De la India a Gaza: revueltas juveniles y la lucha por un futuro mejor
La expansión de las revueltas juveniles, desde la India hasta Palestina, permite pensar una nueva política de la solidaridad frente al avance del autoritarismo, el colonialismo y la violencia global. Una reflexión que vincula cultura, resistencia y organización colectiva como horizonte para disputar el futuro.
Henry Giroux
Crítico cultural y uno de los teóricos fundadores de la pedagogía crítica en Estados Unidos. Conocido por sus trabajos en pedagogía, estudios culturales y medios de comunicación. Su obra ilustra un número de tradiciones teóricas que se extienden desde Marx hasta Paulo Freire y Zygmunt Bauman.
El histórico llamado de Marx y Engels a la unidad de los trabajadores reaparece hoy bajo una nueva forma: son los jóvenes quienes están llamados a convertirse en el sujeto político capaz de disputar el rumbo del mundo. En una época marcada por el cinismo, la desigualdad, la precarización y la normalización de la violencia, la solidaridad deja de ser un sentimiento privado para transformarse en una práctica colectiva capaz de reconstruir vínculos, enfrentar el aislamiento y convertir la indignación en organización.
Ese amor militante no remite al sentimentalismo sino a una ética pública que rechaza el racismo, el colonialismo y toda forma de deshumanización. Supone comprender que ninguna libertad individual puede sostenerse mientras millones de personas sean convertidas en vidas descartables. En un escenario donde la guerra y la violencia estatal ya no aparecen como excepciones sino como parte del funcionamiento habitual del sistema, la resistencia exige organización y acción colectiva.
Las protestas protagonizadas por jóvenes en la India muestran cómo la cultura puede convertirse en un terreno decisivo de disputa política. Lo que comenzó con un insulto —la comparación de estudiantes desempleados con «cucarachas»— terminó transformándose en un movimiento de masas que utilizó memes, videos y redes sociales para construir una esfera pública alternativa, romper el monopolio narrativo del gobierno y llevar la protesta desde las pantallas hasta las calles. Esa experiencia demuestra que las tecnologías digitales no pertenecen necesariamente al poder: también pueden ser apropiadas por quienes buscan democratizar la política.
La principal enseñanza del movimiento indio no reside únicamente en sus logros inmediatos, sino en haber demostrado que la cultura es uno de los espacios donde se construyen las identidades políticas, se organiza la indignación y se vuelve imaginable otro futuro. Allí donde el poder fabrica consenso mediante imágenes y relatos, también pueden producirse nuevas formas de solidaridad capaces de desafiar el sentido común dominante.
Esa experiencia adquiere una dimensión global cuando se observa lo que ocurre en Palestina. Gaza y Cisjordania representan hoy la expresión más brutal de una lógica colonial que combina ocupación militar, desplazamiento forzado, expansión territorial y destrucción sistemática de comunidades enteras. La violencia ya no puede interpretarse como una sucesión de episodios aislados: forma parte de un orden internacional en el que el capitalismo neoliberal, el militarismo y el autoritarismo convergen para producir poblaciones consideradas prescindibles.
La complicidad de gobiernos occidentales, universidades, grandes medios de comunicación y corporaciones convierte esa violencia en un fenómeno estructural. El silencio deja entonces de ser neutralidad para transformarse en una forma de colaboración política. La normalización del genocidio no sólo amenaza al pueblo palestino: anticipa el tipo de sociedad hacia el que avanzan democracias cada vez más autoritarias.
Las rebeliones juveniles que han surgido en la India, Bangladesh, Nepal, Madagascar, Kenia y otros países expresan una misma realidad. Detrás de sus demandas particulares aparece una generación que descubrió que el sistema económico ya no puede ofrecerle un horizonte de estabilidad. Millones de jóvenes siguieron el camino prometido —estudiar, capacitarse, competir— para descubrir finalmente empleos precarios, plataformas digitales o directamente la exclusión laboral.
Esa frustración compartida explica por qué movimientos tan diferentes terminan encontrando formas semejantes de organización. Sin liderazgos tradicionales, apoyados en redes digitales y profundamente desconfiados de las élites políticas, logran convertir la comunicación en acción colectiva y la protesta local en inspiración internacional.
Sin embargo, la energía inicial no basta. La movilización digital necesita transformarse en organizaciones estables, alianzas con trabajadores, docentes, artistas, periodistas y movimientos sociales capaces de sostener la lucha en el tiempo. Las plataformas pueden amplificar la protesta, pero sólo la organización convierte esa visibilidad en poder político.
La batalla decisiva es también cultural. Algoritmos, imágenes, redes sociales y espectáculos mediáticos constituyen hoy formas de ejercicio del poder. Recuperar ese espacio significa construir una pedagogía democrática capaz de disputar imaginarios, desmontar la propaganda y volver posible aquello que el orden dominante presenta como imposible.
La responsabilidad, sin embargo, no recae únicamente sobre los jóvenes. Sus luchas ofrecen un camino para el conjunto de la sociedad. Frente a un mundo atravesado por guerras permanentes, colonialismo y violencia institucionalizada, la neutralidad deja de ser una posición aceptable. Lo que está en juego es la capacidad de construir un movimiento internacional suficientemente amplio como para convertir la solidaridad en una fuerza política capaz de enfrentar la maquinaria global de la guerra y abrir un futuro diferente.
Este artículo es una versión editada del ensayo From India to Gaza: Youth Revolts and the Struggle to Break Open the Future de Henry A. Giroux, publicado originalmente por Counterpunch.


