Comunicar el poder: retórica, disciplina y espectáculo en la nueva derecha
Discursos que desbordan, medios públicos bajo presión, obscenidad como estrategia y debates sobre la infancia en redes: cuatro artículos recientes permiten leer cómo la nueva derecha global convierte la comunicación en territorio central de disputa política. Desde Europa hasta América, la batalla no es solo por el poder, sino por el sentido.
El hilo conductor de estos textos no es únicamente ideológico, sino comunicacional. En cada caso —sea en la crítica a los medios públicos europeos, en el discurso de Milei en Davos, en la obscenidad política asociada a Trump o en la discusión sobre menores y redes sociales— aparece la misma pregunta de fondo: ¿cómo se construye autoridad hoy? ¿A través de qué lenguajes, qué gestos y qué dispositivos? Lo que está en juego no es solo qué se dice, sino cómo se instala un clima cultural que naturaliza ciertas formas de poder.
Medios públicos bajo asedio
En una nota publicada por elDiario.es se analiza cómo sectores de ultraderecha europea buscan disciplinar o desfinanciar a los medios públicos cuando estos cuestionan sus valores o agendas. El artículo describe un patrón que se repite: acusaciones de parcialidad, campañas de descrédito y presión presupuestaria como herramientas para moldear la esfera informativa.
La disputa no es meramente administrativa. Se trata de redefinir el rol de lo público en la comunicación: si debe funcionar como espacio plural y crítico o como engranaje funcional al gobierno de turno. El señalamiento permanente a periodistas y a líneas editoriales opera como mecanismo de intimidación simbólica. La estrategia no siempre es cerrar, sino domesticar. Y el efecto es claro: instalar la sospecha como forma de erosión institucional.
Milei en Davos: la retórica como frontera
En 4Palabras, el análisis de Manuel Barrientos sobre la intervención de Javier Milei en el Foro Económico Mundial propone una clave interpretativa provocadora: «Si no se entiende, es mejor». La tesis apunta a que la densidad conceptual, el tono confrontativo y la acumulación de referencias funcionan como marca identitaria más que como búsqueda de consenso.
El discurso no aspira necesariamente a persuadir a todos, sino a reforzar pertenencia. La incomprensión parcial puede transformarse en signo de superioridad intelectual o moral frente al «enemigo». En esa lógica, el mensaje no se mide por claridad sino por capacidad de polarización. La escena de Davos se convierte así en escenografía global para consolidar un relato interno.
Trump: obscenidad y construcción de poder
En Pressenza, un artículo de Claudia Aranda sobre Donald Trump aborda la relación entre racismo, provocación y obscenidad discursiva como herramientas políticas. La tesis central sostiene que la transgresión constante no es un exceso accidental, sino una estrategia de comunicación que desplaza el umbral de lo aceptable.
Cada declaración polémica amplía el margen de lo decible y obliga a los adversarios a reaccionar en el terreno impuesto. La saturación de escándalos funciona como cortina de humo permanente y como fidelización emocional de una base que interpreta la incorrección como autenticidad. Más que convencer, el método apunta a ocupar el centro de la escena sin pausa.
Infancia, redes y la ilusión del control
En Público, Toni Mejías reflexiona sobre la idea de prohibir el acceso de menores a redes sociales. Mejías cuestiona la eficacia de la medida y advierte que el problema excede la regulación técnica. El debate —sostiene— no es solo jurídico ni educativo, sino estructural: las plataformas están diseñadas bajo lógicas de captación de atención que afectan a toda la sociedad.
Prohibir puede ofrecer una sensación de acción política inmediata, pero no resuelve el núcleo del modelo comunicacional basado en la monetización de datos y emociones. La discusión, en el fondo, interpela a adultos y a sistemas regulatorios antes que a los propios menores.
Un mismo escenario
Aunque los temas parezcan diversos, los cuatro textos se relacionan en un punto decisivo: la comunicación dejó de ser herramienta auxiliar del poder para convertirse en su arquitectura principal. Disciplinar medios, polarizar discursos, desplazar límites simbólicos o debatir el acceso a plataformas digitales son formas distintas de intervenir en el mismo territorio: el espacio donde se produce sentido común.
En ese terreno se juega hoy la política. Y entender esas estrategias —aquí o en cualquier otro país— es también una forma de leer nuestro propio presente.
QUIZÁS TE PUEDE INTERESAR

La agenda que viene del ruido
POR ESFERA REDACCIÓN | Dos textos recientes, publicados en Página/12 y revista Acción, proponen una lectura complementaria sobre un rasgo decisivo de la política contemporánea: la capacidad de gobernar no solo mediante decisiones, sino por el control de la agenda, la atención y el clima emocional. Entre la imposición discursiva y la saturación informativa, ambos artículos invitan a pensar cómo el ruido se transforma en una forma específica de poder.

La política de la desconexión: gobernar fragmentando la conciencia pública
POR ESFERA REDACCIÓN | Este texto retoma y sintetiza una extensa reflexión del pedagogo y ensayista crítico Henry A. Giroux, publicada en Counterpunch, que ofrece una clave potente para leer una época atravesada por la distracción permanente, el shock mediático y la fragmentación de la conciencia pública. Giroux analiza cómo esa dinámica funciona como una política activa de despolitización y normalización del autoritarismo, un marco conceptual que permite pensar no solo el trumpismo, sino también otras experiencias contemporáneas de gobierno basadas en la desconexión social, incluida la Argentina de Javier Milei.

