Entre la vulgaridad y la construcción del enemigo: el lenguaje político en tiempos polarizados
La vulgaridad como cálculo de poder, la construcción sistemática del enemigo interno y el contraste entre dos escenas institucionales recientes delinean un mismo fenómeno: la transformación del discurso político en herramienta de disciplinamiento y confrontación permanente. Tres artículos de La Política Online, Y ahora qué y Letra P permiten leer el momento argentino desde esa clave.
En la Argentina actual, el lenguaje político dejó de ser apenas un vehículo para comunicar decisiones: se convirtió en territorio de disputa y herramienta de poder. La forma de decir estructura la escena pública, delimita quién puede hablar y bajo qué condiciones, y define quién queda expulsado del campo de legitimidad.
Las notas de Pablo Tigani en La Politica Online y de Fernanda Ruiz en Y ahora qué abordan este fenómeno desde perspectivas convergentes. El telón de fondo lo aporta el contraste institucional reconstruido por Juan Runinacci en Letra P entre las aperturas legislativas de nación y provincia de Buenos Aires.
La vulgaridad como disciplinamiento
En su artículo, Tigani va más allá de la caracterización moral del estilo de Javier Milei. No se trata —sostiene— de un exabrupto ni de una mera desprolijidad expresiva. La vulgaridad y el insulto funcionan como estrategia racional. En esa línea, el texto introduce una dimensión más profunda: el discurso como mecanismo de disciplinamiento social.
Apoyado en categorías del análisis crítico del discurso —entre ellas las desarrolladas por Teun A. van Dijk—, Tigani sugiere que el lenguaje no sólo describe la realidad, sino que la organiza jerárquicamente. Cuando el Presidente descalifica, ridiculiza o reduce al adversario a una caricatura, no sólo busca impacto mediático: delimita simbólicamente quién pertenece al «nosotros» legítimo y quién queda fuera.
El artículo lo formula en términos claros: «La vulgaridad no es un accidente del temperamento presidencial, sino un instrumento que ordena el campo político y disciplina a quienes osan cuestionar el rumbo». En ese esquema, el insulto deja de ser un exceso y se convierte en señal pedagógica: advierte sobre el costo simbólico de la disidencia.
Así, el discurso agresivo cumple una doble función: moviliza afectivamente a la base propia y, al mismo tiempo, construye un clima donde el adversario aparece moralmente descalificado antes de que pueda argumentar. La degradación del lenguaje no empobrece la estrategia: la vuelve más eficaz en términos de polarización.
La producción del enemigo
La pieza de Fernanda Ruiz profundiza esa lógica desde el ecosistema digital libertario. Allí, explica, la construcción del «enemigo interno» no es espontánea ni episódica: responde a una narrativa sistemática que reduce a amplios sectores sociales a una categoría homogénea y amenazante.
Ruiz describe cómo cuentas coordinadas y amplificadas en redes producen contenidos que mezclan ironía, agresión y simplificación extrema. El resultado es una identidad política cohesionada alrededor del rechazo compartido. La nota sintetiza esa dinámica con una frase contundente: «No necesitan discutir políticas públicas si logran instalar que el otro es, en sí mismo, el problema».
El procedimiento es claro: deshumanización, caricaturización y repetición. El adversario no es alguien con quien disputar un programa, sino un obstáculo moral a erradicar. En ese punto, el análisis dialoga implícitamente con la perspectiva de van Dijk: el discurso no sólo comunica ideología, la reproduce y la naturaliza.
La fabricación del enemigo no opera únicamente en el plano simbólico. Produce efectos políticos concretos: legitima la confrontación permanente y justifica la ruptura de consensos básicos de convivencia democrática.
Dos escenas, dos estilos
El contraste que reconstruye Letra P entre la apertura de sesiones en el Congreso nacional y la de la Legislatura bonaerense aporta una escena ilustrativa.
El 1 de marzo, Milei convirtió el recinto en un escenario de confrontación directa, con gestos desafiantes y un tono beligerante. El 2 de marzo, el gobernador Axel Kicillof optó por un registro más institucional, centrado en la argumentación y la exposición programática.
La comparación no es meramente estilística. Si el discurso puede funcionar como disciplinamiento y como fábrica de enemigos, también puede reafirmar reglas de deliberación. Las formas no son accesorias: moldean la calidad del vínculo democrático.
Leídas en conjunto, las tres piezas configuran un mismo mapa interpretativo. La vulgaridad estratégica y la producción del enemigo interno no son fenómenos aislados ni meramente retóricos: constituyen engranajes de una modalidad de ejercicio del poder que necesita del antagonismo constante para consolidarse.
Frente a ello, el contraste institucional sugiere que el modo de hablar es, también, un modo de gobernar. En tiempos de polarización intensa, el lenguaje deja de ser sólo expresión y se convierte en arquitectura del conflicto.
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional.
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