Cómo pensar los medios cuando deforman lo real
Medianálisis es una mirada crítica a la maquinaria informativa contemporánea, un conjunto de ensayos breves en el que Francisco Sierra Caballero interpela las lógicas de producción informativa, denuncia las derivas del sistema mediático contemporáneo y propone mecanismos para recuperar un periodismo plural, democrático y con responsabilidad social.
Medianálisis es un libro de reflexiones ensayísticas en forma de textos breves sobre los problemas más acuciantes de la esfera pública contemporánea, en especial aquellos vinculados a las dinámicas de información/desinformación y manipulación/propaganda que distorsionan el paisaje periodístico actual.
El hecho de que cada uno de estos pequeños ensayos fuera concebido originalmente como artículo de prensa para distintos medios escritos revela en el autor una voluntad explícita de conectar de manera directa con la ciudadanía, más allá de los canales, discursos y rituales propios de la Academia. Algo, sin duda, digno de reconocimiento. Es urgente que la investigación académica salga al espacio público y se haga accesible para la gente común, particularmente en el ámbito de la teoría crítica de los medios masivos.
Sin duda, ese es el gran valor de esta colección de intervenciones sobre problemas reales que afectan a la galaxia mediática y a la forma en que se narran los acontecimientos de interés social. Porque decir que estas páginas interpelan constantemente la acción de los medios en el presente implica reconocer que abren una brecha crítica desde la cual se hacen visibles las costuras del sistema que fabrica la imagen que la ciudadanía tiene de la realidad social y del mal llamado «sentido común». Por ello, quizá una afirmación deslizada por Sierra en el primer texto, «Black Mirror», condensa la intención y el alcance de Medianálisis: «Qué ocurre cuando no podemos ver, o cuando vemos lo que no es, en verdad, lo que acontece».

Los textos reunidos buscan precisamente desvelar el acontecimiento de actualidad oculto o enmascarado por los medios. Desde el caso de Julian Assange y su impacto en las políticas que pretenden frenar la nueva información democratizadora, hasta los problemas de los enfoques institucionales sobre la radio y televisión pública; pasando por la conversión de la información en mercancía y, por lo tanto, la perversión de su carácter formador, dado que los medios de comunicación no son otra cosa que «medios de representación y de producción de la realidad».
A pesar de que, por lo dicho hasta aquí, pudiera parecer que Medianálisis se presenta como un tratado abstracto de pensamiento crítico, ocurre exactamente lo contrario. Aquí desfilan análisis sobre la capacidad de la empresa comunicativa para contribuir —o armar, según el caso— golpes de Estado blandos, así como sobre su papel determinante en la fabricación de estados de opinión que posibilitan o justifican actuaciones políticas antidemocráticas.
Pero Medianálisis no se limita a la crítica y la denuncia: también aporta propuestas. Entre ellas, regular la economía social de la comunicación, crear organismos de participación democrática como un Consejo de Participación Ciudadana, reforzar el ethos humanista en las empresas informativas y las industrias culturales —pues sin un rearme ético el futuro del periodismo se vuelve sombrío—, e impulsar el debate entre profesionales, académicos, poderes públicos y ciudadanía. Y, en el caso de los medios públicos, pensar de qué manera deben articularse con un proyecto real de país democrático, plural y popular.
Los debates en torno a la posverdad y las fake news no solo están presentes en Medianálisis: constituyen, más bien, su impulso básico, porque han generado en la galaxia mediática un estado de cosas que exige una mirada crítica sobre lo que acontece en el flujo informativo.
