Un nuevo sistema histórico: la disputa por el futuro
En su intervención en el XXX Seminario Internacional «Los partidos políticos y una nueva sociedad», Ignacio Ramonet propone veinte apuntes para comprender una transformación global en la que confluyen la multipolaridad, la revolución tecnológica, la crisis climática y las nuevas desigualdades. El desafío político consiste en disputar las reglas del orden emergente y decidir al servicio de quién se pondrán sus recursos y tecnologías.
IDEAS CLAVE
- Un cambio de época. La convergencia de transformaciones geopolíticas, económicas, tecnológicas y ecológicas marca la transición hacia un nuevo sistema histórico.
- La tecnología redefine el poder. La inteligencia artificial, los datos y las infraestructuras digitales generan nuevas dependencias y abren una disputa por el control de los recursos y la distribución de sus beneficios.
- América Latina ante el desafío de la soberanía. La región necesita superar el papel de exportadora de materias primas y desarrollar capacidades productivas, científicas y tecnológicas propias.
- La política debe recuperar su capacidad de decisión. Los partidos necesitan renovar sus herramientas para comprender las transformaciones y construir alternativas que vinculen desarrollo, igualdad y democracia.
El XXX Seminario Internacional «Los partidos políticos y una nueva sociedad», organizado por el Partido del Trabajo (PT) de México, se realizó del 8 al 10 de octubre de 2026 en la Ciudad de México. El encuentro reunió a casi trescientos delegados y representantes de más de cien organizaciones y partidos políticos de izquierda y progresistas de alrededor de cuarenta países. Su objetivo, promover el debate, el análisis geopolítico y la articulación entre fuerzas políticas y movimientos sociales frente al avance global de la derecha y los desafíos del escenario internacional. En ese marco, el periodista y sociólogo Ignacio Ramonet pronunció el 9 de octubre una conferencia magistral centrada en las transformaciones de la geopolítica contemporánea, las nuevas categorías necesarias para interpretar el mundo globalizado y el impacto de la tecnología en las relaciones de poder y las luchas sociales. Para esta publicación tomamos como fuente la versión difundida por el diario mexicano La Jornada. A partir de ese material elaboramos un resumen que procura preservar los principales argumentos y la perspectiva de Ramonet, mediante una reorganización narrativa y una síntesis de sus veinte puntos. Ciertamente, su intervención fue un aporte fundamental para comprender el reordenamiento internacional y el desafío de los pueblos del sur global.
La incertidumbre y la dificultad para interpretar los acontecimientos contemporáneos constituyen el punto de partida de Ramonet, que organizó su exposición en veinte puntos para construir una cartografía conceptual del cambio en curso. Su tesis es que no estamos ante crisis independientes, sino ante una transformación en la que confluyen geopolítica, economía, tecnología, energía y crisis climática. La singularidad del presente no reside en cada fenómeno por separado, sino en su simultaneidad: cada transformación condiciona a las demás y vuelve insuficientes muchas de las herramientas conceptuales heredadas. El orden surgido después de la Segunda Guerra Mundial da paso a una estructura más fragmentada. Ramonet advierte que no se trata de una simple acumulación de crisis ni de un accidente pasajero. Se trata de la transición hacia un nuevo sistema histórico cuyo perfil aún no está definido. Es un momento gramsciano: las reglas de una época pierden vigencia y los nuevos paradigmas todavía no se consolidan. Se abre así una disputa por establecer las normas y las relaciones de poder que organizarán el período siguiente.
De la unipolaridad a la competencia entre potencias
Tras la desaparición de la Unión Soviética, en 1991, Estados Unidos quedó como principal potencia global. China, India y Rusia ampliaron su peso económico, tecnológico o militar; Brasil y México ocupan posiciones relevantes en América Latina, y otros países buscan mayor autonomía.
Los Brics expresan parte de este cambio. No forman un bloque homogéneo, pero reflejan la voluntad de numerosos países de aumentar su capacidad de negociación y reducir su dependencia de un único centro de poder. La multipolaridad no garantiza cooperación: también puede multiplicar rivalidades y conflictos. El mundo necesita respuestas colectivas, pero cada vez le cuesta más construirlas.
