La mente humana, nuevo campo de batalla de la soberanía cognitiva

Las plataformas digitales y la inteligencia artificial disputan la atención, moldean hábitos y condicionan decisiones. Frente a esa concentración de poder, la soberanía cognitiva exige infraestructura tecnológica propia, pensamiento crítico y políticas públicas capaces de proteger la autonomía individual y colectiva. Una disputa que también compromete la cultura, la lengua y la democracia.

Computador Científico. Profesor TIC en la Universidad Nacional de Moreno (UNM). Integrante de la Red de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad (Placts).
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IDEAS CLAVE
- La soberanía cognitiva es una dimensión de la soberanía política. La capacidad de pensar, elegir y decidir con autonomía depende también de quién controla las infraestructuras, los algoritmos y los modelos de inteligencia artificial.
- La dependencia tecnológica tiene consecuencias económicas, culturales y democráticas. Utilizar sistemas desarrollados por terceros sin capacidad propia de producción y supervisión limita la autonomía de los Estados y expone a sus poblaciones a decisiones ajenas.
- El diseño de la inteligencia artificial condiciona el pensamiento. Los sistemas que privilegian la comodidad y la delegación pueden debilitar el esfuerzo cognitivo; otros diseños pueden incorporar mecanismos que estimulen la reflexión y el pensamiento crítico.
- América Latina necesita definir una estrategia propia. La alfabetización algorítmica, el desarrollo de capacidades tecnológicas, la cooperación internacional y la protección de los neuroderechos son componentes de una política orientada a preservar la autonomía individual y colectiva.
Cuando una persona, una comunidad o una nación puede gobernar sus propios pensamientos, su atención, sus decisiones y sus recursos mentales dispone de soberanía cognitiva. La disputa por el control que ejercen los algoritmos, la economía de la atención y la inteligencia artificial exige que los Estados protejan a sus poblaciones mediante normas, regulaciones y alfabetización algorítmica. El objetivo es limitar el poder de las plataformas tecnológicas y evitar que avasallen la autonomía cognitiva de las personas.
La falta de infraestructura propia y de control estatal sobre los grandes volúmenes de datos pone en riesgo la autonomía cultural y democrática de los países frente a las corporaciones tecnológicas.
La soberanía cognitiva implica preservar la capacidad de elegir con criterio propio qué consumir, qué pensar y qué decidir, en lugar de ceder esa potestad a los sistemas automatizados de recomendación o asumir acríticamente la información que las inteligencias artificiales generativas presentan como respuestas.
El contexto al que estamos expuestos varía según se trate de la inteligencia artificial, las interfaces cerebro-máquina y el análisis de la actividad cerebral o de los algoritmos de las redes sociales, los juegos en línea, las apuestas deportivas y las plataformas de video y música por demanda, diseñadas para captar y fidelizar nuestra atención.
Si nos concentramos en la inteligencia artificial y su gobernanza, la soberanía cognitiva puede definirse como la capacidad de un Estado para disponer de estructuras propias de desarrollo de inteligencia artificial y proteger a su población frente a cualquier acto de guerra cognitiva destinado a menoscabar su capacidad de razonamiento.
En este marco, la soberanía cognitiva parece quedar fuera del campo de comprensión de ciertos responsables políticos. Un ejemplo es el gemelo digital presentado a la sociedad argentina el 22 de mayo de 2026 como una herramienta basada en inteligencia artificial para simular escenarios sociales, anticipar impactos y optimizar el diseño de políticas públicas. El anuncio del Ministerio de Capital Humano sobre la integración de bases de datos estatales para desarrollar políticas predictivas puso sobre la mesa la cuestión del control estatal de estas tecnologías.
Salvo en contadas excepciones, la sociedad argentina y sus representantes políticos, gremiales y civiles todavía no parecen dimensionar lo que representa este intento de avanzar sobre la soberanía cognitiva. En última instancia, la cuestión es tan sencilla como decisiva: se trata de pensar por uno mismo o de que otros piensen por nosotros.
