Sabemos todo sobre el cambio climático, pero por qué hacemos tan poco
Por qué el conocimiento científico sobre el cambio climático no desencadena la acción política que la magnitud del problema exige, se pregunta Hugues Draelants. Su respuesta es que la inacción climática no es una falla accidental de información, sino el producto de un sistema que orquesta su propio ocultamiento. La respuesta no puede limitarse a la concientización o convencer con gráficos, sino de transformar las condiciones materiales y sensoriales de nuestra experiencia del mundo. Aquí un resumen del ensayo de Draelants L’occultation du changement climatique (El ocultamiento del cambio climático).

Nunca una catástrofe fue tan anunciada, tan documentada, tan modelizada. Los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se acumulan desde hace décadas con precisión creciente; las curvas de temperatura se disparan; las cumbres internacionales saturan los medios. El cambio climático está en todas partes: en las pantallas, en los discursos políticos, en las angustias colectivas. Vivimos, en apariencia, en un estado de alerta discursiva permanente.
Y, sin embargo, esa saturación de información no se traduce en acción colectiva a la altura del desafío. Peor aún, después de una fase de movilización ciudadana, asistimos a un reflujo y, en varios países, a una reacción hostil contra las políticas ecológicas. La acumulación de evidencias científicas no alcanza para crear consenso político.
Ese es el punto de partida del ensayo L’occultation du changement climatique del sociólogo belga Hugues Draelants en La Vie des idées, la revista académica de divulgación del Collège de France. Su diagnóstico es inquietante y preciso: el problema no es que no sabemos, el problema es que el sistema en que vivimos está estructuralmente organizado para que no podamos «ver» —ni «sentir»— lo que sabemos.
Draelants identifica tres pilares de ese «sistema de invisibilidad». El primero es material: la modernidad capitalista separó metódicamente la producción del consumo de las causas de sus consecuencias. En la nafta que cargamos no hay rastro de su historia geológica. En el supermercado, la mercancía aparece en la góndola «lavada de toda huella ecológica».
Por otro lado, el exceso de información, lejos de aclarar, produce lo que Draelants llama una «hiperinvisibilidad derrealizante»: el clima se convierte en lo que el filósofo Timothy Morton denomina un «hiperobjeto», una entidad tan masivamente distribuida en el tiempo y el espacio que desafía nuestra comprensión humana tradicional. El cambio climático está a la vez en todas partes y en ninguna, viscoso e inaprehensible. Tratado por el sistema mediático, se vuelve un espectáculo fragmentado, una abstracción hecha de «partes por millón» y escenarios al horizonte 2050, que flota por encima de nuestras existencias sin anclarse jamás en ellas. Sabemos que la catástrofe existe; pero la normalidad aparente de lo cotidiano la desmiente a cada instante. Esa es la derrealización: no la ignorancia, sino la incapacidad de hacer real —de volver experiencia vivida— aquello que intelectualmente conocemos. El problema no es que la crisis sea invisible: es que su visibilidad está tan saturada, tan fragmentada y tan estetizada que termina produciendo el mismo efecto que la censura. Ver demasiado, sin ancla sensorial ni salida política, equivale funcionalmente a no ver nada.
Para explicar el origen histórico del mecanismo material, Draelants acude a un ejemplo fundacional que llama el Modelo Edison. A fines del siglo XIX, la electrificación de las ciudades reemplazó las lámparas de gas que ennegrecían paredes y pulmones por una tecnología que parecía limpia y casi mágica en el punto de uso: la lamparita incandescente. Pero el truco no residía en eliminar la contaminación, sino en desplazarla. Las toneladas de carbón quemadas y las escorias de la central ya no estaban en los salones burgueses: eran arrojadas, fuera de la vista, al río vecino o a los barrios obreros. El genio de la modernidad fue inventar tecnologías que externalizan los daños y programan la ignorancia de sus usuarios. Lo que no se ve, no pesa en la conciencia.
Ese modelo se generalizó hasta formar lo que Draelants llama la «materia oscura» de la economía contemporánea: una extracción permanente de recursos y una acumulación de desechos que, aunque necesarios para cada segundo de nuestro confort, son mantenidos fuera del campo social. Las redes técnicas —electricidad, agua, logística— están diseñadas como «cajas negras»: mientras el sistema funciona, son invisibles. Ya no interactuamos con la materia, sino con interfaces lisas.