Durante la globalización neoliberal se difundió la idea de que la interdependencia comercial y financiera reduciría el peso de la política. Pero la geopolítica volvió al centro de las decisiones económicas. Los Estados protegen tecnologías, aseguran cadenas de suministro y compiten por minerales críticos e infraestructuras digitales. El comercio ya no se evalúa solo por costos y eficiencia, sino también por la seguridad de los proveedores y la posibilidad de evitar dependencias.
La globalización no desaparece: se reorganiza según criterios de proximidad, afinidad política y autonomía estratégica. Según Ramonet, los sectores vinculados con la inteligencia artificial, los microprocesadores, los minerales críticos y la transición energética pasaron del 16 % de los nuevos proyectos internacionales de inversión en 2020 al 44 % en 2025. El cambio abre oportunidades, pero también puede dividir el mundo en grandes espacios económicos y tecnológicos enfrentados.
La tecnología como instrumento de poder
La competencia internacional se desarrolla cada vez más alrededor de los microprocesadores, la inteligencia artificial, la robótica, las biotecnologías y las infraestructuras digitales. Los datos se convierten en un recurso estratégico. La rivalidad entre Estados Unidos y China excede los intereses de empresas particulares: está en juego quién diseñará y controlará las infraestructuras tecnológicas de las próximas décadas. Sin las tecnologías necesarias, incluso un país rico en recursos puede quedar subordinado.
Ramonet destaca la inteligencia artificial por su capacidad para intervenir en casi todos los ámbitos. No es solo una herramienta informática: puede modificar la relación entre conocimiento, trabajo y capital. Si la revolución industrial sustituyó tareas físicas, la IA comienza a intervenir sobre actividades intelectuales que requerían capacidades humanas especializadas. Sus beneficios no se distribuirán automáticamente y la concentración de infraestructura e inversiones puede ampliar la desigualdad.
Para América Latina, el dilema es si será consumidora de inteligencia artificial desarrollada en otros lugares o si podrá también producirla. Por eso, junto con la soberanía territorial y energética, adquieren relevancia la soberanía tecnológica y digital. Quién posee los datos, controla las infraestructuras y establece las reglas de las plataformas son preguntas políticas vinculadas con la capacidad de decidir el propio rumbo.
Energía, recursos y autonomía
La transición energética no consiste únicamente en sustituir combustibles fósiles por fuentes renovables. Requiere minerales como litio, cobre, níquel, cobalto, grafito y tierras raras, indispensables para tecnologías limpias. La demanda de estos recursos se triplicaría para 2030, lo que vuelve estratégica la posición latinoamericana.
Sin embargo, tener recursos no garantiza controlar la riqueza que generan. La historia regional está marcada por la exportación de materias primas y la importación de productos elaborados. El riesgo es repetir esa estructura: exportar minerales e importar baterías, vehículos eléctricos y componentes tecnológicos de alto valor. El desafío es evitar que la transición energética reproduzca el extractivismo y ampliar las capacidades productivas de la región.
El sur global no es homogéneo, pero muchos de sus países buscan diversificar mercados y alianzas y obtener mayor representación internacional. Existe una brecha entre la distribución actual del poder económico y las instituciones heredadas de mediados del siglo XX. Las instituciones internacionales deben adaptarse a una distribución del poder distinta de la de 1945.
Interdependencia, desigualdad y nueva cuestión social
Las cadenas productivas conectan recursos y conocimientos distribuidos entre países, mientras disminuye la confianza y las respuestas políticas se repliegan en las fronteras nacionales. Problemas como el cambio climático, las pandemias y la inteligencia artificial exigen cooperación internacional y respuestas capaces de corregir desigualdades.
El aumento de la productividad no garantiza bienestar. La pregunta central no es solo qué puede hacer la tecnología, sino quién decide sus usos y cómo se reparten sus beneficios. Sin capacidades nacionales, infraestructura digital, educación y gobernanza inclusiva, la inteligencia artificial puede ampliar las brechas entre países y dentro de cada sociedad.
