Las catástrofes que el mundo ve y las que quedan fuera de foco

En junio pasado un devastador terremoto sacudio Venezuela

La gravedad de un desastre no determina por sí sola cuánto del mundo llegará a enterarse. Una investigación internacional revela que terremotos, erupciones e incendios capturan mucha más atención que inundaciones, tormentas, temperaturas extremas y, sobre todo, sequías. El problema adquiere otra dimensión frente al cambio climático: algunos de los fenómenos que más se intensifican son, precisamente, los que menos consiguen entrar en la agenda informativa global.

IDEAS CLAVE
  • La gravedad no garantiza visibilidad internacional. El tipo de desastre condiciona fuertemente la cobertura: los terremotos generan más de diez veces el aumento informativo de una inundación, mientras que las sequías prácticamente no modifican la atención de los medios extranjeros.
  • El sistema informativo privilegia lo súbito y visual. Los acontecimientos repentinos, concentrados en el tiempo y capaces de producir imágenes inmediatas tienen mayores posibilidades de convertirse en noticias globales. Los fenómenos lentos y acumulativos encuentran mayores dificultades para entrar en la agenda.
  • La proximidad también se mide en vínculos. La atención internacional aumenta cuando existen conexiones sociales, culturales e históricas entre el país afectado y el país desde el que se informa. La distancia geográfica no explica por sí sola qué tragedias consiguen mayor visibilidad.
  • La brecha climática plantea un problema para la agenda pública. Inundaciones, tormentas, sequías y temperaturas extremas —fenómenos asociados al cambio climático— reciben menos atención que desastres geofísicos comparables. Así, algunos de los riesgos que más deberían ser comprendidos pueden quedar fuera del foco informativo.

Hay una pregunta incómoda detrás de cada catástrofe: ¿cuánto del mundo se entera de que ocurrió? La respuesta parece, a primera vista, bastante sencilla. Cuanto mayor es el desastre, mayor debería ser su repercusión. Más víctimas, más destrucción, más territorios afectados deberían traducirse en más noticias. Pero una investigación publicada en Nature Human Behaviour muestra que la relación no es tan directa. La gravedad de una catástrofe importa, pero importa también qué tipo de desastre es, cuánto tarda en desarrollarse y hasta qué punto el país afectado está conectado social, cultural e históricamente con quienes producen y consumen las noticias.

El resultado es una radiografía de cómo funciona la atención informativa internacional. Y también una advertencia: aquello que ocupa más espacio en los medios no necesariamente coincide con aquello que representa el mayor riesgo para las sociedades.

Thiemo Fetzer

El estudio, realizado por Thiemo Fetzer, de las universidades de Warwick y Bonn, y Prashant Garg, del Imperial College London, analiza una escala difícil de imaginar: más de 135 millones de artículos publicados entre 2016 y 2023 por 466 fuentes periodísticas de 123 países. Esa información fue cruzada con los registros de 2662 desastres naturales para observar qué ocurría con la cobertura internacional antes y después de cada evento.

La pregunta no era simplemente cuántas noticias generaba una catástrofe, sino cuánto aumentaba la atención extranjera respecto de lo que habitualmente se informaba sobre ese país. De ese modo, los investigadores pudieron aislar el salto informativo asociado al desastre y comparar acontecimientos de distinta naturaleza y magnitud. Lo que aparece es una jerarquía muy marcada.

Prasahnt Garg

Los terremotos ocupan el primer lugar. Les siguen los deslizamientos y avalanchas, las erupciones volcánicas y, algo más atrás, los incendios forestales. Las tormentas, las temperaturas extremas y las inundaciones generan incrementos de cobertura bastante menores. En el extremo opuesto aparecen las sequías: su impacto sobre la atención internacional resulta prácticamente imperceptible. La diferencia no es pequeña. El aumento promedio de cobertura provocado por un terremoto es más de diez veces superior al registrado ante una inundación.

La comparación resulta particularmente significativa porque no se trata necesariamente de desastres más graves. Cuando los investigadores controlan variables como la duración y la cantidad de víctimas, la desigualdad persiste. En condiciones comparables, los fenómenos hidrometeorológicos reciben menos atención internacional que los desastres geofísicos.

Hay algo en la naturaleza misma del acontecimiento que parece adaptarse mejor a los mecanismos tradicionales de producción de noticias. Un terremoto sucede en segundos. Un volcán entra en erupción y ofrece inmediatamente imágenes reconocibles. Un deslizamiento puede destruir una comunidad en cuestión de minutos. Un edificio derrumbado, una carretera partida, una ciudad cubierta de cenizas o una columna de humo permiten condensar visualmente una tragedia.

Una sequía funciona de otra manera. Avanza lentamente, puede prolongarse durante meses o años y sus efectos aparecen distribuidos en el tiempo y el territorio. No existe necesariamente una escena única que sintetice el desastre. Puede matar, desplazar poblaciones, destruir cosechas, deteriorar economías y agravar conflictos sociales sin producir un momento preciso capaz de concentrar la atención mundial. Es, en cierto sentido, una mala noticia para el sistema de noticias.

La lógica no es nueva. Desde hace décadas, los estudios sobre valores-noticia han señalado la importancia de lo inesperado, lo dramático, lo excepcional y lo visual. Lo novedoso de esta investigación es que esa intuición puede observarse ahora a una escala planetaria y sobre una cantidad extraordinaria de información.

También las víctimas importan, aunque de una manera menos lineal de lo que podría suponerse. Los desastres con cien o más muertos generan un aumento de cobertura claramente mayor que aquellos con menos de diez víctimas. Pero entre los eventos de 10 a 19, de 20 a 49 y de 50 a 99 fallecidos las diferencias no alcanzan significación estadística. En otras palabras, no existe una escalera informativa perfectamente proporcional al número de vidas perdidas. Hay, más bien, un umbral.

