La política como gestión del relato: entre la ficción económica y la guerra comunicacional

En el escenario contemporáneo —tanto en la Argentina como en el sistema internacional— la disputa política ha dejado de organizarse únicamente en torno a resultados materiales para desplazarse hacia la administración de percepciones. La economía y la guerra, tradicionalmente ancladas en hechos verificables, aparecen cada vez más mediadas por narrativas que no describen la realidad, sino que buscan producirla. Las piezas de Pablo Tigani en La Política Online y de Mariano Gallego en Página/12 permiten leer este fenómeno como un proceso estructural: la consolidación de un orden donde la gobernabilidad —nacional o global— depende de la eficacia del relato más que de la consistencia de los hechos.

La política ya no se juega solo en los hechos, sino en el control del relato. Dos miradas —Pablo Tigani y Mariano Gallego— convergen en un diagnóstico: la economía y la guerra se narran antes de verificarse. Entre indicadores convertidos en ficción y mercados que reaccionan a proclamas, la pregunta ya no es qué ocurre, sino quién logra imponer su versión de la realidad.


El 24 de marzo y la disputa por los valores

A propósito de la movilización del 24 de marzo, el consultor y analista político Hugo Haime plantea en su clumna de Perfil que la multitud también le demanda a la oposición el desafío de construir una alternativa. Para Haime el 24 de marzo volvió a confirmar que la memoria en Argentina no es un ritual vacío sino un territorio en disputa. La masiva movilización reafirmó el consenso democrático construido desde 1983, mientras el Gobierno optó por una estrategia que oscila entre el silencio y la relativización del terrorismo de Estado. Ese contraste no es menor: pone en evidencia que el sentido de la historia reciente sigue siendo un campo de batalla político.

Las distintas lecturas sobre el golpe de 1976 conviven y, en tensión, delimitan el debate. Desde enfoques institucionales hasta perspectivas de derechos humanos o militantes, hay matices sobre causas y contextos, pero persiste un núcleo duro: la ilegitimidad del golpe y la responsabilidad indelegable del Estado en los crímenes cometidos. Ese piso ético, consolidado incluso en el Juicio a las Juntas, es lo que hoy aparece interpelado.

En ese marco, el peronismo vuelve a ser un actor central y contradictorio: víctima, protagonista de conflictos internos previos al golpe y, a la vez, pieza clave en la reconstrucción democrática y en la institucionalización de las políticas de memoria desde 2003. La discusión sobre su pasado es también una disputa por su identidad presente.

Pero el debate no se agota en la historia. El intento oficial de relectura ocurre en simultáneo con dificultades económicas persistentes y cuestionamientos éticos que debilitan su autoridad para dar esa batalla simbólica. Así, el 24 de marzo no solo interpela al Gobierno: también obliga a la oposición a construir una alternativa sólida, capaz de defender consensos básicos sin quedar atrapada en la pura reacción. La multitud, en definitiva, no solo recuerda: también exige futuro.

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