Elecciones 2027 en Argentina: las lecciones de la batalla digital de Lula

La experiencia electoral brasileña deja una enseñanza para la Argentina: la disputa política ya no se libra solamente en las calles, los medios tradicionales o las urnas. También se juega en las plataformas digitales, bajo reglas algorítmicas que las fuerzas políticas no controlan. La movilización territorial, la comunicación descentralizada y el uso creativo de la tecnología pueden convertirse en herramientas decisivas para disputar ese terreno.

IDEAS CLAVE

La movilización popular brasileña y la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva dejan una experiencia que merece ser examinada de cara a las elecciones argentinas de 2027. La contienda se libró en dos frentes simultáneos: la arena política, frente al avance de las fuerzas bolsonaristas, y el terreno de las plataformas digitales, donde las reglas de circulación de los contenidos también forman parte de la disputa por el poder.

Frente a las lógicas algorítmicas, los sesgos y las restricciones de las plataformas, en particular las de Meta —Facebook, Instagram y WhatsApp—, la campaña de Lula concentró buena parte de sus esfuerzos en contrarrestar la desinformación y los obstáculos que encontraba para hacer circular sus mensajes. La confrontación excedió el intercambio de argumentos entre candidatos: puso en discusión el poder de las grandes corporaciones tecnológicas para condicionar la comunicación política.

La calle y las redes digitales no son ámbitos separados. Son espacios complementarios, con una enorme capacidad de penetración social. Cuando se articulan, pueden fortalecer la organización y la acción política, ampliar la participación y poner al alcance de la ciudadanía herramientas tecnológicas que la derecha antidemocrática supo aprovechar tempranamente.

El equipo de campaña de Lula asumió el desafío digital en un escenario adverso. Según las denuncias de su entorno, tuvo que enfrentar limitaciones en las búsquedas de Instagram y fallos algorítmicos que reducían la visibilidad de sus mensajes. La dificultad no consistía solamente en producir contenidos atractivos, sino en conseguir que llegaran a sus destinatarios.

La campaña debió remontar ese terreno inclinado. La movilización popular, la creatividad y la organización digital fueron parte de una estrategia que combinó la defensa de los logros de gobierno con la advertencia sobre aquello que podía perderse. La victoria no puede explicarse únicamente por un programa convincente ni por el uso de tecnología: también expresa la capacidad de una movilización popular híbrida, articulada en las calles y las pantallas, para disputar la hegemonía comunicacional.

Una campaña electoral híbrida integra territorio y tecnología, y borra la frontera entre los mundos analógico y digital. Ambos espacios funcionan como partes de un mismo campo de acción, coordinado para movilizar, persuadir y sostener la participación política.

Cada ciudadano movilizado puede convertir su celular en una herramienta de organización: crear grupos de distribución, compartir materiales y ampliar una red de contactos que se ramifica a partir de nuevos participantes. Así se construye una trama de nodos digitales que puede extenderse por distintos sectores de la sociedad.

La combinación entre presencia territorial y circulación digital permite disputar la desinformación, las presiones económicas y la propaganda psicológica. Una campaña híbrida no separa el acto político en la plaza de la batalla por la atención en las pantallas: los integra en una misma estrategia.

La confrontación entre el Partido de los Trabajadores (PT) y Meta no nació durante la campaña electoral. Se inscribe en un proceso más largo de tensiones por la regulación de las plataformas y la responsabilidad de las empresas tecnológicas frente a la circulación de contenidos fraudulentos.

Los acontecimientos de enero de 2023, cuando una multitud asaltó las sedes de los tres poderes en Brasilia, dejaron al descubierto la gravedad de la desinformación política. La circulación de mensajes que cuestionaban el resultado electoral y alentaban la ruptura institucional impulsó al Gobierno de Lula y al Supremo Tribunal Federal a buscar mecanismos para exigir responsabilidades a las empresas tecnológicas.

La relación entre el gobierno brasileño y Meta se deterioró aún más a partir de las decisiones de la compañía sobre sus políticas de verificación de información. Las denuncias sobre estafas, suplantaciones de identidad y circulación de contenidos engañosos profundizaron el conflicto.

En ese contexto, la campaña de Lula denunció que sus perfiles estaban siendo sometidos a un silenciamiento encubierto. La acusación desplazó el foco habitual de las interferencias electorales: el problema ya no se limitaba a la acción de actores estatales extranjeros, sino que alcanzaba a las propias plataformas privadas que organizan buena parte de la conversación pública.

Las denuncias sobre fallos técnicos en las cuentas del candidato y las discusiones internas en Meta, según la información citada en el debate público, reforzaron una evidencia: la disputa política ya no se juega exclusivamente en la persuasión de los electores. También se desarrolla en las condiciones técnicas que determinan qué contenidos circulan, cuáles alcanzan visibilidad y cuáles quedan relegados.