El debate actual sobre el auto eléctrico ofrece una actualización asombrosa del Modelo Edison, y Draelants lo desarrolla con precisión. Lejos de representar una ruptura, el pasaje del motor de combustión al eléctrico actúa como un poderoso dispositivo de reocultación. No se trata de discutir el balance de carbono del vehículo eléctrico —que en términos de ciclo de vida suele ser mejor que su equivalente a nafta— sino de interrogar el relato que lo acompaña. Se nos promete la sustitución de un objeto «sucio» por uno «limpio» (el auto silencioso que desliza). Ese encuadre tecnooptimista permite ocultar, una vez más, la cadena de valor material: la extracción de litio en salares andinos, el cobalto de las minas del Congo, la fabricación intensiva en energía de las baterías. La contaminación no desaparece; es empujada más lejos, hacia las nuevas zonas de extracción del capitalismo verde.
Pero hay algo más profundo aún: el auto eléctrico permite salvar la invisibilidad del propio «sistema automóvil». Al concentrar el debate en el motor, se naturaliza la infraestructura titánica que requiere la movilidad individual —el sprawl urban, la artificialización del suelo, la dependencia estructural del vehículo propio— sin cuestionarla en absoluto. La innovación tecnológica funciona así como cerrojo: permite que todo cambie en apariencia para que, estructuralmente, nada cambie en nuestra manera de habitar el mundo. Es la misma lógica de Edison: mover el problema de lugar y llamarlo solución.
Esta ilusión de la sustitución, además, estructura nuestro relato histórico. El historiador Jean-Baptiste Fressoz demostró que el concepto de «transición energética» —la idea de un pasaje sucesivo y limpio de una energía a otra, del carbón al petróleo, del petróleo a las renovables— oculta la realidad material fundamental: nunca abandonamos ninguna fuente de energía, simplemente las fuimos acumulando, aumentando sin cesar la huella material de nuestras sociedades.

El privilegio de no sentir
El segundo pilar es «corporal», y acaso el más revelador. La capacidad de percibir —o no percibir— la degradación ambiental es socialmente construida. Las clases acomodadas del norte global habitan lo que Draelants llama una «arquitectura del aislamiento»: edificios climatizados, habitáculos insonorizados, cadenas de suministro globalizadas que ocultan las escaseces locales. Esa burbuja protectora corta las señales de alerta que el entorno emite. El sociólogo alemán Hartmut Rosa lo llama el drama de la modernidad: a fuerza de querer «poner el mundo a disposición» mediante la técnica, terminamos volviendo muda nuestra relación con la naturaleza. Ya no somos tocados por ella; no entramos en «resonancia» con un mundo mantenido a distancia.
De ahí un hallazgo desconcertante que documentan los estudios internacionales: la educación climática parece eficaz en el sur global e ineficaz en el norte. En países directamente expuestos a la violencia material del clima, el conocimiento es herramienta de supervivencia que favorece la adaptación concreta. En las sociedades protegidas del norte, en cambio, el saber desconectado de la experiencia corporal no lleva a la acción, sino a la polarización. Cuanto más educado es alguien en Estados Unidos, más capaz es de justificar su inacción o de defender su trinchera ideológica. El privilegio sensorial convierte a la ciencia en una opinión entre tantas.
La burbuja, sin embargo, a veces estalla. Las inundaciones mortales que golpearon Bélgica y Alemania en 2021, o más recientemente la región de Valencia en España, recordaron brutalmente la materialidad del desastre. Lo mismo ocurrió durante el Black Summer (verano negro) australiano de 2019-2020, cuando no era solo el humo sino la destrucción masiva del hábitat y la vida silvestre lo que se imponía a los sentidos. En esos momentos, la crisis deja de ser una abstracción estadística para volver a ser experiencia carnal: el olor del barro, el calor insoportable, la ruina de los paisajes familiares. Pero la resiliencia del sistema de invisibilidad es formidable: muy rápido, otro mecanismo se pone en marcha para «reparar» la brecha y evitar que la emoción se convierta en ruptura política duradera.
La fábrica de la indiferencia
El tercer pilar es «cognitivo»: el sistema no solo oculta la realidad física, sino que organiza activamente nuestra incomprensión política. Draelants recupera el concepto de agnotología —la ciencia de la producción de ignorancia— para describir cómo la industria fósil financió durante décadas campañas de desinformación destinadas a convertir un consenso científico en una «controversia» pública. Pero esa estrategia ya mutó: ya no se niega el calentamiento abiertamente. Hoy opera una táctica más insidiosa: la saturación y la fragmentación. El ciudadano recibe noticias climáticas como una sucesión de eventos episódicos y espectaculares, desconectados de sus causas estructurales. El resultado es fatiga y cinismo, no comprensión.