La catástrofe comienza a adquirir otra dimensión periodística cuando cruza determinada magnitud. Pero incluso entonces la cantidad de muertos no alcanza para explicar completamente quién consigue la atención del mundo.

La investigación incorpora una dimensión menos visible: la relación entre el país donde ocurre el desastre y el país desde el cual se informa. La distancia geográfica es solamente una parte de la historia. También pesan los vínculos sociales, culturales, lingüísticos, históricos y económicos.

Una tragedia grave tiende a recibir mayor cobertura cuando ocurre en un país con el que la sociedad desde la que se informa mantiene conexiones estrechas. Los investigadores analizaron distintas formas de proximidad bilateral —desde fronteras comunes y relaciones comerciales hasta similitudes lingüísticas, culturales y religiosas— y encontraron que dos variables sobresalen particularmente: los lazos sociales y un indicador de proximidad ancestral.

Los autores son cuidadosos al interpretar este último dato. No lo presentan como evidencia de un mecanismo biológico, sino como una aproximación estadística a historias compartidas de migración, lengua, matrimonios y otros procesos sociales. El estudio tampoco permite determinar si esos vínculos facilitan el flujo de información o si expresan preferencias hacia grupos percibidos como próximos. Los investigadores, en este punto, se declaran cautos. Pero el efecto general resulta claro: no todas las vidas parecen tener la misma capacidad de atravesar las fronteras informativas.

El propio ejercicio estadístico utilizado por los autores permite visualizarlo. Desde la perspectiva de los medios alemanes, una tormenta que provoca cien muertos en Bangladesh genera aproximadamente el mismo nivel de atención que otra con unos 43 muertos en Italia o 62 en México. Desde los medios indios, una tormenta con cien muertos en Italia equivale, en términos de cobertura, a una con unos 45 muertos en Bangladesh.

No significa que los periodistas asignen deliberadamente un valor diferente a cada vida. La investigación no analiza las decisiones individuales de las redacciones ni atribuye el fenómeno a una única intención editorial. Lo que muestra es algo más estructural: los mecanismos mediante los cuales una catástrofe consigue convertirse en noticia internacional no son neutrales respecto del tipo de desastre ni del lugar donde ocurre.

Y allí aparece la cuestión climática. El cambio climático está modificando la frecuencia, intensidad y distribución de numerosos fenómenos hidrometeorológicos. Inundaciones, tormentas, sequías y temperaturas extremas forman parte de un escenario en el que los riesgos climáticos adquieren una presencia cada vez mayor. Sin embargo, son justamente esas categorías las que, según el estudio, encuentran mayores dificultades para convertirse en acontecimientos de relevancia internacional.

La paradoja es evidente. El sistema informativo parece estar mejor preparado para contar el desastre cuando ocurre de golpe que cuando se construye lentamente. Tiene facilidad para narrar el instante en que el agua invade una ciudad, pero mayores dificultades para explicar cómo una sucesión de sequías modifica durante años la producción agrícola, provoca desplazamientos, deteriora los ingresos y transforma las condiciones de vida de millones de personas.

El problema no es solamente periodístico. También tiene consecuencias sobre la manera en que las sociedades construyen una imagen del riesgo. Si aquello que vemos con mayor frecuencia es aquello que parece más urgente, una cobertura desigual puede contribuir a producir una percepción desigual de las amenazas. Las catástrofes espectaculares, repentinas y visualmente potentes ocupan el centro de la escena; los procesos lentos, acumulativos y menos fotogénicos quedan relegados.

En el contexto del cambio climático, esa diferencia adquiere una dimensión especialmente relevante. Un riesgo que permanece fuera del foco periodístico puede resultar también menos visible en la conversación pública, incluso cuando sus consecuencias sociales y económicas sean enormes.

La investigación, sin embargo, no autoriza conclusiones más fuertes de las que sus datos permiten. Los autores señalan que sus estimaciones son descriptivas y no causales. El diseño no permite descartar que otros acontecimientos coincidan con las ventanas temporales analizadas. Además, tanto las bases de datos utilizadas como el universo de medios monitoreados tienen limitaciones: existen regiones con menor presencia de prensa digital, lenguas insuficientemente representadas y posibles problemas de subregistro.

También la clasificación de los desastres merece cautela. Determinar hasta qué punto un incendio, por ejemplo, está relacionado con el cambio climático no siempre puede resolverse mediante una categoría general: requiere, en muchos casos, estudios de atribución específicos. Aun con esas limitaciones, el hallazgo central permanece.

La importancia objetiva de una catástrofe y su importancia periodística internacional no avanzan necesariamente en paralelo. Entre ambas se interponen los valores-noticia, la velocidad del acontecimiento, su capacidad de producir imágenes, la duración del fenómeno y las conexiones que vinculan al territorio afectado con quienes están mirando. La noticia, entonces, no es solamente el acontecimiento. Es también el resultado de un sistema de selección.

Y ese sistema puede hacer visible una tragedia y dejar otra en los márgenes. Puede convertir un terremoto ocurrido a miles de kilómetros en un acontecimiento global y dejar que una sequía que afecta durante años a millones de personas se deslice silenciosamente fuera del radar internacional.

En tiempos de cambio climático, quizá uno de los desafíos del periodismo sea precisamente aprender a contar aquello que no ocurre en un instante. Encontrar imágenes, relatos y marcos capaces de hacer visible lo acumulativo, lo lento y lo aparentemente distante. Porque una catástrofe no empieza necesariamente cuando una cámara llega al lugar. Y tampoco deja de ser una catástrofe cuando desaparece de las portadas. El mundo puede estar mirando otra cosa. El desastre, sin embargo, puede continuar.

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