Trump invade, la prensa edulcora: cuando la guerra se vuelve «operación»
Leímos este análisis de Adam Johnson en The Intercept (Brasil) y nos pareció oportuno compartirlo con los lectores de Esfera: pone en evidencia cómo la prensa estadounidense adopta el lenguaje del poder y transforma una invasión en una simple «operación». Es decir, convierte la agresión militar en lenguaje administrativo.
¿Qué tendría que hacer Donald Trump para que la prensa estadounidense se anime a llamar «guerra» a lo que hace en Venezuela? La pregunta, lejos de ser retórica, funciona como bisturí. De acuerdo con el informe elaborado por Adam Johnson, la respuesta no está en los hechos —que son contundentes— sino en el marco narrativo que los grandes medios deciden adoptar.
En los últimos meses, la administración Trump acumuló acciones que, bajo cualquier manual básico de derecho internacional, constituyen agresiones abiertas: asesinatos de civiles, incautación de buques, robo de recursos, bloqueo naval y ataques a infraestructura estratégica. El punto de inflexión llegó con la invasión directa a territorio venezolano, el bombardeo de edificios, decenas de muertos y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, seguido del anuncio de que Estados Unidos «comandaría» el país. Nada de eso, subraya Johnson, fue presentado de manera consistente como invasión, golpe de Estado o acto de guerra.
Por el contrario, la maquinaria mediática se activó para suavizar. CBS habló de «escalada», el Wall Street Journal de «campaña de presión» y CNN redujo la ofensiva a una «operación» policial contra el narcotráfico. El léxico no fue un detalle: fue el corazón del encuadre. Nombrar distinto permitió despolitizar la violencia y desactivar cualquier discusión sobre legalidad internacional.
Ese mismo reflejo apareció en la cobertura previa, cuando medios como The New York Times y CNN justificaron la incautación de petroleros venezolanos apelando a supuestas «sanciones internacionales» que, en rigor, no existen. Son sanciones estadounidenses, unilaterales, convertidas por arte periodístico en norma global. El Times incluso citó a un experto que invocó la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar, omitiendo un detalle clave: Estados Unidos nunca firmó ese tratado. La necesidad de ofrecer un barniz jurídico terminó reemplazando al derecho internacional real por la voluntad del más fuerte.
El patrón se repitió con la llamada «flotilla en la sombra» venezolana, descrita como una maniobra clandestina cuando, en realidad, solo es «ilegal» desde la perspectiva de Washington. Johnson recuerda una obviedad sistemáticamente omitida: ningún país está obligado a cumplir la ley interna de otro. Venezuela no viola el derecho internacional por comerciar su petróleo ni por resistir la piratería económica estadounidense. Pero ese dato rara vez encontró espacio en la cobertura dominante.
Tras la invasión, el marco pseudolegal se volvió insostenible. Bombardeos, muertos y un jefe de Estado secuestrado fueron narrados como una «captura» o un «arresto», términos reservados a criminales, pese a que solo uno de los 193 Estados miembros de la ONU —Estados Unidos— emitió una orden contra Maduro. A diferencia de otros escenarios, las palabras «guerra», «invasión» o «golpe de Estado» brillaron por su ausencia.
La comparación es inevitable. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, los mismos medios rechazaron los eufemismos de Vladimir Putin y llamaron a las cosas por su nombre. Aquí ocurrió lo inverso. No por incapacidad profesional, sino por decisión editorial. La prensa demostró que sabe usar un lenguaje claro… cuando el agresor es otro.
Hubo excepciones, sobre todo en columnas de opinión. Incluso el consejo editorial del New York Times calificó la acción como «ilegal e imprudente» y habló explícitamente de «acto de guerra». Pero ese lenguaje no permeó la cobertura informativa. En paralelo, medios como el Washington Post llegaron a elogiar la ofensiva como un «éxito táctico», mientras entrevistas complacientes reforzaban la narrativa oficial.
El resultado, concluye Johnson, es un periodismo que funciona como transcriptor del poder. Trump no invade: «presiona». No secuestra: «captura». No hace la guerra: lanza «operaciones». Cada palabra limpia la escena y construye una ilusión de legalidad donde solo hay fuerza bruta. Los eufemismos no son neutrales: son decisiones políticas. Y cuando los medios adoptan el lenguaje del gobierno para describir una agresión militar contra un país soberano, dejan de informar para empezar a justificar. El problema no es semántico; es político.
LEÉ TAMBIÉN

Guerra de mentiras
POR ESFERA REDACCIÓN | Según el análisis elaborado por Damián Verduga en Tiempo Argentino, la desinformación ya no es un daño colateral de los conflictos internacionales, sino una herramienta central de la política exterior estadounidense: una maquinaria de repetición capaz de convertir falsedades en verdades operativas y justificar sanciones, intervenciones y violencia en nombre de la «seguridad nacional».

La tecnología autoritaria que reconfigura al Estado
POR ESFERA REDACCIÓN | Un nuevo tipo de poder se expande sobre los Estados sin necesidad de golpes palaciegos ni triunfos electorales: avanza incrustándose en la infraestructura que sostiene la vida pública. Plataformas de datos, constelaciones satelitales, redes de drones y modelos de inteligencia artificial se transforman en engranajes decisivos de gobiernos que ya no pueden funcionar sin ellos. Lo que está en juego no es sólo la dependencia tecnológica, sino la redefinición misma de la soberanía. Esta lectura surge de un artículo publicado en Le Monde diplomatique escrito por Francesca Bria, experta y asesora en políticas de digitalización y tecnologías de la información.

