Cuando la desigualdad manda: dos informes distintos, un mismo diagnóstico
Entre fines de 2025 y comienzos de 2026 se publicaron dos informes clave sobre pobreza y desigualdad en el mundo. Con enfoques distintos —uno más político y urgente, otro más estructural y de largo plazo—, ambos coinciden en un diagnóstico inquietante: la concentración extrema de la riqueza no solo profundiza las brechas económicas, sino que erosiona la democracia, condiciona las políticas públicas y limita las posibilidades reales de reducir la pobreza.
Entre noviembre y la fecha vieron la luz dos documentos que, leídos en conjunto, funcionan como un espejo incómodo del orden global. Por un lado, Oxfam presentó Contra el imperio de los más ricos, un informe centrado en el poder político, económico y comunicacional de los milmillonarios. Por otro, el Laboratorio Mundial de Desigualdad publicó el Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026, una radiografía exhaustiva y multidimensional de las brechas de ingresos, riqueza, género, clima y poder.
Arriba todo crece, abajo casi nada cambia
Ambos trabajos parten de tradiciones analíticas diferentes. Oxfam privilegia un tono de denuncia y advertencia, con foco en las consecuencias políticas inmediatas de la desigualdad extrema. El Informe Mundial sobre la Desigualdad, en cambio, adopta una mirada más académica y de largo aliento, apoyada en series históricas y comparaciones globales. Sin embargo, las conclusiones convergen: la desigualdad no es un daño colateral del crecimiento, sino un rasgo estructural del sistema económico y político actual.
Una riqueza que crece, una pobreza que no cede
El informe de Oxfam pone cifras concretas a una tendencia conocida, pero cada vez más desproporcionada. En 2025, la riqueza conjunta de los milmillonarios creció más de un 16 % y alcanzó un máximo histórico de 18,3 billones de dólares. Desde 2020, ese incremento fue del 81 %. En paralelo, una de cada cuatro personas en el mundo no tiene lo suficiente para comer y casi la mitad de la población global vive en situación de pobreza.
El dinero también vota
El Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026 confirma que esta brecha no es coyuntural. El 10 % más rico del planeta concentra cerca del 75 % de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre posee apenas el 2 %. En la cúspide, el 0,001 % más rico —unas sesenta mil personas— controla tres veces más riqueza que todo el 50 % más pobre de la humanidad. Aunque los ingresos promedio hayan crecido en las últimas décadas, las ganancias se concentraron de manera sistemática en los estratos más altos.
Desigualdad económica, desigualdad política
Uno de los aportes distintivos del informe de Oxfam es su énfasis en la dimensión política de la desigualdad. Según sus datos, los milmillonarios tienen cuatro mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que una persona común. En muchos países, una parte significativa de la ciudadanía percibe que las elecciones pueden ser «compradas» por las élites económicas.
El Informe Mundial sobre la Desigualdad dialoga con esta idea desde otro ángulo. Advierte que la concentración de ingresos y riqueza está transformando las democracias, fragmentando las coaliciones sociales tradicionales y debilitando el apoyo a las políticas redistributivas. En los países con mayor desigualdad, el riesgo de retrocesos democráticos —erosión del Estado de derecho, pérdida de libertades civiles, deslegitimación electoral— es sensiblemente mayor.
Para Oxfam, el caso de Estados Unidos durante la administración de Donald Trump funciona como una señal de alerta, pero no como una excepción. La captura de decisiones públicas por parte de los más ricos, la reducción de impuestos a las grandes fortunas y el debilitamiento de la cooperación fiscal internacional forman parte de una dinámica global que atraviesa regiones y regímenes políticos.
La desigualdad no es solo ingresos
El Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026 amplía el foco y muestra cómo distintas formas de desigualdad se superponen y se refuerzan. El acceso a la educación, por ejemplo, sigue marcado por brechas extremas: mientras en África subsahariana el gasto anual por niño ronda los doscientos euros, en Europa y América del Norte supera los siete mil. Esta disparidad condiciona no solo el presente, sino también las oportunidades futuras.
La desigualdad de género aparece como otro eje estructural. Aun considerando solo el trabajo remunerado, las mujeres ganan en promedio el 61 % del salario horario de los hombres. Si se suma el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, esa proporción cae al 32 %. Estas brechas limitan la acumulación de riqueza y la influencia política de las mujeres a escala global.
Una novedad central del informe es la incorporación explícita de la desigualdad climática. El 10 % más rico es responsable de alrededor del 77 % de las emisiones asociadas al capital privado, mientras que la mitad más pobre apenas contribuye con un 3 %. Los sectores que menos contaminan son, al mismo tiempo, los más expuestos a los impactos del cambio climático.
Oxfam, por su parte, pone el acento en el control de los medios de comunicación y las plataformas digitales. Más de la mitad de las mayores empresas mediáticas del mundo y todas las principales redes sociales están en manos de milmillonarios. Esta concentración no solo condiciona la agenda pública, sino que también favorece la difusión de discursos de odio y la estigmatización de minorías.
Cuando la desigualdad deja de ser económica
Leídos en conjunto, los dos informes construyen un diagnóstico sólido y difícil de eludir. La desigualdad extrema no es solo una cuestión moral ni un problema técnico de distribución del ingreso. Es un fenómeno político que moldea democracias, define prioridades públicas y determina quiénes tienen voz y quiénes quedan fuera. Las políticas fiscales progresivas, la inversión sostenida en educación y salud, la regulación del poder económico y el fortalecimiento de la sociedad civil aparecen como herramientas probadas para reducir las brechas. La diferencia, sugieren, no está en el diagnóstico ni en la evidencia, sino en la voluntad política.
Marcelo Valente
Editor de Esfera Comunicacional.
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