La brecha algorítmica expresa la desigualdad en la capacidad de comprender, cuestionar y controlar el funcionamiento de los algoritmos y de la inteligencia artificial. Sin regulaciones estatales, esta brecha va más allá del acceso a la tecnología: divide a quienes pueden discernir, verificar fuentes y aprovechar los sistemas automatizados de quienes quedan expuestos a sus efectos o marginados de sus beneficios. La falta de comprensión crítica marca la diferencia entre entender cómo opera un algoritmo y aceptar pasivamente lo que muestran las redes sociales o los buscadores.
Los modelos de datos utilizados para entrenar algoritmos también pueden reproducir prejuicios de género, raciales o socioeconómicos presentes en los datos de origen. El impacto, por lo tanto, no es exclusivamente tecnológico: es también político y económico, porque está en juego quién decide, quién se beneficia y quién resulta desplazado.
En la práctica, la soberanía cognitiva supone, en primer lugar, disponer de modelos de inteligencia artificial, centros de datos, chips e infraestructura de telecomunicaciones. También implica fomentar el pensamiento crítico de la población para reducir la dependencia de las respuestas generadas por la IA. Por último, exige desarrollar capacidades para vigilar, detectar y frenar actos de guerra cognitiva dirigidos contra la racionalidad de la población, especialmente aquellos que recurren a la manipulación de algoritmos y modelos de inteligencia artificial.
No es casual que el Mando Aliado de Transformación de la OTAN haya incorporado la cognición como una sexta dimensión de los conflictos modernos, junto con el aire, la tierra, el mar, el espacio y el ciberespacio. La batalla cultural está en pleno desarrollo.
Operación Prometeo: la apuesta francesa por la autonomía tecnológica
El Plan Prometeo propone, por primera vez, un plan trienal para que Francia y sus socios desarrollen un laboratorio de inteligencia artificial de vanguardia capaz de competir con los principales laboratorios estadounidenses. El propósito es garantizar la independencia estratégica francesa en un sector decisivo para la economía, la industria y la seguridad.
El proyecto prevé desplegar una capacidad de cálculo de 12 gigavatios (GW) para 2029. Se trata de una infraestructura colosal, comparable con la demanda eléctrica de un país mediano o con la de varias centrales nucleares destinadas exclusivamente a alimentar sistemas informáticos.
Como referencia, los grandes centros de datos de inteligencia artificial proyectados o en construcción para 2026 suelen situarse, según las estimaciones citadas en el texto original, entre los 100 y los 500 megavatios (MW), equivalentes a entre 0,1 y 0,5 GW. Una capacidad de 12 GW permitiría alimentar, en términos de potencia, unas 240 supercomputadoras del tamaño de Frontier —cuyo consumo se estima en unos 23 MW— o sostener una infraestructura con decenas de millones de chips de inteligencia artificial de última generación, como los Nvidia Blackwell.
El plan propone una hoja de ruta a tres años (2027-2029) con los siguientes niveles de inversión anual: 148.000 millones de euros en 2027(aprox. 4,5 % del PIB francés); 200.000 millones (aprox. 6 % del PIB) en 2028; y 271.000 millones de euros (aprox. 8 % del PIB) en 2029. En total, la propuesta acumula un costo estimado superior a los 600.000 millones de euros en tres años.
La magnitud del proyecto se explica por la importancia económica que está adquiriendo la IA. Según el planteo de sus promotores, en las empresas más avanzadas el gasto en inteligencia artificial ya supera el 10 % de la masa salarial y continúa creciendo, hasta el punto de que podría llegar a superar los recursos destinados a los salarios. La IA es ya uno de los principales motores del crecimiento estadounidense. En este escenario, carecer de autonomía en materia de inteligencia artificial equivaldría a quedar sometidos a nuevas formas de dependencia e imperialismo tecnológico.