La decisión de llevar el reclamo a organismos internacionales expresa la dimensión de un problema que trasciende una campaña. Cuando los mecanismos que ordenan la conversación pública permanecen bajo el control de empresas privadas, la frontera entre un fallo técnico y una decisión con consecuencias políticas puede resultar difícil de establecer. De allí la necesidad de transparencia, reglas claras y mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

El Lulaverso fue una de las expresiones más visibles de la estrategia de comunicación digital vinculada al PT. Su propuesta combinó contenidos audiovisuales, estética popular, humor y herramientas para facilitar la participación de simpatizantes en la circulación de mensajes políticos.

El ecosistema reunió videos breves, piezas gráficas y recursos pensados para conectar con públicos diversos, especialmente con los más jóvenes. Entre sus formatos se incluyeron avatares de Lula, filtros, versiones animadas y tutoriales sobre el funcionamiento de la urna electrónica.

La plataforma Pode Espalhar (¡Difundelo!) funcionó como un repositorio de materiales audiovisuales disponibles para compartir. La idea era que los simpatizantes pudieran descargarlos y distribuirlos en sus propias redes, convirtiéndose en nodos de una comunicación descentralizada. La estrategia se desplegó en plataformas como Instagram, TikTok y X.

Durante demasiado tiempo, el Partido de los Trabajadores había respondido a la guerra sucia digital con las formas solemnes de la comunicación institucional. Cuando la maquinaria de la ultraderecha difundía, desde temprano, una noticia falsa sobre el cierre de iglesias o la destrucción de la familia, la respuesta podía quedar atrapada en reuniones, consultas jurídicas y comunicados extensos, publicados cuando el rumor ya había recorrido una parte considerable de la sociedad.

Para entonces, la mentira había tenido tiempo de instalarse y alimentar el miedo. En el entorno de TikTok y WhatsApp, los desmentidos solemnes y los documentos de las agencias de verificación no siempre alcanzan para contrarrestar un mensaje construido sobre la emoción. La velocidad de circulación obliga a responder con rapidez, creatividad y formatos que conecten con las audiencias.

De esa necesidad surgió una manera distinta de organizar la comunicación. El equipo de campaña puso a disposición de sus simpatizantes fotografías, audios, fragmentos de video y recursos gráficos para que pudieran adaptarlos y compartirlos sin atravesar una cadena interminable de autorizaciones. En lugar de reservar la producción y distribución de los mensajes a una estructura centralizada, abrió espacio a la iniciativa ciudadana.

La renuncia parcial al control exclusivo del mensaje modificó la dinámica de la campaña. La imagen de Lula dejó de depender solamente de las piezas diseñadas por el equipo profesional y empezó a circular a través de coreografías en TikTok, ilustraciones satíricas y videos grabados por ciudadanos con sus propias palabras y referencias locales.

El relato político adquirió así otros registros. En lugar de presentarse únicamente como un discurso de campaña, podía llegar como un contenido compartido por un amigo, una broma o una pieza audiovisual capaz de despertar curiosidad. La descentralización amplió las posibilidades de circulación y acercó el mensaje a personas que suelen mantenerse al margen de la comunicación política tradicional.

La política contemporánea ya no se construye exclusivamente desde el escenario de un acto o la tribuna partidaria. También se comunica mediante videos caseros, transmisiones en directo, escenas cotidianas y bromas sobre la propia imagen. Estos recursos pueden acortar la distancia entre los dirigentes y la ciudadanía, y abrir espacios de participación que las estructuras tradicionales suelen limitar.

En el caso de Lula, adoptar esos códigos no fue solamente una operación estética. Frente a una comunicación bolsonarista que recurría al miedo, las amenazas y el resentimiento, el PT buscó oponer la alegría, el humor y la cercanía. La figura del presidente se convirtió también en un recurso de la cultura popular, capaz de dialogar con jóvenes que no habían vivido sus primeros mandatos.

Sin embargo, el optimismo y los bailes virales no bastaban. La campaña necesitaba también responder a los ataques, disputar la agenda y evitar que la iniciativa quedara siempre en manos de sus adversarios. En ese terreno adquirió relevancia la estrategia de comunicación asociada a André Janones, que entendió que una confrontación mediática asimétrica no podía librarse únicamente mediante respuestas institucionales o apelaciones a la moderación.

La táctica consistió en intervenir con rapidez, multiplicar las respuestas y obligar al adversario a reaccionar. Las transmisiones en directo, los audios urgentes y la utilización del suspenso político contribuyeron a desplazar el centro de atención y a mantener la controversia en movimiento. El objetivo era evitar que la ultraderecha impusiera sin resistencia los temas y los tiempos del debate público.

La combinación entre la comunicación popular de Lula y la ofensiva digital de Janones encontró en la mensajería instantánea una herramienta fundamental. Los grupos de WhatsApp permitieron coordinar la distribución de estados, compartir fragmentos audiovisuales y activar respuestas colectivas ante publicaciones estratégicas.

