La calle contra el relato libertario: la marcha del 24 de marzo que desafió al Gobierno
La movilización por los cincuenta años del golpe de Estado desbordó la Plaza de Mayo y se convirtió en una de las más masivas desde el regreso de la democracia. Pero la jornada no se limitó a la conmemoración: excedió el repudio a la dictadura y se transformó en un mensaje político directo contra el gobierno de Javier Milei.
En ese marco, las organizaciones de derechos humanos estimaban que la convocatoria superó incluso la de mayo de 2017 contra el fallo del 2×1 de la Corte Suprema, cuando cerca de medio millón de personas coparon el centro porteño. Ayer la plaza se volvió una marea humana que desbordó todas las diagonales y llegaba hasta la 9 de Julio.
Ese impacto no tardó en tener efectos políticos. La masividad de la movilización dejó en una posición incómoda al Gobierno, que volvió a publicar un video para ofrecer su versión sobre la «Memoria Completa» de lo ocurrido en los años setenta. La nueva pieza, extensa y errática, buscó polarizar con el kirchnerismo y mostró inconsistencias en varios tramos.
En paralelo, el reclamo volvió a poner en el centro las cifras del terrorismo de Estado: treinta mil desaparecidos, el robo sistemático de bebés y más de quinientos nietos apropiados, de los cuales solo 140 recuperaron su identidad. Sin embargo, el tono de la movilización dejó en claro que el eje ya no es solo memoria histórica, sino también una reacción frente a lo que amplios sectores interpretan como un intento de relativizar esos crímenes.
A esa dimensión se sumó otra igual de visible. Además del repudio al negacionismo de la ultraderecha, las consignas apuntaron a la crisis económica que sigue golpeando a las mayorías. En la plaza se mezclaron las banderas clásicas de derechos humanos con carteles contra el ajuste y la situación de los trabajadores.
Con ese telón de fondo, la masividad de la marcha sorprendió a los propios organizadores y funcionó como un catalizador de la oposición al Gobierno. La jornada incluyó gestos de unidad dentro del peronismo, que estuvo presente con sus principales dirigentes, desde Axel Kicillof hasta Sergio Massa, pasando por La Cámpora y la CGT.
Mientras tanto, el contraste discursivo se hacía evidente. En efecto, el Gobierno difundió un mensaje que retomaba la idea que el golpe fue necesario para terminar con la guerrilla, en la calle se consolidaba una narrativa completamente opuesta.
Ese contraste, de hecho, fue uno de los rasgos más marcados de la jornada: de un lado, un discurso oficial que muchos calificaron de anacrónico; del otro, una movilización con capacidad de convocatoria transversal.
En ese contexto de tensión, el propio Milei evidenció cierta desorientación. En reiteradas ocasiones había atacado a Raúl Alfonsín, pero ahora —en un giro discursivo que busca reforzar su estrategia de polarización— terminó reivindicándolo.
La masividad no se limitó a Buenos Aires. En Rosario, el Parque Nacional a la Bandera estuvo colmado, con una concurrencia estimada en más de 150 mil personas. En Mar del Plata también marcharon más de cien mil personas.
Escenas similares se replicaron en Córdoba, Tucumán y otras ciudades donde, apenas un año atrás, Milei había logrado triunfos contundentes. Ese dato no pasó desapercibido para el análisis político de la jornada. Y en otros puntos del país, la participación combinó militancia organizada con una presencia ciudadana amplia, diversa y transversal.
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