Argentina 2027: ¿Y si las elecciones ya no se definieran solamente en las urnas?
Las nuevas disputas por el poder ya no se libran únicamente en los actos de campaña ni en los medios tradicionales. Algoritmos, plataformas digitales y microsegmentación de votantes redefinen la competencia electoral. Un análisis sobre el nuevo escenario geopolítico y tecnológico que interpela a la Argentina de cara a 2027.

Alfredo Moreno
Computador Científico. Profesor TIC en la Universidad Nacional de Moreno (UNM). Integrante de la Red de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad (Placts).
Lo que cambió no es la intención de intervenir sobre los procesos democráticos, sino la escala, los instrumentos, la velocidad y la concentración del poder tecnodigital. Hoy, los procesos electorales enfrentan una amenaza creciente de intervenciones tecnológicas transnacionales. Las urnas ya no constituyen el objetivo principal, sino la última instancia de un proceso de hacking electoral que resulta urgente comprender para defender las democracias. En ese escenario, América Latina ocupa un lugar central en la estrategia geopolítica de Estados Unidos.
Las inversiones que llegarán a la Argentina, favorecidas por el Súper RIGI y la creciente extranjerización de las tierras, requieren continuidad política y seguridad jurídica más allá de 2027.
Peter Thiel, el «nuevo rey de la Patagonia», no llega únicamente por negocios. También viene a disputar el escenario electoral del próximo año para garantizar la estabilidad política que necesitan sus inversiones. En ese esquema, un actor central es Gotham, la plataforma de análisis y cruzamiento de datos desarrollada por Palantir, que el Gobierno argentino pondrá a disposición para el perfilado y la segmentación psicográfica de los ciudadanos mediante la construcción del denominado «gemelo social argentino».
El tablero de estos «inversores» se completa con los especuladores financieros vinculados al capital cripto y a fondos de inversión que buscan escapar de las regulaciones vigentes en Estados Unidos y Europa.
Estas inversiones de los nuevos tecnofeudales no desembarcan en México o Brasil, países que —según proyecciones de Goldman Sachs para 2075— figuran entre las economías con mayor desarrollo esperado. No buscan mercados cuyos gobiernos ejerzan una regulación democrática firme. Necesitan un Estado que facilite sus proyectos, un aliado anarcolibertario y poshumanista. Ese aliado lo encontraron en la Argentina de Javier Milei. El «tecnobróder» presidente impulsa un marco legal favorable para ciudades tecnológicas desreguladas y fuera del alcance de buena parte de la carga impositiva.
El poshumanismo de Milei lo ubicó en el centro de una convergencia internacional con las extremas derechas blancas. Mientras el humanismo sitúa al ser humano en el centro de los procesos democráticos, el poshumanismo desplaza ese eje hacia la tecnología digital y la automatización. La ecuación se invierte: el ser humano deja de ser el sujeto y pasa a convertirse en el «gemelo digital» de un dispositivo tecnofeudal.
El individuo aparece entonces como una vida susceptible de ser optimizada mediante algoritmos y datos. La convergencia entre biotecnología e inteligencia artificial promete perfeccionar los procesos biológicos. Ese es el núcleo conceptual del poshumanismo que inspira las ideas de Milei y de los empresarios tecnológicos que desembarcarán en la Argentina al amparo del Súper RIGI.
Respaldado por Estados Unidos, el gobierno de Milei se ha convertido en un modelo de alineamiento para las ultraderechas emergentes de la región. En ese marco, el ingreso de la Argentina a la alianza Pax Silica constituye un antecedente que merece atención.
Este nuevo orden geopolítico busca asegurar el control de la cadena global de suministro de semiconductores, microchips e infraestructura para inteligencia artificial bajo el eje Estados Unidos-Israel. A partir de alianzas bilaterales y multilaterales subordinadas a esa agenda internacional, el objetivo consiste en consolidar la influencia sobre América Latina y desplazar a China de la región.
Con esa incorporación, la derecha argentina ejecuta una mutación de carácter soberano. No se trata únicamente de una nueva entrega de recursos ni de una configuración política transitoria. El diseño institucional aparece blindado para dificultar cualquier reversión futura. El problema no reside solamente en la cesión de activos estratégicos, sino en los candados jurídicos, políticos y financieros destinados a impedir que un próximo gobierno recupere lo cedido sin afrontar costos extraordinarios.
