La cultura humanista frente al avance de la IA
La inteligencia artificial ya no es una promesa: es una fuerza que redefine cómo se escribe, se piensa y se valida el conocimiento. Entre resistencias, usos contradictorios y reglas en disputa, el humanismo y el periodismo enfrentan un dilema: cómo adaptarse sin perder autoridad en un terreno donde la autoría y la credibilidad están en plena transformación.
La irrupción de la inteligencia artificial no solo introduce nuevas herramientas en el campo del conocimiento: reabre una discusión más profunda sobre quién produce, valida y legitima el saber. En ese cruce, las humanidades —y también el periodismo— enfrentan un desafío: adaptarse a una tecnología que no se limita a asistir procesos, sino que tensiona criterios históricos de autoría, originalidad y credibilidad.
En su artículo «Inteligencia Artificial, humanismo y oscurantismo», Gabriel Levy ofrece una puerta de entrada a ese conflicto. Su planteo, centrado en las resistencias dentro de las humanidades, permite leer en clave más amplia una transformación que también atraviesa al periodismo: la dificultad para redefinir prácticas frente a una tecnología que altera tanto los modos de producción como las reglas de validación del conocimiento.
El argumento de Levy es deliberadamente provocador. Sostiene que sectores de las humanidades reaccionan frente a la inteligencia artificial con una lógica defensiva que, en sus extremos, deriva en formas de prohibición, vigilancia o estigmatización del uso tecnológico. A esa actitud la define como una suerte de «oscurantismo contemporáneo»: no por rechazo al conocimiento, sino por resistencia a una transformación de sus condiciones de producción.
El punto de partida es una paradoja concreta: docentes que recurren a herramientas de inteligencia artificial para detectar textos generados por IA. La escena condensa una tensión más amplia: la crítica a la tecnología convive con su uso instrumental, evidenciando la ausencia de marcos claros para su incorporación.
Levy no desconoce los riesgos. Advierte, con razón, sobre la posibilidad de sustituir el pensamiento propio por producción automatizada, especialmente en el ámbito educativo. Sin embargo, su foco está puesto en lo que considera una sobrerreacción: la tendencia a desplazar el problema desde el uso hacia la herramienta en sí misma.
De ahí surge una distinción clave: no se trata de aceptar o rechazar la inteligencia artificial, sino de diferenciar entre uso y abuso. Esta idea le permite proponer una integración crítica, donde la IA funcione como soporte y no como reemplazo del pensamiento.
La IA como «carpintería del texto»
Uno de los aportes más sugerentes del artículo aparece cuando Levy traslada la discusión al campo de la escritura. Allí introduce una imagen precisa: la inteligencia artificial como «carpintería del texto». Es decir, como una herramienta que permite ajustar, ordenar y potenciar la expresión sin sustituir la autoría.
Esta idea resulta especialmente productiva para el periodismo. En un oficio donde la credibilidad está asociada a la firma, la verificación y la responsabilidad editorial, la incorporación de IA plantea un equilibrio delicado. Delegar completamente la escritura implicaría erosionar la confianza; utilizarla como apoyo técnico puede, en cambio, optimizar procesos sin afectar la integridad del trabajo.
En este sentido, la discusión sobre la inteligencia artificial en las humanidades y el periodismo converge en un mismo punto: la redefinición de la autoría. Ya no se trata de una producción estrictamente individual, pero tampoco de una delegación plena en sistemas automatizados. El resultado es una zona híbrida que aún carece de reglas estables.
Los límites del argumento: una discusión más compleja
La crítica de Levy, sin embargo, presenta zonas discutibles. Su caracterización de las humanidades tiende a generalizar prácticas que responden, en muchos casos, a contextos institucionales específicos. Además, la comparación con disciplinas científicas —donde la inteligencia artificial se integra con mayor fluidez— omite diferencias centrales en los modos de validación del conocimiento.
En las ciencias, los resultados pueden contrastarse empíricamente. En las humanidades y el periodismo, en cambio, el valor reside en la interpretación, el enfoque y la construcción narrativa. Esto no impide la adopción tecnológica, pero sí exige marcos más complejos.
Por otro lado, las resistencias que Levy identifica no se explican únicamente por rechazo cultural. También expresan interrogantes legítimos: cómo definir la autoría en textos asistidos por IA, cómo evitar la homogeneización del discurso o cómo gestionar desigualdades en el acceso a estas herramientas. Reducir estas preocupaciones a «oscurantismo» simplifica un debate que es, en esencia, estructural.
Una transición en curso: redefinir reglas antes que prohibir o aceptar
Más allá de sus tensiones, el texto de Levy pone en evidencia un punto clave: la inteligencia artificial ya forma parte del ecosistema del conocimiento. La discusión, entonces, dejó de ser si debe incorporarse y pasó a ser cómo hacerlo.
En las humanidades, esto implica desplazar el foco desde el control del procedimiento hacia la evaluación del pensamiento. En el periodismo, supone integrar la IA como herramienta de apoyo sin diluir principios básicos como la verificación, la responsabilidad y la transparencia.
El riesgo es caer en respuestas simplificadoras: la prohibición como reflejo defensivo o la adopción acrítica como solución inmediata. En ambos casos, se elude el problema de fondo: la necesidad de redefinir las reglas del juego.