En el siglo XIX, el conflicto entre capital y trabajo industrial impulsó el movimiento obrero y conquistas laborales y sociales. Hoy, la automatización, las plataformas y los algoritmos transforman esa relación e intervienen en decisiones como el acceso al crédito y la contratación. Las categorías políticas del siglo XX ya no alcanzan por sí solas para describir estas relaciones de poder.
Información, democracia y guerra
La revolución digital amplió la capacidad de producir información, pero concentró su distribución en pocas plataformas. La inteligencia artificial permite generar textos, imágenes, videos y voces sintéticas a gran escala, lo que dificulta distinguir información, propaganda y manipulación. Defender la democracia exige no solo proteger las instituciones electorales, sino también preservar ecosistemas informativos plurales, verificables y transparentes.
Los sistemas autónomos, los ciberataques y la inteligencia artificial modifican los conflictos y hacen que la superioridad militar dependa cada vez más de las capacidades tecnológicas. Se desdibuja la frontera entre industria civil, innovación y seguridad nacional: una misma tecnología puede tener usos civiles y militares.
La transición digital tampoco puede separarse de la energética y ecológica. La inteligencia artificial puede ayudar a optimizar redes eléctricas y mejorar la gestión del agua, pero requiere grandes infraestructuras y consume energía y recursos hídricos. La combinación de energía, minerales e infraestructura digital dará ventajas estratégicas.
Los partidos ante el desafío de comprender y transformar
Ramonet reúne la multipolaridad, la fragmentación de la globalización, la competencia tecnológica, la crisis climática, el rearme y la desigualdad como partes de una misma transformación. Cita las proyecciones del FMI para 2026, cercanas al tres por ciento de crecimiento mundial, en un escenario atravesado por los conflictos y la inversión tecnológica. El mundo avanza entre los vientos cruzados de la guerra y la innovación.
Los partidos deben comprender los procesos que condicionarán el empleo, los salarios, la educación, la vivienda y los servicios públicos, en lugar de limitarse a administrar sus consecuencias. La política social no puede pensarse separada de la geopolítica; la política industrial, de la política exterior; ni la educación, del desarrollo tecnológico.
La soberanía debe entenderse como capacidad de decisión, no como aislamiento ni autosuficiencia absoluta. Ningún país puede producirlo todo, pero sí decidir qué desarrollar, qué recursos proteger, qué alianzas establecer y cómo distribuir los beneficios. Ser soberano no es estar solo, sino no verse obligado a aceptar todas las decisiones de otras potencias.
La disputa decisiva será por la distribución de los beneficios de la revolución tecnológica. La tecnología abre posibilidades, pero no determina el rumbo: la máquina de vapor no produjo automáticamente el movimiento obrero, la electricidad no creó por sí sola el Estado social e Internet no garantizó una democracia más sólida. Los cambios históricos también dependen de conflictos, decisiones políticas y proyectos colectivos. Por eso importa quién desarrolla la inteligencia artificial, pero también quién la controla, establece sus reglas y recibe sus beneficios.
Ramonet concluye que los partidos necesitan una nueva cultura política. Fueron capaces de interpretar la realidad y proponer proyectos de sociedad; hoy deben revisar sus categorías y repensar el trabajo, la educación, la democracia y la soberanía frente a la IA y los algoritmos. También deben discutir qué significa la igualdad cuando el acceso a las tecnologías avanzadas puede diferenciar a personas, empresas y países.
Las sociedades no están condenadas a adaptarse pasivamente: pueden intervenir, disputar y construir alternativas. Si la política renuncia a decidir, advierte Ramonet, otros ocuparán ese lugar: las grandes corporaciones, los mercados, las plataformas tecnológicas, los Estados más poderosos y quienes controlan los datos y las infraestructuras.
Se trata de imaginar una sociedad en la que la tecnología produzca más derechos, la transición energética no reproduzca dependencias, la globalización no implique subordinación y la inteligencia artificial esté al servicio de la humanidad. La pregunta final resume el sentido de su intervención: ¿qué nueva sociedad queremos construir? El futuro permanece abierto y, precisamente por eso, la ciudadanía debe participar en su definición. En este tiempo de transición histórica, la política vuelve a tener una vigencia decisiva.