Una sociedad que entrega sus datos, su enojo y su voto sin hacerse preguntas no está siendo conquistada: está aprendiendo a convivir con su propio deterioro democrático. Por eso, la incógnita de 2027 ya no pasa solamente por quién tendrá el mejor candidato, sino por quién comprenderá mejor los códigos algorítmicos que organizan la disputa política.
Frente a este escenario, el arco democrático argentino, con eje en el Congreso Nacional, debería promover un debate público amplio que garantice la transparencia de todo el proceso electoral.
Los nuevos modos de intervención colonial
Desde octubre de 2025, la estrategia impulsada por Donald Trump para intervenir en los procesos electorales de la región ha cosechado victorias sucesivas. Desde Javier Milei hasta José Antonio Kast, Paz Pereira, Nayib Bukele, Keiko Fujimori o Abelardo de la Espriella, el mapa político latinoamericano comienza a teñirse con los colores de una extrema derecha alineada con las políticas trumpistas.
Para alcanzar esos triunfos, el presidente estadounidense continúa utilizando herramientas conocidas —chantaje, amenazas, sobornos y presiones diplomáticas—, aunque perfeccionadas por las nuevas condiciones tecnológicas. Sin embargo, esos instrumentos no alcanzan para explicar cambios abruptos en el comportamiento electoral, como ocurrió recientemente en Colombia.
Las encuestas otorgaban a Iván Cepeda, candidato respaldado por Gustavo Petro, una ventaja superior a los diez puntos sobre Abelardo de la Espriella. Sin embargo, en la primera vuelta este último obtuvo el 43,7 % de los votos frente al 40,9 % de Cepeda. En el balotaje la diferencia se redujo a apenas el 0,96 %, pero De la Espriella terminó imponiéndose.
Tratamiento de datos y producción del miedo
El escritor, sociólogo y analista político italiano Giuliano da Empoli resume este cambio de época con una fórmula elocuente: si para Lenin el comunismo era «los sóviets más la electricidad», la nueva política se explica como «la ira más el algoritmo».
Los estrategas de la comunicación política y de la guerra cognitiva practican una suerte de fracking emocional. Perforan cada nicho de malestar social, identifican los distintos tipos de enojo y construyen mayorías a partir de esos resentimientos. Son grupos que rara vez interactúan entre sí, pero que terminan convergiendo en las urnas.
Días después de la primera vuelta colombiana, Trump hizo explícito su respaldo a Abelardo de la Espriella: «Debido a sus enormes logros en la vida y a su apoyo político hacia mí, personalmente, es un honor para mí darle mi respaldo completo y total. Abelardo se postula contra un marxista de izquierda radical».
No fue un hecho aislado. Trump también intervino activamente en las elecciones legislativas argentinas de octubre de 2025 mediante un respaldo político y económico explícito a Javier Milei. Antes de los comicios lanzó advertencias sobre el futuro de la relación bilateral y condicionó la ayuda financiera de su administración al resultado electoral. Tras la victoria oficialista, celebró el resultado y llegó a atribuirse parte del triunfo.
Los sistemas de recomendación de plataformas como X, Instagram, Facebook y TikTok no priorizan la verdad ni la moderación. Su lógica consiste en maximizar la interacción y retener la atención del usuario.
Los mensajes que despiertan rabia, miedo o indignación son procesados con mayor rapidez por el cerebro y generan más comentarios, compartidos y reacciones. Esa dinámica convierte a las plataformas en verdaderos motores de enojo, capaces de ofrecer a cada usuario un flujo permanente de contenidos diseñados para mantenerlo emocionalmente activado.
Este funcionamiento modificó profundamente la comunicación política. Durante décadas, los partidos buscaron construir consensos amplios; hoy, la lógica algorítmica favorece estrategias centrífugas que exacerban las pasiones, fragmentan el espacio público y multiplican los enemigos. Las plataformas no inventan el enojo social, pero sí lo detectan, lo amplifican y lo utilizan como materia prima para organizar la disputa política.
En consecuencia, el objetivo central de la comunicación digital ya no consiste en debatir ideas. Los estrategas saben que la atención se conquista apelando a emociones primarias. La euforia fortalece la pertenencia, el fanatismo y el endiosamiento. La furia, en cambio, moviliza, polariza y facilita la construcción de adversarios absolutos.
En la sociedad digital, las campañas electorales ya no se organizan únicamente a partir de variables demográficas. Hoy se estructuran mediante la inferencia de rasgos psicológicos obtenidos del comportamiento cotidiano de millones de usuarios. La propaganda política dejó de apostar al alcance masivo para concentrarse en la personalización extrema.
