrota, Trump hará lo que hace un buen vendedor: mientras se hunde vende su salvavidas. Como cuando Bolsonaro perdió en Brasil, mentirá que no se involucró. Es la narrativa del empresario, pero también la del religioso: si un rayo cae sobre un templo, es «una prueba divina»; si cae sobre un sindicato, es «un castigo de Dios». La fe nunca se ajusta a los hechos; los hechos se ajustan a la fe.

La primera tentación de los demócratas triunfantes será el impeachment. Probablemente no les convenga. Destituir a un presidente requiere dos tercios del Senado, y un juicio fallido convertiría a Trump en héroe o mártir. Es más probable que, con el control de comités en el Congreso, crezca la presión para desclasificar los archivos Epstein. Si a una revelación grave se sumara la necesidad psicoanalítica de matar al padre en decadencia, el juicio político dejaría de ser impensable hasta para los republicanos.

En el frente externo, el peligro es la distracción. Washington e Israel preparan planes para reanudar los ataques contra Irán, porque cuando un gobierno pierde en casa, la solución está en victorias afuera. La guerra es la forma más antigua de cambiar de tema. También de sostener una economía que crece para unos pocos.

La verdadera batalla de 2028 no será entre demócratas y republicanos, sino dentro del Partido Demócrata. El aparato y sus donantes intentarán lo de siempre con los rebeldes: absorberlos, domesticarlos o financiar a sus rivales en las primarias. Del otro lado, el vicepresidente James Vance (un candidato fabricado por Silicon Valley, con una biografía ficticia) o el secretario Marco Rubio (con su historial de ejecuciones sumarias en el Caribe y de niños muertos en los hospitales de Cuba), tendrán que vender otra versión de Make America Great Again, un dogma que no resiste ninguna rendición de cuentas.

El problema central no es un presidente ni un partido, sino una estructura que concentra la riqueza a un ritmo sin precedentes y la convierte en medios, plataformas, campañas y leyes. La redistribución, demonizada como socialismo, es lo que menos se discute. Algunas elecciones se pueden perder; la obscena acumulación de capital nunca está en duda.

Sin reformas profundas y sostenidas, los años cuarenta verán una intifada social hoy impensable, no porque los pueblos sean violentos, sino porque cuando los poderosos le cierran todas las puertas a las reformas, la justicia social encuentra sus 1789.

Los nuevos demócratas de la Generación Gaza pueden ganar una elección. Lo que no han ganado, todavía, es la oportunidad de cambiar lo que una o dos elecciones nunca cambiarán. Si no lo hacen ellos, lo hará la historia desatada, que es mucho menos amable.

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