La tecnología autoritaria que reconfigura al Estado
Un nuevo tipo de poder se expande sobre los Estados sin necesidad de golpes palaciegos ni triunfos electorales: avanza incrustándose en la infraestructura que sostiene la vida pública. Plataformas de datos, constelaciones satelitales, redes de drones y modelos de inteligencia artificial se transforman en engranajes decisivos de gobiernos que ya no pueden funcionar sin ellos. Lo que está en juego no es sólo la dependencia tecnológica, sino la redefinición misma de la soberanía. Esta lectura surge de un artículo publicado en Le Monde diplomatique, escrito por Francesca Bria, experta y asesora en políticas de digitalización y tecnologías de la información.

Hubo un momento, casi desapercibido, en que la línea entre Estado y empresa dejó de ser nítida. Ocurrió este año, en lo más profundo del Pentágono, cuando un acuerdo de diez mil millones de dólares convirtió a Palantir no sólo en proveedora de software sino en la plataforma que organiza decisiones militares, logísticas y administrativas de Estados Unidos. Fue presentado como una modernización burocrática. Sin embargo, en esa operación se filtró algo mucho más profundo: la cesión silenciosa de funciones soberanas a una corporación que ahora se vuelve indispensable.
Ese movimiento, describe Bria, no es un hecho aislado. Integra un entramado mayor donde empresas tecnológicas, fondos de inversión e ideólogos de la nueva derecha construyen lo que algunos llaman el stack autoritario: una arquitectura de control basada en datos, inteligencia artificial, satélites, sistemas de pago y energía. No se parece al autoritarismo clásico, que exigía propaganda, movilización y aparato represivo. Este nuevo poder opera sobre la infraestructura misma del Estado, volviendo obsoletas las formas tradicionales de resistencia y debilitando la capacidad de decisión democrática.
Palantir ocupa el centro de ese ecosistema. Su plataforma Foundry interviene hoy en la logística militar, la inteligencia, la gestión del personal, los pagos y hasta en la persecución de inmigrantes mediante herramientas de geolocalización y análisis predictivo. A su lado, Anduril transforma esa información en acción bélica: drones autónomos, sistemas de comando que integran datos satelitales y radares, plataformas capaces de planificar y ejecutar operaciones sin intervención humana. La meta anunciada por el Pentágono es integrar plenamente estos sistemas para 2027.
Más arriba en el cielo, la constelación militar Starshield C, controlada por SpaceX, privatiza un sector que antes era exclusivo del Estado: las comunicaciones satelitales. Las operaciones de la OTAN dependen hoy de una infraestructura controlada por Elon Musk, que exhibe posiciones políticas activas y alianzas con sectores de ultraderecha. Ese nivel de concentración, señala Bria, convierte la autonomía estratégica en una ilusión.
El panorama se completa con las nubes «soberanas» de Amazon y Microsoft, que alojan operaciones militares y de inteligencia bajo promesas de seguridad que, en los hechos, refuerzan la dependencia gubernamental respecto de infraestructuras privadas. A eso se suma un actor menos visible pero decisivo: la energía. Los grandes modelos de IA necesitan cantidades colosales de electricidad, y buena parte de esa provisión está siendo absorbida por empresas privadas vinculadas a Silicon Valley, que apuestan al renacimiento nuclear como fuente para sostener la expansión tecnológica.
Todo este avance se facilita por la fusión entre élites empresariales y estructuras estatales. Bria muestra cómo altos cargos del Pentágono, la Casa Blanca y agencias federales provienen de Palantir, Thiel Enterprises, Anduril o Meta. Incluso se creó una unidad militar donde ejecutivos de grandes tecnológicas fueron incorporados con rango de teniente coronel. Ya no se trata de la vieja «puerta giratoria», se trata de una superposición deliberada entre toma de decisiones públicas y estrategias corporativas.
Detrás de esa operación se ubica el músculo financiero: Founders Fund, el fondo insignia de Peter Thiel, con inversiones en Palantir, SpaceX y Anduril; 1789 Capital, articulado con aliados políticos de la administración Trump; y American Dynamism, impulsado por la firma Andreessen Horowitz. Estos fondos no sólo financian empresas: moldean la estructura misma del Estado al convertirlas en proveedores indispensables. La lógica es simple: cuando el cliente no puede abandonar a su proveedor porque se volvió su sistema operativo, ya no se habla de eficiencia, sino de poder.
Europa también se encuentra atrapada en esta dinámica. Italia evalúa delegar sus comunicaciones militares en Starlink; Alemania analiza expandir Palantir a nivel federal; la Bundeswehr (Fuerzas Armadas de Alemania) trabaja con drones «europeos» que dependen de la arquitectura estadounidense de Anduril; y en el Reino Unido, el sistema de salud y el Ministerio de Defensa firmaron contratos que convierten al país en nodo central de la IA militar desarrollada en Silicon Valley. Todo esto avanza sin grandes debates públicos ni discusiones parlamentarias, un síntoma de cómo la dependencia tecnológica condiciona la autonomía política.
La conclusión de Bria es contundente: lo que está mutando no es sólo la relación entre Estado y empresas, sino la definición misma de soberanía. La autoridad política cede terreno frente a la capacidad técnica, y el control democrático es reemplazado por una infraestructura que termina decidiendo los límites de lo posible. Silicon Valley no buscó ya construir estados paralelos ni utopías libertarias aisladas; optó por algo más eficaz: convertirse en la infraestructura del Estado.
Esa mutación se vuelve más clara con el avance de las criptomonedas estables, ahora reconocidas en Estados Unidos como infraestructura de seguridad nacional. Su regulación otorga a emisores privados funciones que rozan las atribuciones de un banco central. Allí se revela la lógica que recorre todo el «stack autoritario»: no hace falta ganar elecciones para gobernar, basta con firmar los contratos que establecen las restricciones de fondo del sistema político.
La interfaz democrática permanece, pero vaciada de contenido. Lo esencial ocurre detrás: en servidores, satélites y algoritmos cuyas decisiones no responden ante la ciudadanía sino ante accionistas. Esa es, para Bria, la verdadera revolución silenciosa del poder tecnológico.
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