Libertad y paz bajo asedio: cuando las palabras se usan para justificar la crueldad
Palabras como libertad y paz, históricamente asociadas a la dignidad humana y a la convivencia, son hoy vaciadas de sentido para justificar exclusiones, violencias y nuevas formas de dominación. Este texto reflexiona sobre esa expropiación simbólica y sus consecuencias políticas, sociales y morales.
Resulta que ahora —desde el discurso del odio, subrayado con la frase del presidente Javier Milei ¡Viva la libertad, carajo!— , con el término libertad se justifican marginaciones, perversiones y crueldades, que nada tienen que ver con el anhelo y el contenido que encierra esa palabra.
¿Quién puede ser libre y vivir dignamente si sus ingresos están por debajo de la línea de pobreza, incluso de la miseria y cada vez hay más desempleo y cierre de fábricas? ¿De qué libertad se habla cuando se retiene comida destinada a los comedores populares, se quita la asistencia básica a la salud o se desprotege a los discapacitados y se somete a un genocidio por goteo a los mayores adultos? ¿Quién puede ejercer la libertad de expresión, si el presidente sostiene que «no se odia lo suficiente a los periodistas», y agrega, que «él tiene a varios periodistas que tiraría a la hoguera»? Además, los infrahumaniza cuando dice que son «unos cerdos» o «excrementos ensobrados».
En definitiva, se habla de una libertad que retrasa y no avanza y que cada día permite nuevas esclavitudes promueve el odio, genera miedo y trae más exclusiones para los más débiles.
Premio Nobel de la Paz
En lo que hace a la paz, resulta paradójico que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se haya sentido marginado del premio Nobel de la Paz, del que se considera merecedor. La venezolana María Corina Machado, que propiciaba una invasión armada a su país, y a quién se le concedió el premio en el 2025, le entregó la medalla del premio a Trump —desnaturalizando la distinción— que no tiene nada de pacífico, a tal punto que su gobierno comenzó cambiando el nombre al Departamento de Defensa de su EUA por el de Departamento de Guerra. Trump pregona la paz del más fuerte; o sea, que no hay guerra mientras a todos los que se oponen los tengo dominados o amenazados. El propio Trump, respecto a cómo ejerce su poder en el ámbito mundial, sostuvo que lo guía «sólo mi propia moralidad … No necesito la ley internacional».
Aún más, quiere conformar el Consejo de Paz, organismo internacional impulsado por Washington para supervisar la resolución de conflictos en el ámbito global. Según el comunicado de la Casa Blanca, este consejo lo integrarán «líderes con experiencia en diplomacia, desarrollo, infraestructura y estrategia económica», pero… bajo el dominio y dirección de Trump.
El objetivo de este consejo es una farsa, si tenemos en cuenta que lo integra el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, sobre quien pesa una orden de captura del Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra. En Gaza, Netanyahu usó el hambre como arma de guerra y crímenes contra la humanidad. Además, es falso el perfil de quienes lo integran, ya que lo invitaron a participar a Javier Mieli —que rápidamente aceptó—, pero que difícilmente pueda acreditar «experiencia en diplomacia» y las otras características que dicen deben tener quienes los integran.
El mundo está en guerra de a pedazos
El papa Francisco, en 2016, sostuvo que «el mundo está en guerra de a pedazos». Y agregó, que «no es una guerra de religiones, porque todas las religiones quieren la paz». Con firmeza manifestó entonces: «Hablo en serio de una guerra, una guerra de intereses, por dinero, por los recursos de la naturaleza, por el dominio de los pueblos».
Mensaje que, cabe completar, con el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2026 del Papa León XIV, que invitó a no ceder ante la lógica de la fuerza, porque hacerlo sería hipotecar el porvenir de la humanidad, «dado que en la guerra actual se utilizan armas científicas de toda clase, su atrocidad amenaza con llevar a los combatientes a una barbarie más cruel y profunda que la de cualquier época pasada».
La paz anhelada
Los verdaderos valientes son los que buscan la paz. Las guerras sólo disfrazan cobardías con las armas. La guerra es siempre una derrota. La vocación de paz es imprescindible, porque más grave que la ausencia de paz es la incapacidad de anhelar la paz, cuando impera la violencia. La paz es un esfuerzo y no es un estado de éxtasis. Hay que trabajar por ella, con determinación firme y perseverante.
Cabe reflexionar aquí, como lo hace Martin Luther King: «La debilidad fundamental de la violencia es que se trata de una espiral descendente, que engendra lo mismo que busca destruir. En lugar de disminuir el mal, lo multiplica. A través de la violencia puedes matar al mentiroso, pero no se puedes matar la mentira, ni establecer la verdad. A través de la violencia puedes matar al que odia, pero no matas el odio. De hecho, la violencia no hace sino aumentar el odio. Así sucede… Devolver odio por odio sólo multiplica el odio, añadiendo oscuridad más profunda a una noche ya desprovista de estrellas. La oscuridad no puede echar fuera la oscuridad: sólo la luz puede hacer eso. El odio no puede echar fuera al odio: solo el amor puede hacer eso» y completó su pensamiento con otra frase: «La no violencia no es pasividad estéril, sino una poderosa fuerza moral que se hace para la transformación social».
Respeto por los derechos humanos
Tampoco hay paz si se miente sin pudor, como las mentiras de estereotipos discriminantes que resultan inaceptables y que se han fijado por cierta industria del entretenimiento y la información, y que tanto daño hace a la verdad integral y a la paz. Películas y obras en las que, de manera tramposa, se muestran siempre como terroristas a los musulmanes, como avaros usurarios a los judíos, como mafiosos o traficantes de drogas a los italianos y latinos y como delincuentes a los pobres. A lo que hay que sumar, el mal trato al que someten a los inmigrantes considerados ilegales.
No hay paz sino se asegura el pleno respeto de los derechos humanos. Nada justifica el sufrimiento de inocentes. Porque la paz implica la firme voluntad de defender la dignidad de todas las personas. Ninguna ofensa a la dignidad humana puede ser tolerada, cualquiera sea su origen, modalidad, excusa con la que se la busque justificar o el lugar en el que sucede. La historia demuestra que la indiferencia ante ello ha sido la antesala de grandes crímenes contra personas, naciones, etnias, religiones y pueblos.
Tenemos que cambiar la historia. No podemos permitir que nos quieran obligar a creer que la paz es un sueño, que la justicia es una utopía y que no es posible el bienestar compartido entre todos.
En la verdadera paz, no hay lugar para nuevos genocidios, ni para delitos de lesa humanidad y menos, para las guerras y sus crímenes. Hay que terminar con la hipocresía de quienes, en aras de la paz, justifican genocidios de todo tipo y buscan la impunidad de los responsables.
Miguel Rodríguez Villafañe
Abogado constitucionalista cordobés, exjuez federal de Córdoba, especialista en cooperativas y mutuales y periodista de opinión.
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