Aquí Draelants introduce uno de los conceptos más perturbadores del ensayo: la petromasculinidad, acuñado por la politóloga Cara Daggett. La tesis es provocadora pero sólida: el consumo de energías fósiles ha estado históricamente ligado, en el imaginario occidental, a los ideales de autonomía, potencia y virilidad. La camioneta que ruge, el tanque lleno, la calefacción a pleno: son gestos cargados de una identidad construida sobre la dominación de la naturaleza. Bajo esta óptica, reconocer la vulnerabilidad climática no es simplemente un costo económico; es una amenaza existencial para quienes edificaron su sentido de sí mismos sobre esa dominación. El negacionismo climático, en muchos casos, no es entonces un error de razonamiento que la educación pueda corregir: es una reacción defensiva identitaria, una forma de proteger un mundo y un estatus social que se perciben amenazados de obsolescencia. Esto explica por qué, en ciertos contextos políticos, cuanto más contundentes son las evidencias científicas, más feroz se vuelve el rechazo: no se está discutiendo datos, se está defendiendo una identidad.
Frente a todo esto, la respuesta dominante es siempre la misma: más educación. Draelants la llama educacionalización: la tendencia moderna de transformar problemas políticos y económicos estructurales en desafíos pedagógicos individuales. Como si el problema fuera que la gente no sabe y bastara con enseñarle más. El fracaso es sistémico, no cognitivo. La escuela —que enseña el ciclo del carbono pero evita la conflictividad social— logra perforar el muro de la invisibilidad al reducir la ecología a una moral de pequeños gestos que individualiza la responsabilidad.
La conclusión de Draelants no es desesperanzada, pero sí exigente: el vocabulario dominante de la «transición energética» es una trampa. Sugiere un deslizamiento fluido y tecnocrático de un estado a otro, sin cuestionar la opacidad de nuestros sistemas de aprovisionamiento. Salir de la inercia requiere una ruptura más radical: lo que el autor llama una política de la revisibilización. Hacer legibles nuestras dependencias materiales, cuestionar las infraestructuras del privilegio sensorial, que aíslan a las clases dirigentes del mundo real, y construir un saber situado y sensible, no solo una abstracción científica. Una democracia ecológica no puede ser un mundo liso donde todo funciona sin que nadie sepa cómo. Para poder deliberar sobre el futuro, primero hay que recuperar la vista.
Hay un detalle revelador que Draelants señala casi al pasar, pero que dice todo: las alternativas energéticas suelen ser rechazadas precisamente porque hacen visible la energía. Nos oponemos a un molino de viento porque marca el paisaje con su presencia industrial, mientras aceptamos sin pestañear los oleoductos subterráneos, los barcos superpetroleros en alta mar o las centrales nucleares lejanas, que tienen la gentileza de permanecer invisibles. Preferimos un veneno invisible a un remedio visible. Ese rechazo estético delata nuestro apego al confort de la ocultación, y es quizás el síntoma más honesto de la enfermedad que Draelants diagnostica.
Hacer clic aquí para leer el ensayo completo de Draelants, publicado por La Vie des idées.
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OPINIÓN
Del mito educativo al problema informativo
POR MARCELO VALENTE | En su ensayo, Draelants cuestiona una idea muy extendida en el debate público: que los grandes problemas sociales se resolverían simplemente con más educación o más información. Su argumento sugiere algo más complejo: incluso cuando el conocimiento existe y circula ampliamente, las formas en que se organiza y se transmite pueden dificultar la comprensión de las causas estructurales de fenómenos como la crisis climática. Por eso su planteo no se limita a la crítica al mito educativo. También invita a mirar otro aspecto central del problema: el modo en que circula la información en el espacio público.
En el debate público contemporáneo hay una explicación que aparece con frecuencia casi automática frente a cualquier problema social: falta educación. Si las personas comprendieran mejor lo que está en juego —se dice— actuarían de otra manera. La fórmula parece simple: más información, más conciencia, mejores decisiones.
La idea tiene un atractivo evidente. Supone que los conflictos colectivos se explican, ante todo, por un déficit de conocimiento y que la solución consiste en difundirlo. Sin embargo, las investigaciones en ciencias sociales muestran desde hace tiempo que la relación entre saber y actuar es mucho menos lineal.