La soberanía tecnológica francesa se apoya en una premisa: importar capacidades de inteligencia artificial significa depender de terceros para una parte cada vez mayor de la productividad, el poder industrial y la seguridad nacionales.
Francia no dispone actualmente de un modelo de frontera —es decir, situado en el nivel más avanzado de desarrollo—, y los controles estadounidenses a la exportación de tecnologías de punta, incluidos los vinculados con modelos de Anthropic, ilustran los riesgos de esa dependencia. Sin embargo, ningún laboratorio de ese nivel surgirá espontáneamente sin un esfuerzo sostenido del Estado. Aparte de Estados Unidos y China, Francia sería uno de los países con condiciones para convertirse en una tercera potencia en el desarrollo de modelos de frontera, siempre que esa meta se transforme en una prioridad estratégica.
El objetivo técnico de Prometeo es alcanzar los 12 GW de capacidad de cálculo en 2029, con una trayectoria prevista de 2 GW en 2027, 7 GW en 2028 y 12 GW en 2029. La iniciativa busca igualar la capacidad de los grandes laboratorios estadounidenses, atraer a los mejores investigadores del mundo y conformar un equipo reducido, de unas 1700 personas, capaz de entrenar modelos de frontera en 2029.
El costo estratégico del proyecto plantea un esfuerzo financiero de magnitud histórica y una decisión presupuestaria central para el próximo mandato presidencial francés. La financiación combinaría recursos públicos y privados, además de capital procedente de otras potencias medias interesadas en evitar su dependencia del duopolio tecnológico chino-estadounidense.
La arquitectura propuesta distingue dos bloques. Por un lado, un laboratorio científico autónomo, en el que el Estado tendría una participación minoritaria del 25 %, aunque conservaría instrumentos de control estratégico. Por otro, un amplio programa de infraestructura informática, energética y territorial, dirigido por las autoridades públicas y respaldado por una eventual «ley Prometeo», destinada a agilizar los trámites, junto con un componente de programación financiera.
Los límites de la autonomía
Más allá de su enorme costo y de las dificultades políticas que supone comprometer recursos de esa magnitud en una tecnología que también despierta resistencias, Prometeo enfrenta un segundo obstáculo: el suministro de chips y la dependencia inicial de Nvidia y del Gobierno estadounidense.
La conclusión estratégica de sus promotores es que las alternativas menos costosas —apostar por el código abierto o negociar una interdependencia con Estados Unidos y China— no garantizan una autonomía real. La pregunta decisiva es, entonces, si los defensores de la soberanía francesa están dispuestos a pagar el precio de construirla.
El lanzamiento de Mistral Large 4, el 6 de octubre de 2026, es presentado como una señal de las posibilidades francesas de competir en el escenario internacional de la inteligencia artificial. La apuesta por capacidades propias busca demostrar que el resultado de esta carrera tecnológica todavía no está decidido.
El costo económico de la colonización cognitiva
Los promotores de la operación Prometeo advierten que la dependencia tecnológica también tiene un costo económico directo. Sostienen que, si se mantiene una situación de vasallaje, la hipótesis de que el 10 % de la masa salarial sea sustituida o profundamente transformada por la inteligencia artificial podría traducirse, en dos o tres años, en una transferencia anual equivalente a cinco puntos del producto interno bruto hacia Estados Unidos, en concepto de renta tecnológica.
Pero la colonización cognitiva no se limita a una transferencia de recursos. También supone renunciar al control sobre la naturaleza, la ergonomía, la interfaz y las funcionalidades de los modelos de IA que utilizará una parte cada vez mayor de la población europea.
No controlar el desarrollo de la inteligencia artificial significa, además, perder capacidad para afrontar sus efectos perjudiciales, algunos de los cuales ya comienzan a documentarse en determinados puestos de trabajo de nivel inicial, conocidos como «junior».