Las cifras de participación difundidas durante la campaña dan cuenta de la escala que alcanzó esa movilización digital. Más allá de que los usuarios involucrados no equivalgan necesariamente a votantes individuales, la organización funcionó como una red de distribución que extendió los mensajes desde abajo hacia arriba. Mientras la campaña denunciaba obstáculos en las plataformas, los teléfonos de los propios ciudadanos se convertían en canales alternativos para hacer circular sus contenidos.

La estrategia combinó la lógica de la guerrilla comunicacional con el entusiasmo festivo. No se trataba solamente de responder a cada ataque, sino de construir una red capaz de producir, adaptar y distribuir mensajes sin depender por completo de los canales oficiales.

La creatividad también ocupó un lugar destacado en la producción audiovisual. Un ejemplo fue un video que recurría a la imagen de Lula arrebatándole el balón a Neymar Jr., una pieza que mezclaba memes, inteligencia artificial y referencias al fútbol para construir una metáfora de la disputa política. La parodia y el absurdo permitieron apartarse de la solemnidad habitual y conectar con códigos culturales compartidos.

La expansión de las herramientas de inteligencia artificial generativa redujo los costos y las barreras técnicas para producir materiales audiovisuales. Con ellas se pueden crear escenas humorísticas, coreografías ficticias y situaciones que sitúan a los candidatos en universos propios de los videojuegos o de las tendencias virales.

La novedad no reside solamente en la tecnología, sino en la forma de organizar su uso. Muchos participantes pueden aportar ideas y producir materiales, mientras una estructura de coordinación ayuda a centralizar, ordenar y expandir los contenidos en distintas plataformas. Las canciones de campaña, los montajes musicales y los audios en bucle también recuperaron fuerza como recursos de identificación colectiva.

La música, creada con herramientas digitales o interpretada por artistas populares, facilitó la circulación de mensajes económicos y sociales en espacios alejados de la conversación política habitual. De la misma manera, las cuentas dedicadas a producir contenidos para atravesar las burbujas ideológicas buscaron insertar mensajes progresistas en comunidades interesadas en la gastronomía, el humor o los deportes.

Los debates televisivos también fueron pensados desde su circulación posterior. Un gesto irónico o una respuesta contundente podían adquirir una vida propia al convertirse en un fragmento breve, compartible y reconocible fuera del programa original. La comunicación política ya no termina cuando concluye el debate: una parte decisiva de su recorrido empieza después, cuando los momentos más significativos se recortan y circulan por las redes.

No existe una fórmula matemática que garantice la viralidad. Una pieza producida con recursos millonarios puede pasar inadvertida, mientras un video casero puede alcanzar una audiencia inesperada en pocas horas. La eficacia de una campaña depende también de su capacidad para escuchar las conversaciones sociales, reconocer los códigos culturales y ofrecer a sus seguidores herramientas para convertirse en portavoces de una causa.

En ese sentido, la experiencia brasileña muestra que no siempre gana quien más dinero invierte o quien pretende controlar cada detalle del relato. También puede imponerse quien comprende la dinámica de las redes, acepta la participación descentralizada y construye formas de comunicación capaces de circular más allá de los públicos ya convencidos.

La experiencia de la campaña de Lula deja una enseñanza que merece ser discutida en la Argentina: la hegemonía digital de las fuerzas reaccionarias no es inevitable. Incluso en un entorno condicionado por los intereses corporativos, los algoritmos opacos y la circulación masiva de desinformación, es posible construir alternativas si existe organización, creatividad y capacidad de movilización.

La disputa no se resuelve eligiendo entre la calle y las redes, ni entre la militancia territorial y las herramientas tecnológicas. Se trata de integrarlas en una estrategia que vincule la participación ciudadana con los contenidos, los lenguajes y los canales donde hoy se forman buena parte de las percepciones políticas.

Tampoco alcanza con incorporar tecnología a las prácticas de siempre. La experiencia del Lulaverso invita a revisar las formas de producir y distribuir mensajes, los mecanismos de participación y el grado de autonomía que se concede a quienes los comparten. Una comunicación centralizada, lenta y solemne difícilmente pueda responder con eficacia a una maquinaria digital que opera con velocidad, emoción y una distribución descentralizada.

Para quienes en la Argentina vienen dando una batalla por la cultura popular, la independencia política y la soberanía comunicacional, el desafío consiste en traducir esas lecciones a nuestra propia realidad. No se trata de copiar una campaña, sino de comprender qué condiciones hicieron posible su estrategia, qué herramientas pueden adaptarse y qué formas de organización permiten construir una presencia sostenida en el territorio y en las redes.

La movilización popular brasileña deja una imagen poderosa: las tecnologías no tienen por qué quedar al servicio exclusivo de las fuerzas que hoy dominan las plataformas. Pueden convertirse también en instrumentos de organización, creatividad y participación democrática, siempre que exista una comunidad dispuesta a apropiárselas y darles sentido político.

¡Bora Lula! ¡Bora povo brasileiro!

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