Tal vez el desprecio por la realidad en favor de una imagen deformada por el espectáculo integrado —como diría Guy Debord, ampliamente citado en el libro— sea uno de los problemas culturales más urgentes de las sociedades contemporáneas. La frase con la que Sierra cierra el artículo «Trumpantojos» es reveladora: «transformar la lucha de clases en lucha de frases», reveladora no solo del dispositivo comunicativo del trumpismo, sino del efecto que esa espectacularización deformante tiene sobre la percepción de lo real. Ciertamente, con frecuencia no importa lo verdadero o razonable de un debate, sino quién sostiene el relato más seductor. Es habitual oír en radio, televisión o prensa que lo crucial para alcanzar o conservar el poder es ganar «la lucha por el relato»; es decir, que no importa lo que es o no es, sino lo que seamos capaces de construir retóricamente para convencer a los demás de lo que favorece nuestros intereses. Que el periodismo participe de ese juego peligroso solo puede dejarlo sin capital simbólico: sin efectivo, sin crédito y sin reputación.
Los asuntos de interés no se agotan allí: aparecen reflexiones sobre la diversidad y su representación mediática; sobre las dinámicas de glocalización —el reforzamiento de localismos como respuesta a una globalización que ha vuelto extraño el mundo cotidiano para la mayoría—; sobre la estética de lo vulgar; sobre los «opinadores a sueldo» o antiperiodistas que saturan radios, televisiones y columnas de opinión; o sobre la necesidad de construir un proyecto de independencia comunicativa de la Unión Europea frente al imperio mediático estadounidense.
Sin las instituciones que modelan el imaginario social no hay posibilidad de avances democráticos, sociales y participativos, ni posibilidad de una mejor calidad de vida para el conjunto de la ciudadanía. Por ello, todos los temas abordados en Medianálisis terminan reclamando, de un modo u otro, ética social y responsabilidad política en las empresas mediáticas, así como la instauración de un periodismo plural y veraz, independiente de los intereses económicos de sus accionistas. No puede distinguirse entre periodismo público y periodismo privado: no hay dos periodismos, existe solo uno, el que busca la verdad y la cuenta. Su instrumentalización política o empresarial destruye el periodismo mismo y lo convierte en propaganda encubierta, la peor de todas, porque el ciudadano medio no la percibe como tal, sino como información «verdadera» por su procedencia. Como señalaron Noam Chomsky y Edward S. Herman en Los guardianes de la libertad (1988), los medios fabrican el consenso —o, mejor dicho, el «consentimiento»— en torno a la imagen de «lo que debe ser», que no es sino aquello que favorece a las élites del poder económico capitalista. Frente a esta situación, Sierra propone un debate entre profesionales, académicos, poderes públicos y ciudadanía, así como la defensa de leyes que regulen la comunicación. No se trata de censura ideológica, sino de proteger el servicio social y la especificidad de cada discurso mediático; de garantizar, por ejemplo, que el periodismo siga siendo periodismo.
Las herencias intelectuales que atraviesan Medianálisis son significativas —Guy Debord y los situacionistas, la Escuela de Frankfurt, los postestructuralistas Michel Foucault y Gilles Deleuze, marxistas heterodoxos como Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Fredric Jameson o Scott Lash, analistas críticos como Jacques Rancière o el reciente premio Princesa de Asturias Byung-Chul Han—, porque esta colección de textos se inscribe en la tradición de la Teoría Crítica de la Cultura. Una perspectiva que no se conforma con describir un estado de cosas cultural —en este caso, el producido por la actividad de los medios masivos—, sino que enfrenta su análisis con el propósito de encontrar líneas de fuga que permitan redibujar un horizonte social progresista y construir una vida mejor, más justa y más libre. No dejemos, advierte Sierra, que la derecha se apropie de la palabra libertad para vaciarla de contenido.
Sierra practica lo que propone: con Medianálisis busca precisamente provocar, impulsar y participar activamente en ese debate entre académicos, profesionales, poderes públicos y ciudadanía sobre cómo construir una galaxia mediática verdaderamente democrática en tiempos en los que el poder ha decidido desmontarla. Porque, en sus palabras, «el cambio de paradigma que vivimos plantea, sin duda, retos estructurales de la política de representación», y esos desafíos solo pueden abordarse, como todo lo que concierne a la vida social, en común.
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