Inteligencia artificial y trabajo: Cuando el beneficio es para los poderosos
Las tecnologías de automatización están lejos de ser una panacea si la regulación queda en manos de las empresas. Desde empleados que entrenan a sistemas que luego los reemplazan a tareas de etiquetado en condiciones precarias, la IA puede profundizar la desigualdad. Un informe de la Asociación Gremial de Computación analiza este fenómeno a partir de casos en la Argentina.
La Asociación Gremial de Computación (AGC) presentó un informe denominado Trabajo decente y desarrollo sostenible en la era de la inteligencia artificial, con el que buscan examinar el impacto de estos sistemas en el mundo del trabajo. Allí se plantea que «los empleos que genera la industria de la IA, en muchos casos, son precarios, invisibles y psicológicamente desgastantes» y que «el modelo de negocio se basa en una doble explotación: precarización laboral detrás del telón y sustitución del trabajo delante de él».
El análisis es producto de un trabajo conjunto entre el Laboratorio de Innovación y Tecnologías Aplicadas (Litat) y el Observatorio del Trabajo Informático (OTI), ambos creados por la AGC, y en el que abarcan el impacto de la IA «en dos grandes dimensiones, que definen tanto la naturaleza del empleo como los conflictos que enfrentamos».
Las dos dimensiones a las que refiere el informe son descriptas como «detrás del telón», en la que se analiza el impacto de la IA en la producción de tecnología, específicamente en el sector del software y servicios informáticos; y por otro lado, «delante del telón», en referencia a las consecuencias de los sistemas de IA en el mundo laboral en general, en las tareas y puestos de trabajo una vez que la tecnología de automatización es implementada.
El análisis toma como punto de partida el marco teórico de la socióloga argentina Milagros Miceli —que forma parte del Consejo Asesor del OTI—, que busca desmontar el mito de la automatización total de la IA, ya que, en la mayoría de los casos, se trata de sistemas que no eliminan el trabajo humano sino que lo ocultan y precarizan, externalizando las tareas más arduas y difíciles en los países de menores costos bajo una lógica de colonialismo de datos.
«El trabajo de Miceli pone el foco en exponer que los modelos de IA no son solo el fruto del trabajo de ingenieros en Silicon Valley o en China, sino que para llevar adelante esos sistemas hay un trabajo humano de millones de personas y, en particular, de cientos de trabajadores etiquetadores, de control de calidad, en países de África y América Latina”, le dijo a TSS Esteban Sargiotto, director del OTI.
El caso de la empresa argentina Arbusta es expuesto en el informe como ejemplo de estos trabajos «invisibles» detrás del funcionamiento de los grandes modelos de lenguaje (LLM, en inglés), aunque sobran los ejemplos en otras partes del mundo de organizaciones en las que sus empleados realizan trabajos como etiquetar imágenes, clasificar textos, moderar contenido y entrenar a los chatbots. Según el informe, la empresa, pese a haber quintuplicado su facturación, redujo su dotación de 250 a 89 empleados, es denunciada por sus trabajadores por los bajos salarios, la falta de pago de horas extra y presiones para obtener la renuncia de trabajadores sin pagar indemnización.
«Arbusta recibe exenciones tributarias del Estado nacional —por los beneficios de la Ley de Economía del Conocimiento, que reduce el 70 % del pago en contribuciones patronales, entre otras ventajas— pero incumple la ley porque despide gente. Este es un ejemplo del lado B de la IA, la cara que está escondida, con empleados mal pagos, alta rotación y tareas repetitivas, que pueden ser expuestos a ver un video de una violación o una tortura para entrenar a un software para discriminar contenido que puede ser perjudicial», explicó Sargiotto. Recientemente, se conoció el caso de empleados de una empresa en Kenia contratados por Meta que debieron mirar videos íntimos de usuarios que utilizaban smartglasses (lentes inteligentes).
La IA del otro lado del telón
La segunda perspectiva sobre el impacto de la IA que ofrece el informe del observatorio de la AGC tiene que ver con lo que sucede en el mundo laboral cuando son implementados estos sistemas de automatización, que de la mano de grandes ventajas en productividad también pueden tener consecuencias como la paradoja de que quienes desarrollan la tecnología también pueden ser sustituidos por ella. Es decir, extraer conocimiento del trabajo de una persona para luego automatizarlo y prescindir de su tarea.
El ejemplo citado por el análisis del OTI es el del área de UX (experiencia de usuario) de Mercado Libre, que tras entrenar a sus sistemas despidió a 119 empleados a nivel regional (32 en la Argentina). «El caso de Mercado Libre es un ejemplo crudo y reciente de este fenómeno. La empresa implementó una práctica de despidos posentrenamiento y, gracias al conocimiento incorporado y una vez que el sistema alcanzó un nivel de precisión aceptable, despidió a los trabajadores declarándolos redundantes», dijo Sargiotto.
«Están incumpliendo la Ley de Economía del Conocimiento porque están echando gente y, además, estamos hablando de una ley que tenía sentido en 2004, cuando se quería impulsar a la industria del software, pero que hoy pasó a ser un régimen de concentración que debería ser reformulado, un lobby de ciertas empresas para imponer condiciones, incluso algunas radicadas fuera del pais, y donde las pyme ni siquiera logran participar», agregó Sargiotto. Más allá del reciente caso de Mercado Libre, desde la AGC denunciaron el año pasado a más de cien empresas por incumplir la ley de Economía del Conocimiento tras haber despedido trabajadores.
El informe del OTI plantea que si estas tecnologías permiten mejorar la productividad, deberíamos preguntarnos qué pasa con ese excedente, quién se lo apropia. Y propone «que el Estado intervenga para regular los impactos laborales de la IA, promoviendo la capacitación y redistribución de las ganancias de productividad, en lugar de subsidiar la precarización».
Todo esto ocurre, además, en el marco de la reciente aprobación de la reforma laboral, que restringe derechos a los trabajadores con la excusa de la necesidad de modernizar las relaciones laborales. «Hay un uso engañoso de la palabra modernización porque en el texto de la ley no se habla de inteligencia artificial ni de algoritmos —dijo Sargiotto—, es un proyecto escrito por un sector muy minoritario de algunas cámaras empresarias y ciertos estudios jurídicos. Nosotros promovemos la discusión de la relación laboral y que se hable sobre el impacto de la IA, sobre gestión algorítmica, sobre plataformas, sobre teletrabajo, a menos que por modernización entendamos otras cosa, porque no se regula eso. Cuando el Estado no interviene, son las empresas como Open IA o Meta las que regulan».

Bruno Massare
Director de la Agencia de Noticias Tecnología Sur-Sur (TSS) de la Universidad Nacional de San Martín, fuente de esta nota. Docente en la Universidad Nacional de Moreno y presidente de la Red Argentina de Periodismo Científico
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