La 1-5/18: Si la ficción no representa la realidad, ¿qué representa?

¿Quiénes escriben sobre las villas? ¿Quiénes representan los papeles de villeres? El Colectivo Identidad Marrón analiza la nueva serie de Polka y clama por una utopía estética donde la ficción sea con todes.

«Es ficción, no una representación de la realidad», dice la prensa y parte del elenco de actores y actrices de La 1-5/18, la nueva apuesta de la productora Polka. Pero si la ficción no representa la realidad, ¿qué representa? ¿Por qué el cine, la televisión y las series audiovisuales de la Argentina del siglo XXI siguen «maquillando» y estereotipando los barrios populares y las personas que viven allí?

Resulta que los tiempos cambiaron, las discusiones que los transfeminismos y las perspectivas interseccionales llevan a la mesa están repletas de demandas de representación y lucha contras los estereotipos opresores que, además de las condiciones materiales, también marcan los trayectos de vida de millones de personas.

Muchos de esos estereotipos de lo bueno, lo bello y exitoso habitan en los medios de comunicación y ficciones. Esas épicas tienen cuerpo, voz, fenotipos, hábitos y algunos privilegios en la vida real. Los estereotipos negativos también tienen un correlato en la vida real, más allá de la ficción.

La Historia la escriben los que ganan

¿Quiénes escriben las series? ¿Por qué es importante? Estas preguntas buscan relacionar la falta de representación con el acceso a derechos. Los transfeminismos y feminismos impulsaron el siguiente ejercicio: cada vez que se observa una foto, se prende la tele o lee una noticia, se procede a contar cuántas mujeres y diversidades están presentes en esas imágenes, cuántas vemos en cargos ejecutivos, legislativos, medios de comunicación, academia y al frente de empresas del sector privado. Cuántas, cómo, dónde aparecemos.

El mismo ejercicio puede replicarse en clave representación en las producciones de TV: ¿cuántos marrones, indígenas, campesinas, villeres y racializados hay en las ficciones? 

Dina Choquetarqui es escritora y parte del colectivo Escritores Villeres, para ella, «los medios de comunicación fueron construyendo una visión de los barrios que influye mucho en las miradas que tienen los guionistas al escribir estas ficciones y, si se agarran de ahí, va a ser muy difícil que los relatos no tengan esa carga romantizada o marginal».

La escritora plantea que no le llama la atención que el nudo de la ficción de La 1-5/18 sea el enfrentamiento entre bandas narco, «porque claramente las villas son los únicos lugares en donde habitan los narcos, según esos relatos. No me sorprendió mucho porque es el discurso que manejan siempre sobre los barrios, lo que me llama la atención es que los protagonistas no son del territorio en el que se desarrolla esta ficción y haya muy poca participación de actores villerxs o racializadxs en un papel protagónico».

Los impactos de la representación

«¿Por qué la utopía se constituye primero en el reino de lo estético?», se preguntaba hace más de treinta años el sociólogo Aníbal Quijano y planteaba que la búsqueda de otra sociedad, de otra historia, de otro sentido no es únicamente una respuesta al sufrimiento material del orden vigente, sino porque genera disgusto e incomodidad. «Por eso, toda utopía de subversión del poder implica, también, una subversión estética», dijo.

El actor y dramaturgo Ángel Gudiño explica que, en el mundo audiovisual, habitan algunos conceptos como el de physique du rôle, que es el rol que el físico de cada uno/a puede representar. Es como decir «das de abogado» o «podrías hacer de bombero». «El estereotipo es lo que se repite sin variación. Son los rasgos esperados en un rol, rasgos estereotipados y estipulados en un sujeto», desarrolla Gudiño.

Por su parte, la artista y docente América Canela plantea que, en este panorama audiovisual, resulta muy importante trabajar las imágenes y los estereotipos desde una educación sexual integral y una perspectiva antirracista, «a veces cuando trabajamos los estereotipos, nos enfocamos en las imágenes y ejemplos de personas que no están nada cercanas ni conectadas con las corporalidades, fenotipos, maneras de vestir y formas de las personas que habitamos las periferias; y resulta difícil trabajar para mostrar otros modelos que permitan salir del estereotipo en el cual siempre estamos encasillados: chorro, pobre y marginal».

Desde este lugar, América plantea que «no hay nuevos arquetipos creados para estas personas de barrios populares, nunca hay un arquetipo que salga de esas normas, que son todas estas connotaciones negativas». La artista señala la importancia de generar nuevas imágenes y arquetipos, o narrar cosas que incluso ya existen, porque, en los barrios populares, «vive gente que está participando en espacios políticos, que es profesional, que está pudiendo acceder a educación pública, gratuita, de calidad y que está accediendo a otro tipo de trabajos, sobre esas personas nos preguntamos, ¿dónde están representadas en las historias de ficción?».

