Salto tecnológico y democratización
Con cada innovación se han abierto siempre intersticios en los que se han realizado ajustes, fisuras por las que el modo de dominación se ha tenido que actualizar.

El éxito de ChatGPT está operando un salto tecnológico de efectos políticos imprevisibles. Al punto incluso de haber suscitado un manifiesto, firmado por investigadores y científicos y empresarios como Elon Musk o Steve Wozniak, pidiendo una moratoria de seis meses en su desarrollo. Ante un hecho de esta envergadura no faltan lecturas polémicas, complejas y dispares. Las implicaciones de cuánto supone nos sobrepasan ya por mucho. Pero aquí nos limitaremos a un aspecto concreto que conecta dos vectores: por un lado, los saltos tecnológicos en los medios de información y comunicación; y, por otro, la ampliación de la esfera pública como motor de la democratización.
Por la propia naturaleza deliberativa del gobierno democrático, la forma en que se configura la esfera pública es clave para su funcionamiento. Y en última instancia depende de los medios disponibles. Si en sus inicios la deliberación tenía lugar en el ágora, de forma oral, directa, visible, hoy a menudo se produce desde el anonimato, con infraestructuras privadas, sometidas a algoritmos e innumerables mediaciones.
Entre un extremo y otro hubo un tiempo de élites instruidas que leían periódicos y discutían la actualidad en cafés y salones de alta sociedad, mientras un trajín de ideas y debates iba y venía del Parlamento. Ya no es el caso, pero quizá pronto tampoco lo sea para la configuración de la infoesfera que hemos conocido desde el final de la Guerra Fría, internet y las redes sociales. Rebobinemos la película y ganemos perspectiva en el discurrir del tiempo para pensar qué puede suponer una innovación como el ChatGPT.
Gutenberg y el inicio de la modernidad
Volvamos, pues, la vista atrás. En concreto, hasta el 31 de octubre de 1517. Según se cuenta, ese día Lutero está clavando sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Palacio Wittenberg. Su gesto desafía a la jerarquía eclesiástica. La acusa de traficar con indulgencias sin un debate teológico previo. Ante el despotismo del papa de Roma, el reformador propone un debate abierto y horizontal de las escrituras; una suerte de 15M para el cristianismo medieval.
La cosa podría haberse quedado en un simple gesto de disenso religioso, igual que el 15M podría haber acabado con un desalojo en Puerta del Sol. Pero no fue el caso. Medio siglo antes había sucedido algo decisivo. Entre 1440 y 1450, Johannes Gutenberg había ideado y perfeccionado una máquina llamada a cambiar el curso de la historia y posibilitar el retorno de la democracia: la imprenta moderna. Para hacernos una idea: si en la primera mitad del siglo XV la producción amanuense de libros rondaba los veinte mil ejemplares; en la segunda, gracias a la imprenta, ascendería hasta los doce millones, según los cálculos menos optimistas (veinte, según los que más).
La combinación del gesto de Lutero con la imprenta daría lugar a la revolución protestante. Una ola expansiva de escisiones heréticas se sucedería activando revueltas campesinas como la de Thomas Müntzer. La propagación de las ideas no solo alteraría el ritmo de la contienda. La simultaneidad de su lectura ampliaría el espacio político, generando una esfera pública mucho mayor: la Nación. En adelante, una comunidad imaginada a la vez por miles –y pronto millones– podía constituirse como una sola ciudadanía en un único proceso deliberativo.
