Redes sociales y salud mental juvenil: los daños pueden causar problemas a escala poblacional
Un ensayo académico de Jonathan Haidt y Zach Rausch —ambos de la Stern School of Business, New York University—reúne evidencias que muestran que el uso intensivo de redes sociales puede estar asociado a cambios negativos en la salud mental de niños, niñas y adolescentes a nivel poblacional desde principios de la década de 2010.

¿Hasta qué punto las redes sociales afectan la salud mental de niños, niñas y adolescentes? ¿Se trata de impactos individuales y aislados o de un fenómeno con consecuencias observables a escala social? Estas son las preguntas que atraviesan un reciente trabajo académico titulado Social Media Is Harming Young People at a Scale Large Enough to Cause Changes at the Population Level (Las redes sociales están dañando a los jóvenes a una escala lo suficientemente grande para causar problemas a nivel poblacional), difundido en enero de 2026 como como documento de trabajo en PsyArXiv y destinado a formar parte del World Happiness Report 2026, publicación que convocó a un equipo global de investigadore destacados —entre los que figuran Haidt y Rausch— para examinar la asociación entre las redes sociales y el bienestar de los jóvenes.[1]La fecha de publicación del informe de 2026 está prevista para 19 de marzo. Es decir, el texto no es aún un artículo revisado por pares en una revista científica, sino una versión casi final de un ensayo académico puesta a disposición pública para promover discusión, intercambio crítico y debate informado.
Un estudio en circulación antes de su publicación formal
El trabajo se presenta como preprint: una modalidad cada vez más frecuente en el ámbito académico, que permite difundir investigaciones antes de su publicación definitiva. En este caso, los autores explican que la versión difundida ya incorporó revisiones y comentarios, aunque aún puede sufrir ajustes menores. La decisión de hacerla pública apunta a abrir la discusión sobre un tema que ocupa un lugar creciente en agendas educativas, sanitarias y políticas.
El estudio de Haidt y Rausch, publicado como documento de trabajo, analiza si el uso intensivo de redes sociales se asocia a cambios en la salud mental juvenil a escala poblacional. No es un artículo definitivo, pero reúne evidencia y reactiva un debate clave sobre tecnología, bienestar y adolescencia.
El texto organiza su argumento alrededor de dos interrogantes. El primero, que denomina «la pregunta de seguridad del producto», apunta a determinar si el uso habitual de redes sociales puede considerarse razonablemente seguro para niños y adolescentes. El segundo, más amplio y complejo, es la «pregunta de las tendencias históricas»: si la expansión acelerada de las redes sociales y los teléfonos inteligentes a comienzos de la década de 2010 pudo haber contribuido de manera significativa al deterioro de indicadores de bienestar y salud mental juvenil observado en varios países occidentales.
Responder esta segunda pregunta, reconocen los autores, es especialmente difícil, ya que implica establecer vínculos causales entre transformaciones tecnológicas y cambios sociales de largo plazo. Por eso, el ensayo pone el foco principal en la primera, entendida como un paso necesario para abordar la segunda.
De los efectos individuales al impacto social
A diferencia de estudios experimentales o encuestas puntuales, el trabajo adopta un enfoque de «integración de evidencias». Reúne y ordena siete grandes líneas de investigación y observación que, según sus autores, permiten evaluar los posibles efectos del uso intensivo de redes sociales en la salud mental juvenil.
Más que centrarse en casos aislados, la investigación plantea que incluso efectos moderados, cuando alcanzan a millones de adolescentes, pueden traducirse en cambios detectables en indicadores de bienestar y salud mental a escala poblacional.
Entre esas líneas se incluyen encuestas a adolescentes sobre su propia experiencia; percepciones de padres, docentes y profesionales de la salud; documentación y estudios internos de empresas tecnológicas; investigaciones correlacionales; estudios longitudinales; ensayos experimentales de reducción del tiempo de uso; y análisis de «experimentos naturales». Vale decir, comparaciones entre períodos o regiones con distinto acceso a internet y plataformas digitales.
El argumento central no se apoya en un solo tipo de evidencia, sino en la convergencia de resultados provenientes de enfoques distintos, cada uno con fortalezas y limitaciones propias. Según la síntesis presentada, una parte relevante de la literatura disponible encuentra asociaciones entre uso intensivo de redes sociales y mayores niveles de síntomas depresivos, ansiedad y malestar subjetivo, especialmente entre adolescentes.
El texto también señala que estos efectos no se presentan de manera uniforme. Existen diferencias por edad, género y contexto social, y conviven con beneficios percibidos por los propios jóvenes, como mayor conexión social o espacios de expresión. La cuestión central, sostienen los autores, no es si las redes producen efectos positivos o negativos en abstracto, sino si una proporción significativa de usuarios jóvenes experimenta daños relevantes.
Evidencia acumulada, debate abierto
Uno de los aportes conceptuales del ensayo es la noción de «impacto a nivel poblacional». Aun cuando los efectos individuales puedan parecer moderados en términos estadísticos, su extensión a millones de adolescentes podría traducirse en cambios visibles en indicadores agregados de salud mental y bienestar. En este marco, el trabajo vincula la expansión masiva de las redes sociales con tendencias documentadas en encuestas internacionales sobre satisfacción vital, soledad y salud emocional juvenil, especialmente desde mediados de la década de 2010.
El ensayo reúne múltiples líneas de investigación, como encuestas, estudios longitudinales y experimentos. Su valor central es ordenar la evidencia disponible y reactivar una discusión clave sobre redes sociales, juventud y políticas públicas.
Sin embargo, el propio texto se encarga de subrayar sus límites. No afirma una causalidad directa e incontrovertible, ni pretende cerrar el debate científico. Reconoce que existen estudios que no encuentran efectos significativos o que interpretan los resultados disponibles como insuficientes para justificar cambios regulatorios. De hecho, invita explícitamente a leer investigaciones críticas y miradas alternativas. En otras palabras, Haidt y Rausch invitan a leer las conclusiones de su trabajo como parte de una conversación académica en curso, no como un veredicto definitivo.
Más allá de las controversias, el ensayo se inscribe en una discusión global cada vez más presente: cómo regular entornos digitales diseñados para maximizar la atención y qué responsabilidades corresponden a plataformas, Estados y comunidades educativas cuando se trata de poblaciones jóvenes. En ese sentido, su principal aporte no es ofrecer respuestas cerradas, sino sistematizar evidencia dispersa y proponer un marco para pensar el impacto de las tecnologías digitales más allá del plano individual.
Dersacargar aquí la investigación de Jonathan Haidt y Zach Rausch
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Notas
| ↑1 | La fecha de publicación del informe de 2026 está prevista para 19 de marzo. |
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