El lenguaje de la complicidad: cuando el liberalismo no puede nombrar el fascismo

Imagen generada con IA con fines ilustrativos

Cuando una sociedad pierde la memoria histórica también pierde parte del lenguaje necesario para reconocer los peligros del presente. El problema no es solo cómo nombrar el autoritarismo, sino qué ocurre cuando los eufemismos convierten la violencia en abstracción y permiten que lo intolerable se vuelva cotidiano. Nombrar el fascismo es también disputar las condiciones de su normalización.

***

IDEAS CLAVE

En La era de los extremos, Eric Hobsbawm advirtió que una de las características del final del siglo XX era la pérdida de una relación orgánica con el pasado público. Esa amnesia tiene un precio: cuando el pasado desaparece, también perdemos el lenguaje necesario para reconocer los peligros que hereda el presente. La crisis histórica se convierte así en una crisis del lenguaje. Cuando las palabras que conectan presente y pasado pierden significado, la imaginación política comienza a colapsar: lo que exigía resistencia empieza a parecer inevitable y la derrota política puede confundirse con destino histórico.

Estamos viviendo uno de esos momentos. El intento de teorizar el trumpismo como «fascismo democrático» expresa, más allá de un artículo particular, una compulsión por suavizar el lenguaje del fascismo precisamente cuando resulta necesario nombrarlo. Populismo, democracia iliberal, populismo autoritario, autoritarismo competitivo, retroceso democrático: estas categorías pueden describir aspectos de la crisis, pero también pueden funcionar como eufemismos que domestican una formación política cuyas características resultan cada vez más difíciles de negar. Cuando el lenguaje pierde sus implicaciones más inquietantes, la crítica puede convertirse en normalización.

El problema aparece con particular claridad en la noción de «autoritarismo competitivo». Cuando un gobierno ataca universidades y prensa, convierte la aplicación de la ley migratoria en un aparato coercitivo, trata a los opositores como enemigos internos, debilita el debido proceso, amplía la maquinaria de detención y desaparición y normaliza la violencia estatal. Reducir la discusión a la competencia electoral significa negarse a nombrar el proyecto político que se está gestando.

Cuando las elecciones se convierten en una coartada

El fascismo no se vuelve democrático por acceder al poder mediante elecciones. Puede utilizar elecciones, tribunales, legislaturas y procedimientos constitucionales para obtener legitimidad y después dirigir esas instituciones contra las condiciones que hacen posible la democracia. Confundir el camino hacia el poder con la naturaleza del poder ejercido significa confundir la arquitectura institucional de la democracia con su sustancia política y ética.

La historia debería haber resuelto esta cuestión hace mucho tiempo. Los movimientos fascistas han utilizado repetidamente las instituciones democráticas para adquirir legitimidad antes de atacar las condiciones que hacen posible la democracia. Giorgia Meloni llegó al gobierno italiano después de las elecciones de 2022, pero Hermanos de Italia tiene raíces históricas en el Movimiento Social Italiano neofascista de la posguerra. Su elección no transformó esa historia en política democrática. Mostró, más bien, que las elecciones pueden proporcionar a formaciones autoritarias la legitimidad necesaria para ingresar al Estado, normalizar su lenguaje y redefinir los límites de lo políticamente aceptable.

Las urnas dicen cómo se adquirió el poder, pero no cómo será utilizado. La democracia también debe juzgarse por lo que sucede después: si la disidencia se protege o se criminaliza; si el Estado de derecho limita el poder o se convierte en su arma; si las minorías conservan sus derechos; si universidades y prensa permanecen independientes; si los opositores son tratados como adversarios legítimos o enemigos internos; y si la violencia estatal se restringe o se celebra. Las urnas pueden conferir un cargo; no pueden conferir inocencia democrática.

Por eso resulta problemática la fórmula «fascismo democrático». El propio análisis que reconoce la expansión de ICE,[1]U.S. Immigration and Customs Enforcement (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU.), agencia federal del Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU. encargada de la aplicación de … Continue reading su carácter de fuerza policial autoritaria y su utilización espectacular de la violencia termina agregando el adjetivo «democrático» a la formación política que produce esas prácticas. El lenguaje deja entonces de describir para convertirse en un lavado de imagen retórico que hace compatible lo intolerable con la democracia.

El fascismo nunca tuvo una única forma institucional. Adapta su lenguaje, sus tecnologías, sus estilos culturales y sus modos de legitimación a las circunstancias históricas. No necesita reproducir la Italia de Mussolini ni la Alemania de Hitler. Puede surgir a través de instituciones neoliberales, medios controlados por multimillonarios, plataformas digitales, fronteras militarizadas, nacionalismo cristiano, supremacía blanca y un Estado de seguridad dotado de capacidades coercitivas que los movimientos fascistas anteriores difícilmente podrían haber imaginado.

El fascismo neoliberal y el Estado punitivo

El fascismo neoliberal ofrece un marco para comprender esta transformación. El neoliberalismo no se limitó a desregular mercados, privatizar bienes públicos, debilitar sindicatos y transferir riqueza hacia las capas superiores. También vació el Estado de bienestar mientras expandía el Estado punitivo. Redujo la ciudadanía al consumismo, la libertad a la elección de mercado, la responsabilidad social al fracaso individual y los problemas públicos a problemas privados. A su paso quedaron abandono, precariedad, inseguridad, ansiedad e impotencia.