La oportunidad, en cambio, está en construir una integración crítica. Esto supone reconocer que la inteligencia artificial no es solo una innovación técnica, sino un cambio en las condiciones de producción del conocimiento. Y que, frente a ese cambio, tanto las humanidades como el periodismo deben revisar no solo sus herramientas, sino también sus criterios de legitimidad.
Entre la incomodidad y el cambio
Leído en clave más amplia, el planteo de Levy funciona menos como una conclusión que como un disparador. Expone una incomodidad real: la de campos que históricamente definieron los marcos de interpretación y que hoy deben adaptarse a tecnologías que también producen sentido. Más allá de la herramienta, la discusión de fondo gira en torno a quién define los límites de uso, con qué objetivos y bajo qué estándares. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial debe incorporarse —algo que los hechos parecen haber resuelto—, sino cómo hacerlo sin erosionar los criterios que sostienen la producción de conocimiento.
En tal sentido, su mayor aporte radica en empujar una discusión que todavía carece de consensos claros. Entre la reacción defensiva y la adopción acrítica, el debate sigue abierto. En esa tensión —entre resistencia y transformación— se juega algo más que una discusión técnica. Lo que está en disputa es la autoridad del conocimiento en un entorno cada vez más mediado por sistemas automatizados. Y, en ese escenario, ni las humanidades ni el periodismo pueden limitarse a reaccionar: todo parece indicar que están obligados a redefinirse.


Periodismo bajo fuego: negatividad récord y disputa política en la conversación digital
El periodismo no pierde centralidad, pero sí legitimidad. Un artículo de Diego Corbalán, «Los ataques del gobierno hunden al periodismo en la conversación pública», publicado por Monitor Digital, ofrece una radiografía del vínculo actual entre periodismo y opinión pública en la Argentina. A partir del análisis de más de 1,8 millones de menciones en entornos digitales, el estudio identifica un dato contundente: el 92 % del discurso sobre el periodismo tiene una carga negativa que revela un clima de rechazo inédito, donde la crítica ya no apunta solo a prácticas profesionales, sino a su lugar como actor político en una escena cada vez más polarizada.
No se trata solo de un indicador cuantitativo. Lo que el dato sugiere es un cambio cualitativo en la forma en que la sociedad percibe a la prensa. La crítica ya no se limita a errores, sesgos o coberturas puntuales: se desplaza hacia una impugnación más amplia, que pone en cuestión su legitimidad como actor social.
En este contexto, el periodismo aparece cada vez menos como un mediador informativo y cada vez más como un participante activo dentro de la disputa política. Este corrimiento altera las reglas del juego: lo que está en discusión no es únicamente la calidad del trabajo, sino las intenciones, alineamientos y pertenencias de quienes lo ejercen.
El contexto político resulta decisivo para entender esta transformación. La confrontación impulsada por el gobierno de Javier Milei intensificó un clima ya marcado por la desconfianza. En ese escenario, el lenguaje de la crítica se endurece y adopta formas más directas, donde predominan términos asociados a la deslegitimación.
Sin embargo, el estudio introduce un matiz relevante: la negatividad no es un fenómeno reciente. El promedio anual de sentimiento, ubicado en -77 puntos, indica que la desconfianza hacia el periodismo es persistente y antecede al actual ciclo político. Lo que cambia no es tanto su existencia como su intensidad y visibilidad.
Aquí emerge una paradoja central. Lejos de desaparecer o perder relevancia, el periodismo mantiene una alta presencia en la conversación pública. Los periodistas siguen siendo actores centrales en el debate social, pero esa visibilidad convive con un deterioro sostenido de su reputación.
El análisis también muestra un desplazamiento en los términos que estructuran la conversación. Conceptos vinculados al oficio —información, investigación, cobertura— ceden lugar a otros asociados al conflicto político: gobierno, justicia, escándalo. Esta «colonización» redefine el campo periodístico, que aparece cada vez más subsumido en una lógica de confrontación.
Pero hay un problema de base que el propio debate suele pasar por alto: confundir el mundo digital con la totalidad de la esfera pública. Tomar la conversación en redes como termómetro excluyente no solo sobredimensiona la negatividad, sino que corre el eje del análisis hacia los sectores más intensos, ruidosos y politizados.
El riesgo no es menor. Cuando la excepción hiperactiva se vuelve regla interpretativa, el diagnóstico tiende a radicalizarse y, en el mismo movimiento, a distorsionarse. La crisis de legitimidad existe, pero su magnitud y sus formas pueden aparecer amplificadas por un ecosistema que premia la confrontación y penaliza los matices.
Esto no implica desestimar el dato —sería ingenuo hacerlo—, sino discutir su estatuto. Porque si las redes son hoy un espacio central de construcción de reputación, también son un entorno estructuralmente sesgado. Y leerlas sin ese filtro equivale a confundir visibilidad con representatividad.
En resumen, el trabajo de Corbalán no describe solo una crisis de imagen, sino una transformación más profunda. El periodismo sigue siendo relevante, pero su autoridad ya no está garantizada por su función histórica: debe disputarla, día a día, en un terreno donde la credibilidad se construye en medio del ruido, la polarización y la desconfianza.