Por su parte, Dina Choquetarqui, relata cómo cambió la representación del propio lugar a través de un camino colectivo. Dina suele utilizar sus propias vivencias «como un disparador de lo que escribo, algunas escenas son literalmente lo que me pasa y otras son cosas que quizá me contó algún amigue. La villa es mi barrio, un lugar como cualquier otro, con gente buena y mala, entiendo que no es el mejor lugar para vivir porque es resultado de una desigualdad histórica. Anteriormente, me lamentaba por vivir en este territorio, pero con la militancia barrial y con una perspectiva más amplia que la que entregan los medios de comunicación (incluso los más progres), entiendo que cada barrio carga con historias de familias que buscaron, en algún momento, un mejor futuro y otras realidades más diversas. Vivir lamentándose no es algo muy sano», concluye.

Fetichismo de la marginalidad

En su último libro, el cineasta y escritor villero, César González, plantea que «hay gente que vive de la pobreza y la desigualdad. No hay justicia sin pobreza, no hay policías y toda la parafernalia que rodea a la seguridad privada sin desigualdad social, pero tampoco literatura, periodismo y cine. Gran parte de la industria cultural encuentra en el mundo de la pobreza una fuente de inspiración y rédito. La pobreza seduce y, en última instancia, suele ser la mejor escenografía para que otros actores proyecten los fantasmas que los asedian cotidianamente».

Consultamos a la escritora Dina Choquetarqui si está de acuerdo con esta mirada y ella plantea que «garpa y, de alguna manera, se mercantiliza, pero también ese fetichismo se puede desplegar en otras áreas como la política, la economía, el arte y la televisión. Más que nada porque es funcional a cierto sector que aún existan las villas, que haya gente precarizada, que haya gente a la que no se le reconoce el laburo. Y que sean solo unos pocos los que narren realidades hace que se piense como verdad esos relatos cargados de estigma y romantización”.

¿Qué hacer?

Ante la pregunta sobre cómo desmontar este tipo de ficciones, les entrevistades responden:

«En la variedad de realidades, hay muchas cosas por contar de las villas que aún no se escribieron o no salieron en la televisión. Valoro mucho que los autores de los relatos que se escriban sobre mi territorio sean personas que hayan vivido y pisado un barrio. Porque me parece fundamental dar visibilidad a los profesionales que salen de acá. Y como el arte y la literatura no tienen límites, me gustaría que se dejen de reproducir esos relatos que ya se han visto y son funcionales a ciertos discursos políticos. Y que les que narramos seamos aquellos que no imaginaron nunca escribir un libro porque nuestros relatos no encajaban con la hegemonía», sostiene Choquetarqui.

En la misma línea, se expresa la artista visual América Canela: «Me parece súper importante que las historias y las experiencias sean contadas por las personas que viven esas situaciones. Sin embargo, cuando las personas que habitamos estos barrios contamos lo que nos sucede, muchas veces se espera que lo hagamos desde una lugar de la épica, de negro villero resentido y enojado, o como la víctima: el pobre villero. ¿Por qué no podemos estar desde otro lugar?». Finalmente, América señala que le gustaría que las ficciones representen la diversidad de universos culturales, familiares y comunitarios que habitan las villas, así como las infinitas historias que ya están sucediendo.

«Con decisiones estéticas y de producción, estas desigualdades pueden revertirse. En otro países, por ejemplo, en la serie Modern Love, vemos cuerpos diversos; nosotros, en Argentina, no podemos decir que no somos diversos. Me parece que, por un lado, lo que tienen que ver los productores y guionistas es que abrir las perspectivas de creación va a hacer que aparezcan nuevos actores y actrices talentosísimos que seguro no conocen y productos bellísimos para que el público disfrute. Al mismo tiempo, pienso que los actores y actrices marrones tienen que crear contenido contando historias, protagonizando o escribiendo», plantea Gudiño.

La ficción también es con todes

El racismo y la falta de representación de diversidad étnica, cultural, socioeconómica en las ficciones invisibiliza y naturaliza las brechas de la desigualdad, y así deslegitima actores clave de la transformación artística y estética que acompaña los procesos políticos de los que somos protagonistas.

Los procesos de liberación comienzan como sueños y luego se contagian a través de narrativas, relatos y ficciones. Hasta hoy, los enunciadores son, en su mayoría, hombres blancos de clase media. Es hora de escuchar también las voces de identidades indígenas y racializadas que también construyen y sueñan esta tierra.

Como plantean las personas consultadas, es necesario proponer imágenes, textos y palabras para la construcción de esta utopía que guíe las prácticas de transformación, de lo estético a lo político. La películas y textos del cineasta César González, la producción de Ioshua (1957-2015), Orilleres, Compañía 7 Colores Diversidad, Fantasía marrón, Escritores villeres o Cine marrón, entre otros tantos espacios de producción y creación, son la evidencia de que hay una agenda de creadores activos, buscando enfoques, narrando historias, protagonizando las batallas cotidianas en barrios populares.

La próxima serie de una gran productora podrá hablar de esa historia: de la piba de la villa que quería ser escritora de guiones de ficción y todas las peripecias que se encuentra en el camino (donde probablemente habrá un hombre blanco que la «ayude» con su sueño), o bien podría contratar una guionista villera que cuente la historia que desee.

Quizás sea hora de que la realidad y también la ficción nacional pueda ser escrita y protagonizada por todas las identidades, y que todes sea más que un slogan de campaña.

* Melisa Yaleva, integrante del Colectivo Identidad Marrón, para Revista Plaza / Imagen de portada: fotograma La 1-5/18.


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