El problema es especialmente grave porque esos puestos resultan indispensables para formar especialistas: es allí donde los profesionales se enfrentan al mundo real y adquieren la experiencia necesaria. Esos mismos expertos cumplen una función clave en numerosas organizaciones y en el funcionamiento de la economía. También serán necesarios para supervisar los sistemas de IA, porque contarán con los conocimientos que les permitan interactuar con ellos en condiciones de mayor autonomía.
Quien no controle la producción de inteligencia artificial difícilmente podrá adaptarla a sus propias necesidades. Sin embargo, la IA ha llegado para quedarse, no por fatalidad tecnológica, sino porque los incentivos para utilizarla son demasiado fuertes. Prescindir de ella pondría en riesgo la competitividad, la defensa y la seguridad. Este escenario debería funcionar como una señal de alerta para la Argentina y el conjunto de América Latina.
Utilizar inteligencia artificial sin producirla equivale, por tanto, a someterse a decisiones ajenas. Y, si esas decisiones de diseño, funcionamiento y desarrollo influyen sobre nuestras capacidades cognitivas, la dependencia tecnológica puede convertirse también en una forma permanente de colonización.
El papel de la arquitectura, la ergonomía y las interfaces de los modelos de IA en la educación empieza a definirse. Algunos diseños podrían llevar a alumnos y estudiantes a delegar una parte de su carga cognitiva, hasta el punto de reducir su rendimiento cuando se los priva de esas herramientas. En otros casos, la colaboración entre personas e inteligencia artificial puede resultar subóptima: para determinadas tareas, el ser humano rinde mejor por sí solo, del mismo modo que la IA puede hacerlo sin intervención humana en otras.
En términos generales, pueden resultar perjudiciales los diseños que ofrecen al usuario la máxima fluidez y comodidad. Al reducir las dificultades de cada tarea, pueden inducirlo a delegar sus capacidades cognitivas, acostumbrarse a no pensar y, sobre todo, dejar de esforzarse por hacerlo.
El esfuerzo es fundamental. Así como la actividad física resulta indispensable para la salud del cuerpo —algo que la llegada del motor térmico no modificó—, el esfuerzo cognitivo es necesario para mantener y desarrollar las capacidades mentales. Los sistemas de IA que permiten obtener los resultados de un trabajo intelectual sin realizar esfuerzo alguno pueden debilitar esas capacidades cuando sustituyen de manera sistemática el ejercicio del pensamiento.
Frente a ese riesgo aparecen las Cognitive Forcing Functions, o funciones de activación del pensamiento crítico. Se trata de intervenciones de diseño que interrumpen el procesamiento rápido e intuitivo para promover una deliberación más lenta y analítica. Su propósito es reducir el sesgo de automatización y la dependencia excesiva de las sugerencias de la IA mediante recursos como las pausas para reflexionar, los retrasos deliberados o la presentación diferida de recomendaciones. Estos mecanismos reintroducen una fricción cognitiva en la interacción con los sistemas automatizados.
Esa fricción puede consistir en formular una respuesta propia antes de consultar a la IA, contestar preguntas que permitan comprobar si se leyeron efectivamente los documentos presentados o elaborar una primera interpretación antes de solicitar una nueva respuesta. Son prácticas que estimulan el esfuerzo intelectual sin renunciar a los aportes de la tecnología.
Los diseñadores de los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) tienen un amplio margen para introducir modificaciones capaces de afectar los procesos cognitivos de quienes los utilizan. Esas modificaciones pueden resultar más perjudiciales cuanto más sutiles sean. No se trata solamente de cambiar el nombre del golfo de México o del lago Nahuel Huapi, sino de introducir matices en las respuestas que alteren, de manera localizada, la percepción de determinados conceptos.
Optar por la dependencia cognitiva implica también renunciar al control sobre la lengua con la que interactúa una parte creciente de la población y dejarla expuesta a formas de manipulación difíciles de detectar a tiempo.