Ese desplazamiento conduce al microtargeting, una técnica que combina big data y analítica avanzada para enviar mensajes altamente personalizados a segmentos muy específicos del electorado.
Su funcionamiento puede resumirse en tres etapas.
La primera es el perfilado. Consiste en recopilar información sobre la actividad digital de cada persona —«me gusta», publicaciones, comentarios, búsquedas, contactos o hábitos de navegación— para construir una base de datos cada vez más precisa.
La segunda etapa corresponde a la segmentación psicográfica. A partir de esa información se identifican perfiles emocionales y conductuales, sobre los cuales se diseñan mensajes específicos utilizando herramientas provenientes de la psicología, la neurociencia y la ciencia de datos.
Finalmente, llega el ciclo de persuasión. Los mensajes se distribuyen de manera personalizada aprovechando los algoritmos de cada plataforma. Los perfiles ya no están definidos por el barrio donde viven, la edad o la profesión, sino por patrones de comportamiento compartidos. Por eso, cada usuario recibe contenidos diferentes en su Facebook, Instagram, TikTok o X. La fortaleza del sistema reside precisamente en esa invisibilidad: cada persona cree estar viendo información espontánea cuando, en realidad, recibe mensajes diseñados específicamente para su perfil.
Este mecanismo permite incluso enviar mensajes contradictorios a distintos sectores sociales sin que unos conozcan lo que reciben los otros. Se pueden prometer mayores beneficios sociales a los trabajadores y, al mismo tiempo, garantizar desregulación económica a los empresarios. En muchos casos ni siquiera aparecen el candidato o el partido político. El objetivo puede no ser conquistar un voto, sino desalentar el del adversario.
En este nuevo paradigma, la propaganda resulta eficaz precisamente porque no parece propaganda.
Cuando un ciudadano percibe que intentan convencerlo, activa de inmediato mecanismos de defensa. Por eso la comunicación llega desde «personas como nosotros», más que desde dirigentes o instituciones. La identificación reemplaza progresivamente a la persuasión racional. Las historias desplazan a las consignas; las emociones, a los argumentos.
Como sintetiza El mago del Kremlin, la fórmula termina siendo extraordinariamente simple: «Solo necesitamos algo que los vuelva locos y algo que los encolerice». El desafío ya no consiste en pensar, sino en reaccionar.
En la etapa de perfilado de datos, el gobierno de Milei ya estableció acuerdos de interés mutuo con Palantir. La disponibilidad de información sobre los ciudadanos constituye un insumo estratégico para construir bases de datos destinadas a la segmentación psicográfica. La fase de persuasión, por su parte, parece haber comenzado con el respaldo de Trump y de los tecnobróders de Silicon Valley. A ello se suman los acuerdos alcanzados con el gobierno de Benjamín Netanyahu, desarrollados en el análisis anterior sobre las elecciones de 2027.
Recuperar el pensamiento crítico
Frente a este tipo de guerra cognitiva digital, la primera defensa consiste en fortalecer el pensamiento crítico y la alfabetización mediática. Resulta indispensable impedir que emociones primarias como el miedo o la ira sustituyan al juicio reflexivo y alimenten la circulación de desinformación. La primera recomendación es sencilla: no compartir contenidos de manera impulsiva.
Las operaciones cognitivas buscan precisamente provocar respuestas automáticas. Por eso conviene detenerse, verificar las fuentes y reducir la capacidad de propagación de las campañas de influencia. Antes de considerar verdadero un contenido —especialmente si se trata de imágenes o videos— es recomendable contrastarlo con medios confiables y plataformas especializadas en verificación de datos.
También resulta fundamental diversificar las fuentes de información y evitar quedar atrapados en las llamadas «burbujas de filtros» o cámaras de eco, donde los algoritmos muestran únicamente contenidos que refuerzan nuestras propias creencias y sesgos.
Desde esta perspectiva, la discontinuidad política en las elecciones de 2027 aparece presentada como una condición necesaria para interrumpir el actual proceso de cesión de soberanía. Ese objetivo —sostiene el autor— solo podría alcanzarse mediante una amplia participación ciudadana.
La dignidad que, según esta mirada, simbolizó la Scaloneta aparece finalmente como una referencia identitaria capaz de inspirar un nuevo proyecto colectivo para la Argentina.

