Los efectos imprevistos de la innovación: el caso de Spotify

El streaming está cambiando el sonido de la música. Para triunfar en Spotify y otros servicios, las canciones son cada vez más cortas, los álbumes más largos y los artistas colaboran entre géneros. Y muchos oyentes vuelven a los medios anteriores al streaming para disfrutar de la música.

Ilustración: David Pupaza | Unsplash

La idea de los efectos imprevistos es algo que me ha fascinado siempre en innovación: cada vez que el contexto cambia, los distintos actores que actúan en él tienden a reorganizar sus papeles y su forma de actuar para tratar de adaptarse a esos cambios, a menudo dando lugar a nuevos comportamientos que podían ser los esperados, pero también a otros completamente imprevistos.

La llegada del streaming a la música, y el caso de Spotify en particular, es un caso muy interesante en este sentido: lo que se esperaba que fuese simplemente un nuevo canal de distribución sencillo y conveniente que alejase a los usuarios de la tentación de las descargas irregulares está también provocando numerosos cambios en la música en nuestros días, tales como canciones mayoritariamente más cortas y álbumes con mayor número de canciones.

Spotify fue la reacción de la industria de la música ante la generalización progresiva de las descargas irregulares: dado que el principal atractivo de aquel entorno era la inmediatez en la obtención de la música deseada y la posibilidad de obtener canciones individuales en lugar de tener que adquirir todo un álbum, Spotify planteó una interfaz sencilla y agradable en la que un usuario podía encontrar precisamente eso: un grifo infinito en el que encontrar prácticamente cualquier canción, de manera inmediata, y con un modelo freemium que acomodaba tanto a los que querían música gratis, convenientemente sazonada con una publicidad muy molesta, como a los que preferían pagar una tarifa plana y evitarla.

El modelo funcionó sobre todo para las discográficas, accionistas de la compañía y que venían de un momento de cuestionamiento brutal en el que se habían convertido definitivamente en los malos de la película. De hecho, funcionó tan bien, que les permitió mantener o incluso incrementar sus ingresos, a costa de seguir manteniendo a la mayoría de artistas en una situación precaria. El modelo de Spotify da lugar a una distribución intensamente sesgada en favor de unos pocos artistas, los verdaderos beneficiados por sus algoritmos de recomendación. Frente a las cifras de la compañía, que afirman que más de trece mil artistas obtienen al menos 50,000 dólares en royalties anuales, otros datos dicen que tan solo treinta y tres artistas llegan a romper la barreras de los cincuenta millones de oyentes mensuales, lo que da lugar a una «realeza» acomodada a la que es casi imposible acceder, frente a una amplísima base que ve la música reducida a algo casi vocacional, pero difícilmente un modo de vida.

Otros afirman que el modelo de inventario infinito y algoritmo de recomendación es un enfoque utilitarista, pero que no fomenta el amor por la música. Pero lo que sí está claro es que ha cumplido su función: alejar a los consumidores de la tentación de obtener su música mediante descargas irregulares.

Al tiempo, algunas características de Spotify han provocado efectos inesperados: el hecho de que una canción no cuente para los ingresos de un artista hasta que se hayan reproducido treinta segundos está generando que las canciones adelanten ahora sus estribillos y sus partes más atractivas para situarlas al principio, eviten introducciones largas y hagan canciones generalmente más cortas que maximicen el número de escuchas. Del mismo modo, y dado que los fans de un artista suelen escuchar sus nuevos discos enteros las primeras veces, poner en el mercado un disco con un número de canciones mayor supone automáticamente más ingresos y resulta más atractivo.

También tiene lugar un fenómeno mayor de «polinización» cruzada: dado que incluir artistas de otros géneros abre el mercado potencial, es habitual que veamos a algunos artistas poner en el mercado una canción en la que colaboran con un artista que apela a audiencias diferentes: estrellas del pop anglosajón que incluyen colaboraciones con artistas latinos, con raperos o con otros géneros musicales, a menudo después de haber lanzado una versión que carecía de esas colaboraciones.

Todo sistema de gestión genera unos incentivos buscados, que son aquellos que justificaron su desarrollo, pero es susceptible de dar lugar a otros incentivos inesperados, en algunos casos no deseados, que surgen de la interpretación que los participantes hacen a la hora de maximizar sus rendimientos. La cuestión es bien conocida en gestión empresarial, en donde existen numerosos ejemplos, y lógicamente, el mundo de la música no iba a estar al margen. De hecho, ya no lo estaba anteriormente: durante mucho tiempo, la duración de las canciones y el número que había en un disco estuvieron determinadas, simplemente, por las limitaciones de capacidad del soporte.

Ahora, cuando escuches música, ya sabes que algunas de sus características habrán sido determinadas no por la inspiración de quien las compuso o las interpreta, sino por las características del canal por el que llegan hasta ti. Un tipo de efectos que existen en toda innovación, y que siempre debemos intentar tener en cuenta o, como mínimo, detectar lo antes posible por si requieren la introducción de mecanismos de corrección.

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Enrique Dans

Profesor de Innovación en IE Business School desde el año 1990 y bloguero (enriquedans.com). Comparte los contenidos de su blog por medio de una Licencia de Creative Commons https://creativecommons.org/licenses/by/3.0/es/).

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