Cuando el neoliberalismo ya no puede ocultar sus fracasos detrás de las promesas de prosperidad y movilidad social, su núcleo autoritario se vuelve más visible. El Estado de mercado no desaparece: se fusiona con el Estado punitivo. La violencia económica se une a la violencia política; la vigilancia se expande; el poder policial se intensifica; los migrantes se vuelven prescindibles; el debido proceso aparece como un obstáculo y la disidencia como subversión. La supremacía blanca, el nacionalismo cristiano, el militarismo y el poder de los multimillonarios convergen en una formación cada vez más dispuesta a prescindir de las restricciones democráticas.

El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión. La Guerra contra el Terror expandió el Estado de seguridad nacional y otorgó a la guerra permanente la legitimidad de una emergencia permanente. Afganistán, Irak, Guantánamo, la detención sin juicio, la tortura, la vigilancia y la expansión del poder ejecutivo fueron parte de esa transformación. Pero la Guerra contra el Terror también regresó al interior: llevó consigo el lenguaje de la emergencia permanente, la suspensión de derechos, la vigilancia y la construcción de poblaciones enteras como amenazas que debían ser controladas.

La expansión de ICE expresa institucionalmente esa transformación. El problema no consiste solamente en el endurecimiento de la política migratoria, sino en la normalización de una cultura política donde agentes enmascarados, redadas, detención, deportación, intimidación y violencia estatal espectacularizada se convierten en instrumentos aceptables de gobierno.

Sin embargo, la economía política por sí sola no explica el fascismo.

Terrorismo pedagógico y la educación del deseo

El fascismo también debe entenderse como un proyecto pedagógico. No se limita a capturar instituciones: produce sujetos. La gente aprende a quién odiar, a quién temer, qué vidas importan, qué sufrimientos pueden ignorarse y por qué la crueldad debe experimentarse como fortaleza.

La política autoritaria no enfrenta el miedo, el trauma, la soledad y la frustración: los intensifica. Alimenta la ira y la amargura, genera paranoia y presenta al líder como el salvador capaz de restaurar un mundo supuestamente robado por inmigrantes, minorías raciales, feministas, intelectuales, disidentes y otros enemigos construidos políticamente.

Ese es el terreno del terrorismo pedagógico. A través de amenazas fabricadas, teorías de conspiración, fantasías raciales, estereotipos del enemigo, humillaciones públicas y rituales de indignación colectiva, los individuos aprenden a imaginarse como miembros de una comunidad asediada. Las ansiedades privadas se convierten en enemigos públicos; la soledad, en falsa solidaridad tribal; la impotencia, en agresión; y el resentimiento, en virtud moral. La venganza se convierte en programa político y la crueldad, en fuente de pertenencia.

Esta plaga emocional se propaga por las redes sociales, la televisión de derecha, los podcasts, las manifestaciones, las iglesias, las comunidades en línea y, cada vez más, las instituciones del Estado. No se trata simplemente de encontrarse con ideas fascistas, sino de integrarse en estructuras culturales que enseñan a sentir.

La cultura de la crueldad es su forma pública. Los migrantes son humillados, los vulnerables ridiculizados, las mujeres degradadas y los manifestantes presentados como enemigos. La violencia se celebra como fortaleza. Las transgresiones del líder se convierten en fuente de placer porque pueden experimentarse como una liberación de las obligaciones de la democracia, la empatía y la responsabilidad mutua.

La violencia fascista echa raíces mucho antes de los asesinatos: primero coloniza la imaginación. La gente aprende a reírse de la crueldad, después a admirarla como autenticidad y finalmente a disfrutar de ella. Lo mismo ocurre con la cultura de la mentira. No es necesario creer una mentira para disfrutar de su transgresión, de la humillación de quienes defienden la verdad y de la demostración de que el líder puede violar los estándares de verdad y responsabilidad y salir impune. La crueldad y la mentira se retroalimentan hasta que la distancia entre imaginar la violencia, disfrutar de su espectáculo y avalarla como justicia comienza a desaparecer.

Este es el terreno que los eufemismos liberales no alcanzan a comprender. «Autoritarismo competitivo» describe la erosión de las instituciones electorales; «retroceso democrático» registra el debilitamiento de las normas; «fascismo democrático» reconoce que los fascistas pueden ganar elecciones. Pero ninguno aborda adecuadamente la transformación cultural y subjetiva mediante la cual millones aprenden a experimentar la dominación como libertad, el odio racial como patriotismo, la ignorancia como autenticidad y la crueldad como justicia.

La pregunta ya no es simplemente si las elecciones continúan celebrándose. Es qué clase de seres humanos se están produciendo dentro de la cáscara vacía de la democracia.

