Hebe ya no está físicamente, no dejemos apagar su faro

Este domingo falleció la histórica titular de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, a los 93 años. Polémica, disruptiva y heroica, su muerte generó desazón entre todos aquellos que la hubiéramos querido eterna. Y también la exacerbación de los odiadores seriales en las redes sociales.

Foto: Daniel Vides

La muerte de Hebe confirmó hasta qué punto se ha naturalizado la violencia y el desprecio de la vida humana en nuestra sociedad, propiciada por aquellos que hacen de la violencia de la injusticia su negocio. La Argentina tiene una larga historia de desprecio por los valores democráticos y por la vida ajena cuyo epicentro han sido siempre las clases propietarias que, con su natural disposición colonial, pretenden presentar bajo el adjetivo menos incriminatorio de «cosmopolita». La nueva oleada de publicistas del apocalipsis es ordinaria y vulgar e intenta legitimarse por su pretendida inscripción dentro de un pensamiento libertario despojado de su matriz original asociada al anarquismo y que sólo encubre al liberalismo más brutal: el da la explotación de los obreros ingleses durante la revolución industrial, el de La Forestal o de los exterminios masivos en el África y el Asia.

Tal vez a causa de errores del campo popular, de la falta de determinación para sostener la aquella «batalla cultural» que se abandonó de improviso o de los desaciertos actuales para intentar torcer el curso del proceso histórico diseñando políticas capaces de fertilizar la «tierra arrasada» legada por el macrismo o de la incapacidad para definir un proyecto nacional y popular actualizado que asignara sentido al esfuerzo social que inevitablemente debía requerirse, la política fue perdiendo su potencial transformador y entró en un ciclo oscuro, decepcionante. La falta de contención para los más débiles y los no tanto fue el caldo de cultivo para que manipuladores seriales y publicistas del infierno consiguieran imponer la agresión como pauta de comportamiento en las relaciones sociales. El negacionismo, la discriminación y la injuria se convirtieron así en la agenda cotidiana de los multimedia argentinos.

A Hebe de Bonafini le criticaron sus formas, intentaron caricaturizarla como tan bien saben hacerlo con todo aquello que se opone a sus planes, ya que su contenido resultaba invulnerable. Con sus contradicciones y exabruptos, Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo fueron el núcleo fundamental de la lucha contra la dictadura cívico-militar y las principales responsables de que los juicios contra las juntas tuvieran lugar, una realidad que pretendió ser invisibilizada recientemente en la película 1985, que apuesta a reivindicar la actuación de la Justicia y de un controvertido sujeto, como el Fiscal Strassera, de macabro desempeño en los años de plomo.

La realidad histórica es muy otra. Una madre de Ensenada, como tantas otras, se vio lanzada por la adversidad a la arena pública en medio del apocalipsis del terrorismo de Estado; Hebe y las Madres fueron la luz de la esperanza de la vida y los DD. HH. en la Argentina. Y así se convirtieron en las heroínas y las mártires de una lucha que no buscaron, pero a la que se vieron arrastradas.

Con el retorno de la institucionalidad democrática su tarea se redobló. En la exigencia de juicio a las juntas, en su oposición a las políticas de ajuste y saqueo del menemismo, en la protección de quienes fueron reprimidos en las sangrientas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2021, en su oposición al macrismo o su marcada de cancha a George Soros. Y, por qué no decirlo, en sus llamados de atención a Alberto Fernández. Cada vez que la sociedad argentina amenazaba con naufragar, allí aparecía el faro de Hebe para señalar el horizonte que conducía a puerto seguro.

Disponiendo de todas las razones posibles para alimentar el odio, Hebe de Bonafini eligió el amor. ¿Molestaban sus formas de intervención pública? Había convivido con la muerte, sufrido la pérdida de seres queridos, de sus compañeras fundadoras en la lucha por la vida de todos los argentinos. Eso la había curtido y sabía —como Perón— que al pueblo hay que hablarle en el lenguaje que comprende. Pero esta Hebe ruda y combativa ante el adversario era la contracara de una mujer tierna, tal vez demasiado generosa con la naturaleza humana, que destilaba su amor, aunque eso la llevara en ocasiones a desengaños y complicaciones innecesarias.

Tal vez sin proponérselo, fue la madre de todos los argentinos que elegimos la vida y el compromiso con la democracia y la inclusión social. Florecieron mil flores a su alrededor que no compensaron su pérdida original, pero le confirmaron a cada paso el mérito de sus esfuerzos. Por eso eligió la compasión al momento de anoticiarse de la muerte del dictador Videla en el inodoro de su celda. Su actitud tolerante deja aún más en evidencia a los odiadores sociales.

Hebe y nuestras madres no son sólo un colectivo argentino: son un patrimonio inédito de la humanidad. No fue casualidad su reconocimiento a lo largo del planeta. Ni antes ni después hubo gesta similar de unas mujeres desesperadas que se opusieron a un terrorismo de Estado genocida y brutal cuyas únicas armas fueron sus cuerpos desnudos y su determinación inquebrantable.

Madre tácita de miles de argentinos, Hebe de Bonafini comprendió que la lucha no terminaba con el fin de la dictadura. Que los años de plomo eran parte de un plan sistemático de saqueo y concentración de la riqueza y exclusión social. Por esa razón se ocupó del déficit de vivienda, de los ingresos de los más rezagados y de la educación a través de la creación de un Instituto Universitario que no llegó a ver convertido en Universidad, pero que le brinda a la política la posibilidad de concretarlo como un simple acto de justicia reivindicatorio.   

Podríamos hablar horas sobre Hebe, su gesta y su significado como referente social. Me limitaré a exponer, entre tanto odio esparcido, las consideraciones de otras dos mujeres que también forman parte de nuestro patrimonio más valioso. Estela de Carlotto, quien reconoció con hidalguía que «personas así llenan la historia», tras reconocer que «tuvimos diferencias, pero era una gran luchadora, es un día muy triste para todo el país».

La otra referencia es para Cristina Fernández, quien manifestó su dolor llamando la atención sobre la fecha de su deceso físico: «Dios te llamó en el Dia de la Soberanía Nacional… No debe ser casualidad».

Este domingo falleció una heroína de la lucha por el retorno de la democracia y la vigencia de los derechos humanos hasta el presente. En muchos aspectos fue nuestro faro, nuestra guía. Aquella referencia cuándo dudábamos sobre el camino a seguir.

Ahora nos queda el compromiso de continuar con su obra. No será fácil, pero es una tarea que deberemos esforzarnos en cumplir para honrar su memoria y su lucha, y garantizarle la eternidad que merece en el alma de nuestro pueblo.

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Alberto Lettieri

Historiador, analista político y ensayista. Es doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (2001), investigador independiente del Conicet y profesor titular en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado numerosos trabajos en publicaciones nacionales, de México, España y Chile y varios libros: Vicente Fidel López: la construcción histórica de un liberalismo conservador, La república de la opinión, Industrialización y desarrollo, Seis lecciones de política y La civilización en debate, entre otros.

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