La agenda que viene del ruido
Dos textos recientes, publicados en Página/12 y revista Acción, proponen una lectura complementaria sobre un rasgo decisivo de la política contemporánea: la capacidad de gobernar no solo mediante decisiones, sino por el control de la agenda, la atención y el clima emocional. Entre la imposición discursiva y la saturación informativa, ambos artículos invitan a pensar cómo el ruido se transforma en una forma específica de poder.
En el ecosistema comunicacional actual, la política parece haber desplazado su centro de gravedad. Ya no se organiza exclusivamente en torno a programas, diagnósticos o debates racionales, sino alrededor de la capacidad de producir impacto, ocupar la escena y definir los marcos dentro de los cuales se interpreta la realidad. En esta clave pueden leerse dos artículos recientes —uno de Luis Alberto Quevedo en Página/12 y otro de Jorge Vilas en revista Acción— que, desde registros distintos, convergen en una misma preocupación: la disputa por el sentido público en tiempos de saturación, velocidad y fragmentación.
Ambos textos parten de una mirada compartida. El espacio público contemporáneo ya no funciona como un ámbito de intercambio ordenado de argumentos, sino como un territorio atravesado por estímulos constantes, conflictos performativos y narrativas en competencia. En ese contexto, la política que logra imponerse no es necesariamente la más consistente, sino la que mejor administra la atención, la emocionalidad y el ruido.
La agenda como construcción y como gesto
En su artículo Milei y el arte de imponer la agenda, Quevedo se detiene en la capacidad de Javier Milei para imponer agenda, entendida no solo como selección de temas relevantes, sino como una práctica sistemática de ocupación del centro simbólico del debate público. La agenda, sugiere el autor, no se limita a aquello que se discute, sino al modo en que se lo discute y al clima emocional que acompaña esa discusión.
Desde esta perspectiva, la política aparece cada vez menos ligada a la persuasión y más cercana a la provocación. Declaraciones, gestos y conflictos funcionan como dispositivos que obligan al resto del sistema —medios, oposición, actores sociales— a reaccionar. La iniciativa ya no reside en proponer, sino en forzar respuestas. Así, imponer agenda se vuelve una técnica de poder que opera en el plano simbólico antes que en el institucional.
El ruido como condición estructural
El texto de Vilas en amplía el foco y sitúa ese fenómeno en un marco más general. En El ruido que gobierna, el autor reflexiona sobre un entorno comunicacional dominado por la sobreabundancia de información, la desinformación y la erosión de referencias compartidas. El ruido no aparece aquí como una distorsión ocasional, sino como una condición estructural del presente.
Vilas advierte que este ruido permanente no debilita necesariamente al poder político. Por el contrario, puede fortalecerlo. En un escenario donde todo compite por atención, la verdad pierde centralidad frente al impacto, y la deliberación cede terreno ante la reacción inmediata. La confusión, la saturación y la aceleración crean un clima propicio para liderazgos que no necesitan convencer, sino ocupar espacio y generar adhesión emocional.
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Leídos en conjunto, los textos de Quevedo y Vilas dialogan más allá de sus diferencias de enfoque. Uno observa el cómo: la imposición cotidiana de agenda desde el poder político. El otro ilumina el dónde: un ecosistema comunicacional que convierte el ruido en norma y en herramienta. Desde distintas perspectivas, ambos coinciden en que la disputa central ya no pasa solo por las políticas públicas, sino por la capacidad de definir qué se discute, cómo se discute y bajo qué emociones.
Esta convergencia no solo ofrece claves para entender el presente argentino, sino que plantea una pregunta de fondo sobre la democracia contemporánea: ¿cómo reconstruir sentido común, debate informado y deliberación colectiva en un espacio público colonizado por el impacto, la velocidad y el ruido?
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