La política como gestión del relato: entre la ficción económica y la guerra comunicacional
En el escenario contemporáneo —tanto en la Argentina como en el sistema internacional— la disputa política ha dejado de organizarse únicamente en torno a resultados materiales para desplazarse hacia la administración de percepciones. La economía y la guerra, tradicionalmente ancladas en hechos verificables, aparecen cada vez más mediadas por narrativas que no describen la realidad, sino que buscan producirla. Las piezas de Pablo Tigani en La Política Online y de Mariano Gallego en Página/12 permiten leer este fenómeno como un proceso estructural: la consolidación de un orden donde la gobernabilidad —nacional o global— depende de la eficacia del relato más que de la consistencia de los hechos.
El texto de Pablo Tigani identifica un desplazamiento central en la política económica argentina: la erosión de un piso común de verdad que permita sostener el debate democrático. Su hipótesis es contundente: el oficialismo no busca describir la realidad económica sino organizar el marco interpretativo desde el cual esa realidad es leída. «Bajo este modelo, el poder político no se limita a gestionar variables económicas, sino que interviene activamente en la construcción de los marcos cognitivos mediante los cuales la sociedad interpreta dichas variables», afirma Tigani.
Apoyado en la tradición de Hannah Arendt, Tigani sostiene que las sociedades pueden convivir con narrativas cuestionadas si estas logran coherencia interna. En ese marco, el discurso del gobierno de Javier Milei —con intervenciones como las del ministro Luis Caputo— exhibe tres rasgos: uso selectivo de indicadores, apelación a una legitimidad moral o trascendente y amplificación algorítmica en ecosistemas afines.
La tesis fuerte del autor radica en que los indicadores dejan de ser instrumentos de medición para convertirse en artefactos narrativos. La economía se transforma así en una «ficción operativa»: un sistema donde la estabilidad política descansa en la gestión simbólica de expectativas más que en resultados verificables.
Tigani inscribe esta lógica en una tradición teórica más amplia. Desde los aportes de Karen Ho hasta Michel Callon, pasando por la narrativa cultural de Wall Street retratada por Michael Lewis, el texto sugiere que los mercados no solo responden a datos: son producidos por relatos que legitiman prácticas y jerarquías. En ese sentido, la «economía de la ficción» no es una anomalía local, sino una manifestación extrema de una lógica global.
Mercados, guerra y hegemonía del relato
La columna de Mariano Gallego en Página/12 desplaza el foco hacia el plano internacional, pero converge en un diagnóstico similar: la centralidad de la comunicación en la dinámica económica. Su argumento parte de la «Revolución Financiera» para mostrar cómo los mercados se estructuran en torno a expectativas y estados de ánimo más que a la producción material.
La política ya no se juega solo en los hechos, sino en el control del relato. Dos miradas —Pablo Tigani y Mariano Gallego— convergen en un diagnóstico: la economía y la guerra se narran antes de verificarse. Entre indicadores convertidos en ficción y mercados que reaccionan a proclamas, la pregunta ya no es qué ocurre, sino quién logra imponer su versión de la realidad.
La hipótesis fuerte aquí es que, en contextos críticos como la guerra, la narrativa puede independizarse por completo de los hechos. La figura de Donald Trump funciona como ejemplo paradigmático: sus proclamas —«estamos ganando», «estamos negociando»— no buscan describir el conflicto sino estabilizar al mercado, aun cuando contradigan la realidad bélica.
Gallego refuerza esta idea con un antecedente histórico: la maniobra de Nathan Rothschild tras Waterloo, donde la ventaja no residió en el resultado de la batalla sino en la anticipación informativa. La lección es clara: en el capitalismo financiero, la gestión del tiempo narrativo vale más que el hecho en sí.
El texto introduce además una dimensión crítica: el mercado, lejos de ser un espacio neutral, es un ámbito profundamente ideológico. Reacciona «de forma incondicional» a los relatos dominantes, incluso cuando existen evidencias que los contradicen. Esta desconexión entre finanzas y economía real produce distorsiones que, cuando se corrigen, lo hacen de manera abrupta y violenta.
Entre la economía y la guerra: la autonomía del relato
Leídas en conjunto, ambas piezas configuran un mapa donde la narrativa aparece como infraestructura central del poder. En Tigani, la ficción organiza la gobernabilidad interna; en Gallego, estabiliza un sistema financiero global atravesado por conflictos. En ambos casos, el relato no es accesorio: es constitutivo.
La convergencia es nítida: tanto el discurso económico argentino como la comunicación geopolítica estadounidense operan sobre la misma lógica —la producción de realidad mediante la palabra—. La diferencia radica en la escala, no en el mecanismo.
Esta articulación revela una dinámica estructural: la creciente autonomía del plano simbólico respecto de los hechos materiales. Sin embargo, ambos autores coinciden en un límite: la realidad —sea la economía doméstica o la «economía real» global— termina por reimponerse. La cuestión abierta no es si esa convergencia ocurrirá, sino bajo qué condiciones y con qué costos sociales e institucionales.
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