La decisión sobre qué diseños de IA utilizar queda, en gran medida, en manos del mercado. Los directivos de las corporaciones tecnológicas que desarrollan los LLM, sometidos a una enorme presión financiera por sus inversiones, tienen incentivos para privilegiar los diseños más rentables: aquellos que ofrecen comodidad y respuestas inmediatas, aunque puedan reducir el esfuerzo cognitivo, por encima de los que introducen fricción y promueven una participación más activa del usuario.
La lógica es comparable con la de las cadenas de comida rápida, que prosperaron gracias a la oferta de menús hipercalóricos antes que a la promoción de opciones saludables. Sin embargo, cuando el debate público puso en evidencia los efectos perjudiciales de la comida chatarra, la percepción social comenzó a cambiar. Algunas empresas se vieron obligadas a modificar su oferta y a destacar la calidad nutricional de sus productos.
La superioridad comercial de la comodidad sobre la fricción no es, por lo tanto, una fatalidad. Para modificar esa lógica es necesario desarrollar y promover diseños beneficiosos, capaces de asumir la tensión política y económica que supone priorizar el bienestar cognitivo frente a la rentabilidad inmediata.
La feudalización cognitiva anticipa otro costo: en el futuro habrá que invertir recursos para contrarrestar los efectos perjudiciales de ciertos diseños en los sistemas educativo y universitario, así como para afrontar la pérdida de productividad y competitividad de las empresas que utilicen la IA de manera subóptima.
La falta de opciones también es una elección
En pocos años, la inteligencia artificial de vanguardia pasó de resolver problemas del nivel de las olimpíadas matemáticas para estudiantes de secundaria a producir resultados de investigación relevantes. El matemático francés Hugo Duminil-Copin, especializado en teoría de la probabilidad, llegó a afirmar que la IA había «aniquilado» su campo de investigación. Mientras tanto, algunos matemáticos de primer nivel apenas empiezan a vislumbrar el alcance de lo que sucede. No necesariamente por falta de información, sino por la velocidad extraordinaria de los cambios.
El argumento principal de Duminil-Copin no es que la IA produzca demostraciones ilegibles: reconoce que muchas de las pruebas que genera son breves y elegantes. Su preocupación se refiere a otra dimensión. El proceso del descubrimiento humano ha sido fundamental para el desarrollo de las matemáticas como fuerza impulsora del pensamiento, como espacio de intercambio y colaboración entre disciplinas, como práctica que contribuye a la formación personal y al aprendizaje a partir de los errores, y como fuente de inspiración para las futuras generaciones.
Desde esta perspectiva, la IA podría «petrificar» en lugar de potenciar a los matemáticos, al vaciar de sentido una parte del proceso de búsqueda intelectual. La tecnología enfrentaría así a los matemáticos con las propias matemáticas: los resultados obtenidos dejarían de estar necesariamente acompañados por la experiencia humana que permite construir conocimiento.
En este contexto, tomarse tiempo para decidir si es necesario recuperar la soberanía cognitiva equivale a optar por la colonización. Mientras se delibera, los modelos continúan avanzando y la facturación de las grandes tecnológicas aumenta. Los jóvenes y las empresas de Europa, China y América del Norte ya utilizan la IA de manera masiva, mientras el mercado laboral comienza a registrar sus efectos.
El camino que se sigue por defecto conduce a una dependencia de la hegemonía tecnológica chino-estadounidense, aunque las condiciones y las alternativas varíen según las relaciones geopolíticas. Nuestra región debe decidir cómo posicionarse frente a iniciativas como Pax Silica y WAICO.
La primera es una alianza estratégica impulsada por el Gobierno de Estados Unidos para contrarrestar la influencia y el dominio tecnológico de China en sectores clave, como la inteligencia artificial, los semiconductores, la energía y los minerales críticos. La participación de varios países de la región, entre ellos la Argentina, abre interrogantes sobre el alineamiento geopolítico y la influencia de la política estadounidense en los procesos electorales de los últimos años.
