Ciclo de reflexiones de la Fundación Colsecor sobre José «Pepe» Mujica
Organizado por la Fundación Colsecor (Cooperativa de Provisión y Comercialización de Servicios comunitarios de Radiodifusión), el ciclo Pensar a Pepe Mujica comenzó este 2026 con una voz autorizada del cooperativismo argentino. Oscar Nocetti, expresidente de la Cooperativa Popular de Electricidad de Santa Rosa (La Pampa) y referente histórico del sector, fue el encargado de inaugurar la serie dedicado a Mujica, presidente honorario de la Fundación Colsecor. Lejos de ser una evocación nostálgica o un homenaje complaciente, el texto de Nocetti es un ejercicio reflexivo que busca restituir la complejidad de una figura muchas veces reducida a consignas amables.
Pensar a Pepe Mujica es, en el fondo, pensar los límites entre ética y política, entre coherencia personal y ejercicio del poder, entre memoria y futuro. El texto de Nocetti propone exactamente eso: correr el velo de la idealización fácil para recuperar la incomodidad de un pensamiento que no se deja domesticar. Mujica no ofrece recetas ni modelos universales. Ofrece, quizá, algo más exigente: la pregunta persistente por cómo vivir —y hacer política— sin traicionarse a uno mismo.
En su texto, Nocetti parte de una frase incómoda y provocadora del filósofo Friedrich Nietzsche: «El último cristiano murió en la cruz». La sentencia, tomada de El Anticristo, le sirve como punto de apoyo para pensar la distancia entre los ideales radicales y las instituciones que, con el tiempo, los suavizan, los adaptan o directamente los traicionan. Para Nietzsche, Cristo fundó una iglesia con su vida, no con dogmas, y dejó un compromiso moral que ni siquiera sus seguidores pudieron sostenerlo sin concesiones.
En esa clave, Nocetti plantea que la vida de Pepe Mujica resuena en esa misma lógica de coherencia radical. No porque sea un santo laico ni un modelo exportable, sino precisamente porque su trayectoria —marcada por la militancia, la cárcel, la tortura y luego el ejercicio del poder— resulta admirable y, al mismo tiempo, difícilmente replicable. Como aquel Cristo que leía Nietzsche, Mujica aparece como una figura única, respetada incluso por quienes no comparten sus ideas.
Para sostener esa afirmación, el texto cede la palabra al propio Mujica. En un discurso dirigido a jóvenes, el expresidente uruguayo narra con crudeza las condiciones de su encierro durante los años de dictadura: meses atado con alambre, días enteros sin higiene, años sin acceso al agua. El relato no busca provocar lástima ni revancha. Al contrario. La frase que condensa ese testimonio —«he pasado de todo, pero no le tengo odio a nadie»— funciona como núcleo ético de su pensamiento.
En su texto, Nocetti subraya que el peso de Mujica no está en la retórica, sino en la praxis. En una forma de hacer política atravesada por la tolerancia, el diálogo intergeneracional y el reconocimiento de la diversidad ideológica. Mujica insistía en hablar con los jóvenes, en transmitir una experiencia marcada por el dolor, pero sin permitir que ese pasado se transformara en resentimiento paralizante. La memoria, en su visión, debía servir para aprender, no para ajustar cuentas.
Esa posición aparece con claridad en otra de sus reflexiones citadas en el texto: la idea de cargar la mochila del pasado sin dejar que impida caminar. Respetar lo diferente, convivir sin necesidad de estar de acuerdo, aceptar que hay heridas que no se olvidan, pero tampoco se cobran. Para Mujica, la convivencia democrática no se sostiene en la unanimidad, sino en el respeto activo a la diferencia.
El texto también advierte sobre un riesgo frecuente: la tendencia a reducir a Mujica a una versión edulcorada de sí mismo. Un Mujica amable, casi inofensivo, despojado de sus críticas más filosas al capitalismo contemporáneo, a la injusta distribución de la riqueza, a la desigualdad de oportunidades y a las derivas dogmáticas tanto de gobiernos conservadores como de experiencias de izquierda. Esa simplificación, señala Nocetti, empobrece su pensamiento.
Por eso recupera otra de sus intervenciones más lúcidas, donde Mujica distingue entre lo conservador y lo reaccionario, y entre la izquierda transformadora y el infantilismo político. Para él, ambas corrientes conviven en el ser humano, y ambas pueden enfermar: el conservadurismo cuando se vuelve dogma regresivo; la izquierda cuando confunde deseos con realidad y se refugia en quimeras impracticables. No se trata de equidistancia, sino de una mirada crítica que rehúye los automatismos ideológicos.
Nocetti reconoce, hacia el final, que ningún artículo puede contener la riqueza del pensamiento de Mujica. Su texto no pretende agotarlo, sino apenas trazar algunas líneas gruesas que permitan volver a pensar su figura con mayor profundidad. Y cierra con un agradecimiento explícito a Colsecor, por haber hecho posible el encuentro personal con Mujica y por haber acercado esa «fuente inagotable de saberes» que, más que respuestas cerradas, deja preguntas abiertas.
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