El caso del cambio climático constituye, según el análisis de Draelants, uno de los ejemplos más claros. Nunca antes una crisis global fue tan estudiada ni tan documentada. Informes científicos, cumbres internacionales y estudios académicos describen con creciente precisión los riesgos del calentamiento global. Sin embargo, esa acumulación de conocimiento no se traduce automáticamente en transformaciones profundas en los modos de producción, consumo o transporte.
La razón —explica — es que la información no opera en el vacío. Las decisiones individuales están atravesadas por estructuras económicas, por hábitos sociales y por marcos institucionales que limitan las alternativas disponibles. Saber que un determinado comportamiento tiene consecuencias negativas no significa necesariamente poder modificarlo. Muchas personas son plenamente conscientes del impacto ambiental del automóvil. Pero esa conciencia no elimina la dependencia del vehículo cuando la organización urbana, las distancias laborales o la precariedad del transporte público hacen del auto una necesidad práctica. El conocimiento no desaparece; simplemente convive con un conjunto de condicionamientos que lo vuelven difícil de traducir en acción.
Algo similar ocurre con el consumo. Como observa Draelants, las campañas de sensibilización ambiental suelen apelar a la responsabilidad individual, pero el sistema económico continúa organizado para producir y promover justamente aquellos bienes cuyo impacto ecológico es más problemático. En ese contexto, pedirle al consumidor que resuelva el problema mediante decisiones personales equivale, en muchos casos, a trasladar al individuo un conflicto que es estructural.
La sociología del conocimiento también ha mostrado que las personas no incorporan la información de manera puramente racional. Las creencias previas, las identidades políticas y las experiencias sociales influyen en la forma en que cada individuo interpreta los datos disponibles. En otras palabras, saber algo no implica necesariamente aceptar sus implicaciones ni actuar en consecuencia.
Por eso, cuando los grandes problemas contemporáneos se reducen a una cuestión educativa, el diagnóstico corre el riesgo de simplificarse demasiado. La educación es, sin duda, una herramienta fundamental para comprender la complejidad del mundo, pero difícilmente pueda reemplazar las decisiones políticas, económicas e institucionales que definen cómo funciona una sociedad.
La educación sigue siendo indispensable. Pero comprender los problemas no es lo mismo que tener el poder —ni las condiciones materiales— para resolverlos. Y esa diferencia, concluye el razonamiento del ensayo, es muchas veces el núcleo del debate político.
Cuando la información también oculta
Si durante años se repitió que el problema era la falta de información, el panorama actual muestra algo diferente. Como señala Draelants, hoy la cuestión ambiental ocupa un lugar estable en la agenda mediática global: incendios, sequías, inundaciones, olas de calor o conferencias internacionales aparecen regularmente en portadas, noticieros y redes sociales. Sin embargo, esa presencia constante no siempre contribuye a comprender mejor el problema.
De acuerdo con lo planteado por Draelants, los medios suelen presentar los fenómenos climáticos de una manera fragmentaria, como una sucesión de episodios aislados: un incendio en una región, una tormenta en otra, una sequía en un tercer lugar. Cada acontecimiento se vuelve noticia por sí mismo, pero rara vez se conecta con el entramado económico, energético y productivo que explica la crisis ambiental en su conjunto. El resultado es una narrativa de hechos dispersos. El lector o espectador recibe imágenes impactantes y datos alarmantes, pero le cuesta identificar las causas estructurales del fenómeno. La catástrofe aparece como una suma de acontecimientos dramáticos más que como el efecto de un modelo de desarrollo específico. De esta manera, la cobertura mediática puede terminar produciendo un efecto paradójico: hablar mucho del clima sin hablar realmente de lo que lo provoca. El foco se desplaza hacia las consecuencias visibles —el desastre natural, la emergencia, el récord de temperatura— mientras quedan en un segundo plano las decisiones económicas, las políticas energéticas o los intereses industriales que están en la base del problema.
A esto se suma otro fenómeno que el ensayo subraya: la tendencia a encuadrar la cuestión ambiental como un problema técnico o moral antes que político. El debate se desplaza entonces hacia soluciones tecnológicas futuras o hacia cambios de comportamiento individual —reciclar, consumir menos, elegir determinados productos— mientras se discute mucho menos sobre las decisiones estructurales que organizan la economía contemporánea. Es decir, el público recibe una gran cantidad de noticias sobre el clima sin contar con un mapa claro de las relaciones de causa y efecto.
Así, mientras la crisis ambiental gana visibilidad mediática, sus fundamentos estructurales permanecen parcialmente fuera de foco. No porque no existan datos o investigaciones, sino porque la lógica narrativa dominante privilegia los síntomas antes que las raíces del problema.