Las elecciones pueden sobrevivir mientras se destruye la cultura democrática. Las legislaturas pueden mantenerse mientras su poder se vacía; los tribunales pueden persistir mientras se ataca a los jueces que se niegan a obedecer; y la libertad puede seguir proclamándose mientras universidades, periodistas, migrantes, manifestantes y minorías son intimidados y reprimidos. Las instituciones permanecen, pero su esencia democrática se vacía.

El fascismo no se repite mecánicamente. Aprende y se adapta. Cambia de vestimenta, se apropia del lenguaje democrático y se infiltra en las instituciones que pretende destruir. Lo constante es su hostilidad hacia la igualdad, la disidencia, la interdependencia humana y la democracia misma.

Más allá de los límites liberales

La fe liberal en los mecanismos de control democrático confunde la arquitectura de la democracia con la democracia misma. Los tribunales, las elecciones, las constituciones y las legislaturas no poseen por sí solos una fuerza democrática capaz de contener al poder autoritario.

John Dewey advirtió contra la idea de que las condiciones democráticas se mantienen por sí mismas o que la democracia puede reducirse a prescripciones constitucionales. Las instituciones son tan fuertes como los hábitos, las disposiciones y las formas de vida colectiva que les dan sustancia. La democracia no es simplemente un arreglo institucional: es una cultura y una práctica que debe aprenderse, vivirse, defenderse y renovarse continuamente.

Su esencia depende de las condiciones sociales que hacen posible la acción democrática: seguridad económica, educación, igualdad, instituciones públicas, participación política y una cultura en la que las personas posean capacidad y poder para gobernar su vida en común. Si esas condiciones desaparecen, las instituciones pueden permanecer formalmente intactas mientras se vacían internamente.

Las elecciones continúan, los tribunales permanecen abiertos, las legislaturas se reúnen y las constituciones son invocadas ceremonialmente, incluso cuando la riqueza concentrada compra poder político, los multimillonarios dominan la vida pública, la supremacía blanca y el nacionalismo cristiano adquieren fuerza institucional y el Estado punitivo expande su maquinaria de vigilancia, detención y violencia.

Por eso, la crisis no puede resolverse simplemente reparando los excesos del capitalismo. Un orden organizado alrededor de la concentración de la riqueza, la privatización de la vida pública, la mercantilización de las necesidades humanas y la conversión del poder económico en poder político erosiona las condiciones necesarias para una democracia sustantiva. La cuestión ya no es cómo salvar la democracia de los excesos del capitalismo, sino cómo liberarla de su yugo.

Cualquier lucha contra el fascismo que se niegue a confrontar el capitalismo como una de sus condiciones propicias corre el riesgo de tratar los síntomas mientras preserva la maquinaria que reproduce la enfermedad. La tarea no consiste en restaurar el orden político que produjo la catástrofe, sino en transformar las condiciones que la hicieron posible.

La democracia no se salvará simplemente restaurando las salvaguardias del pasado ni regresando a una versión más humana del capitalismo. Requiere una política de masas capaz de romper el poder concentrado del capital, democratizar la riqueza y la toma de decisiones económicas, reconstruir las instituciones públicas necesarias para la vida común y crear nuevas formas de propiedad colectiva, igualdad social y control democrático sobre las instituciones que organizan la vida cotidiana. En otras palabras, requiere un socialismo democrático en el que la democracia vaya más allá de las urnas y alcance los lugares de trabajo, las escuelas, los medios, la economía y las demás instituciones donde se ejerce la autoridad.

El fracaso del institucionalismo liberal es inseparable del fracaso del lenguaje político. La obsesión por encontrar un vocabulario más cómodo para esta transformación tiene consecuencias políticas. El eufemismo se convierte en complicidad cuando facilita la tolerancia del fascismo. Si el fascismo debe superar una prueba histórica antes de que se nos permita llamarlo fascismo, solo lo reconoceremos cuando hacerlo resulte políticamente inútil.

El fascismo no deja de ser fascismo porque la gente haya votado por él. La democracia puede ser su puerta de entrada. El neoliberalismo crea las condiciones que lo alimentan. El terrorismo pedagógico proporciona la maquinaria mediante la cual se aprende a desearlo. Y la cultura de la crueldad aporta la carga emocional que hace que la dominación pueda sentirse como liberación y la pertenencia tribal pueda disfrazarse de comunidad.

Lo que se necesita es un lenguaje forjado en la resistencia, capaz de nombrar el fascismo, exponer las fuerzas que lo producen y transformar la indignación en lucha organizada. Ese lenguaje debe recuperar la memoria histórica, visibilizar el poder, conectar el sufrimiento individual con sus causas sistémicas y crear las condiciones para que las personas se reconozcan no en los odios fabricados por la política fascista, sino en las luchas organizadas contra la explotación, la violencia racial, la precariedad y el autoritarismo.

La lucha por el lenguaje es inseparable de la lucha por el poder: debemos nombrar el fascismo para combatirlo, exponer la maquinaria que lo produce para desmantelarla y construir el poder colectivo necesario para transformar el mundo que lo hace posible.


Notas
Notas
1 U.S. Immigration and Customs Enforcement (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU.), agencia federal del Departamento de Seguridad Nacional de EE. UU. encargada de la aplicación de leyes migratorias y el control fronterizo.

También te podría gustar...

Deja un comentario