La segunda iniciativa, WAICO —Organización Mundial para la Cooperación en la Inteligencia Artificial—, fue presentada en julio de 2026 durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC), celebrada en Shanghái. Según la información consignada en el texto original, reúne a 29 países fundadores de Asia, África, América Latina y Europa.
China presenta esta iniciativa como una propuesta de cooperación con el sur global. Entre sus objetivos figuran ofrecer cinco mil plazas de formación en IA a países en desarrollo durante cinco años y crear centros de aplicación para la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), la Liga Árabe, la Unión Africana, la Organización de Cooperación de Shanghái y los Brics. Entre los países latinoamericanos señalados como participantes figuran Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela.
La decisión no se limita a elegir entre dos iniciativas. Se trata de definir qué lugar ocupará América Latina en la construcción de capacidades tecnológicas, qué márgenes de autonomía podrá preservar y qué condiciones deberá exigir para que la cooperación internacional no reproduzca nuevas dependencias.
Neurotecnología y protección de los neuroderechos
El Comité Internacional de Bioética de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) advirtió sobre los problemas éticos de la neurotecnología en sus trabajos de 2021 y las actualizaciones posteriores mencionadas en el texto original. Entre sus recomendaciones figura reconocer nuevos derechos humanos, denominados «neuroderechos», que incluyen la protección de la privacidad mental y la libertad de pensamiento.
Los documentos abordan cuestiones como la privacidad mental, los datos neuronales, la autonomía, la identidad y la libertad de pensamiento. La preocupación no se limita a proteger los datos obtenidos directamente de la actividad cerebral: también alcanza a la información que permite inferir estados mentales.
El riesgo, por lo tanto, no consiste únicamente en la posibilidad de «leer pensamientos» de manera literal. También comprende la capacidad de inferir emociones, intenciones o estados mentales a partir de datos neuronales e incluso de otros datos biométricos.
Si la batalla por el sentido puede intervenir sobre lo que vemos, escuchamos y creemos, los neuroderechos plantean una pregunta adicional: ¿qué ocurre cuando la tecnología puede acceder directamente a las condiciones neuronales que intervienen en nuestra experiencia y nuestras decisiones? En este marco, la privacidad mental se refiere específicamente a la protección de la información obtenida de la actividad cerebral.
La manipulación algorítmica constituye una de las herramientas operativas de las estrategias de guerra cognitiva. Su utilización política merece especial atención ante los procesos electorales, como el de Brasil, cuya jornada de votación está prevista para el domingo 25 de octubre. En un escenario atravesado por la disputa por el sentido, resulta indispensable observar cómo intervienen las plataformas, los algoritmos y las estrategias de manipulación en la formación de las opiniones y las decisiones políticas.
Frente a estos riesgos, las democracias que no se subordinan al tecnocapitalismo necesitan desarrollar mecanismos de protección cognitiva. Entre ellos se encuentran la alfabetización algorítmica avanzada, la higiene de datos y la verificación criptográfica del origen de la información. Estas herramientas pueden contribuir a proteger la autonomía psicológica y la privacidad neuronal, dimensiones cada vez más relevantes para la seguridad nacional en el siglo XXI.
La soberanía cognitiva no consiste en rechazar la tecnología, sino en preservar la capacidad de decidir cómo se desarrolla, quién la controla y con qué objetivos se utiliza. Cuando los sistemas que intervienen en nuestra atención, nuestro lenguaje y nuestros procesos de pensamiento dependen de intereses externos, la autonomía democrática también queda comprometida.
La batalla por la soberanía cognitiva es, en definitiva, una disputa por las condiciones que hacen posible el pensamiento autónomo. Para la Argentina y América Latina, el desafío consiste en construir capacidades propias, fortalecer el pensamiento crítico y establecer reglas públicas que impidan que la dependencia tecnológica se convierta en dependencia política, cultural y mental.
